lo ineliminable


"Siempre hay otro aliento en el mío, otro pensamiento en el mío, otra posesión en lo que poseo, mil cosas y mil seres en mis complicaciones; todo pensamiento verdadero es una agresión. Que todo sea tan "complicado", que Yo sea otro, que algo diferente piense en nosotros en una agresión que es la del pensamiento, en una multiplicación que es la del cuerpo, en una violencia que es la del lenguaje, en ello reside el mensaje jubiloso. No estamos tan seguros de revivir (sin resurrección) sino porque otros seres y otras cosas piensan en nosotros: porque "no sabemos nunca exactamente si no son los otros los que continúan pensando en nosotros -pero ¿qué es el otro que forma el afuera respecto de ese dentro que creemos ser?-, todo se reduce a un solo discurso, o sea, a fluctuaciones de intensidad que responden al pensamiento de cada uno y de nadie".

Gilles Deleuze en Lógica del sentido

un recuerdo de infancia










Recuerdo vagamente el día 3 de diciembre de 1990
en que Seineldín se alzó en una nueva movida carapintada. Volvía de la escuela, era un día soleado. La imagen más recurrente es la de Avenida Libertador, creo, tomada desde una terraza: la calle casi desierta, sólo algunas personas corriendo o agachadas, protegiéndose de balas de las que no guardo memoria de sus sonidos. De hecho, la imagen es mayormente muda: aunque podría forzar el recuerdo y traer la voz de algún periodista que seguramente comentaba la cuestión, la cosa sucede como en un cine mudo de alta fidelidad. Cine, sí, porque toda la escena, para mí, de once años, no dejaba de tener el tono aventurero de alguna película cualquiera -o de la combinatoria confusa y mixturada de todas ellas- de cine de acción norteamericano. Gente al piso, militares moviéndose, tensión, suspenso y un halo de malos contra buenos flotando por todas partes.

“Otra vez”, creo recordar haber pensado. Porque la Semana santa del '87 no había pasado desapercibida para mí. Sentado junto a mi padre delante del tele, máquina privilegiada de mi acceso al mundo por esos días, recuerdo, sí, a Alfonsín y a un montón de tipos a su lado durante el famoso discurso que incluyó la frase: “Vayan a casa y besen a sus hijos”.

Tampoco me había sido indiferente el copamiento de Tablada en el '89, que seguí durante todo el día por los canales de aire en una época en que la clase media no tenía aceitada la práctica del cable. Allí también hubo militares y periodistas, Alfonsín y un montón de tipos más. Pero aparecían dos figuras de difícil clasificación: la gente y una cosa llamada MTP.

Tampoco los saqueos en Rosario en mayo del '89: primera vez que oí la expresión “Estado de sitio” y no podía dejar de pensar en calles oscuras patrulladas por tanques sedientos de disparar. Y una sensación de intemperie absoluta.

El 3 de diciembre de 1990 era, así, “otra vez” de algo de muy difícil explicación, en tanto yo estaba imposibilitado de trazar alguna genealogía, alguna procesualidad que le diera a esos movimientos cierto tipo de fundamento. Los hechos se sucedían como en un vacío, el vacío que para mí era la historia.

Pero lo que todos esos acontecimientos no dejaban de compartir entre sí era el hecho de darle a mi existencia inmediata una sensación de irrealidad. La televisión transmitiendo, el flujo de noticias radiales y los comentarios varios, eran los elementos de que se construía dicho extrañamiento. Yo percibía esos sucesos en su materialidad intangible, lejana. Era una experiencia indecible, pero cierta, de simultaneidad. Una simultaneidad hecha de dos polos de valor diverso: aquí, es decir, yo, la calma, el silencio, y, sobre todo, la dependencia respecto del otro polo; allá, en ese punto de difícil localización (¿cómo carajo saber dónde quedaba esos extraños lugares llamado Campo de Mayo o Villa Martelli?), cosas relevantes sucediendo, prescindiendo de mí. En esa asimetría fáctica, tenía la evidente sensación de irrealizarme: mi vida sus-pendida.

Sospecho que esa experiencia de saberse condicionado por algo que sucede en otro lugar, aún no sabiendo qué condiciona, constituye uno los rasgos fundamentales de cualquier experiencia humana del tiempo.



¡...!


En algún momento

(no este sábado de irresponsables)

un viejo o un joven se sienta

con sus cuerdas chinas delante,

entre las piernas.

Tira notas, no hay acordes

no hay escalas, sólo notas detrás de notas.


Alguien registra,


alguien lo sube a Internet.

Alguien,

yo,

lo

descarga.


En este sábado de irresponsables

todas las madres han muerto

y no las lloramos.


El huracán miniatura de tu respiración

en mí oído se hace uno

con el viejo o el joven,

con sus pasiones atonales.

La tarde es un caos sonoro

tamaño pieza

donde te tocó ser la cadencia tibia

ronroneante.

Acostado a tu lado, bailo.

posición

Llegaron a un ancho estanque rectangular donde unas carpas picaban en los tallos de unas flores blancas.



Molly pateó un pedrusco hacia el agua y observó como las ondas se extendían.



-Eso es Wintermute -comentó-. Un negocio realmente grande, parece.








Estamos en el punto donde
las olas son demasiado anchas;
no podemos ver la piedra que golpeó el centro.




William Gibson, Neuromante

instante brahms (última parte)

Bajo sus brazos e inició el cuarto y último movimiento, sin duda el más hermoso de la obra. El tempo había comenzado un poco lento, Priebke trató de ajustarlo y lo logró rápidamente. Todo marchaba a punto y parecía estar sonando espléndidamente. Se sintió más tranquilo, miró a Nursky que parecía seguir turbado.

El público comenzaba a excitarse nuevamente.

Treinta segundos antes de terminar la pieza Nursky tendría unas cortas líneas junto con los bajos y el piano. Pareció serenarse, su sonido tuvo un brillo mayor al normal. Nadie podía creer lo que estaba presenciando, el mismo Priebke se distrajo un momento frente a aquella maravilla, las notas del primer violín tenían un desplazamiento crudo, maravilloso, de finos cuchillos que cortaban el aire.

Segundos después Priebke notó algo extraño, una alteración en la melodía. Perfectamente adaptada a la armonía de la gran obra, las líneas del primer violín trazaban un canto distinto al de la partitura original. Priebke pensó que habría olvidado la línea, que quizá el nerviosismo habría nublado su perfecta memoria e intentaba ahora improvisar un momento para llegar hasta el final. Extrañado, segundos después creyó reconocer las líneas del violín, dudó un instante pero retuvo su certeza, era el himno Checo, imperceptible para el público, pero no para él, que no dudó al recordar sus días de niño en el conservatorio de Praga. Nadie notó la alteración. Todos seguían maravillados, incluso los doctos conocedores de la obra de Brahms parecieron ignorar la trampa, encantados por el sonido de Nursky, olvidaron todo lo demás.

Al terminar el público estalló en una aplauso ensordecedor. La excitación era total. El propio Ministro se acercó al balcón del palco y aplaudió mirando a los ojos del director y el violinista. Nadie dejaba de aplaudir, ya nadie seguía sentado, nadie era capaz de indiferencia frente a la belleza.

Priebke miró el rostro de Nursky, dos gotas caían de sus ojos, dos gotas quizá idénticas a las anteriores recorrían su piel blanca. Nursky lloraba. La emoción se escapaba de su cuerpo. Había elegido ese momento como el adecuado, ese momento en esa magnífica obra del año 1862, justo en el cuarto movimiento, donde los violines danzaban como sobre agua quieta. Lo había logrado, arrancarle un espacio de libertad a los asquerosos alemanes, a los que ahora denigraban su patria, a los que habían encarcelado y asesinado a sus hermanos durante la resistencia. Solo Priebke lo sabía, sólo él sabría que por catorce segundos, Nursky había sido libre.



instante brahms (1º parte)

por Diego Vernazza

Una gota de transpiración recorría lentamente su frente. Desde la primera fila podría haberse visto a la dócil gota deslizarse, los reflejos que encubría, las partículas que arrastraba en su íntima avalancha.

La Akademische Festouvertüre op. 80 de Johannes Brahms hacía que el escenario vibrara en un pequeño movimiento, Priebke sentía en los talones las ondas del sonido que sus oídos escuchaban y que sus manos ordenaban.

Ese invierno de 1943 fue muy crudo en la Europa central. Las temperaturas llegaron a 20 grados bajo cero. Esa noche en Berlín era dificultoso caminar por la calle, la nieve había tapado las veredas y los pisos estaban resbaladizos. Lleno ya sin más localidades, el teatro había sido colmado por el gran público, fiel devoto del romanticismo alemán.

Volker Priebke era director. Hacía más de cinco años que lo era. Conservar ese honor por tanto tiempo había sido muy difícil, el teatro nacional y el público eran cada vez más exigentes, la competencia crecía en el esplendoroso renacer de la cultura alemana. Sus indudables dotes artísticos impidieron su reemplazo, también su buena relación con los jerarcas del Ministerio.

El público esa noche estaba exaltado, la interpretación del primer movimiento había sido excelente, seca, con una soberbia precisión. Brahms, indudablemente, estaba vivo.

Imre Nursky era primer violinista, nacido en una localidad cercana a Praga, a los doce años había llegado a concertista por la insistencia de su padre, a los quince era el primer violín de la orquesta oficial de la capital checoslovaca –una de las más reconocidas en la Europa de fines de los veinte - , tiempo después fue requerido en Berlín. Además de un sonido impecable, la memoria de Nursky era de roca, dejaba a un lado las partituras después del tercer ensayo, un músico excepcional.

Al terminar el segundo movimiento algunos espectadores emocionados rompieron el protocolo y aplaudieron, hubo cierta tensión, los caballeros de las primeras filas susurraron de espaldas pidiendo silencio. Algunas toses se oyeron. Un plano de aire frío atravesó las gradas. Muchos miraron el palco número tres, donde la mayoría del gabinete nacional disfrutaba atento de aquella auténtica obra de arte.

Priebke miró a su espalda, al público primero y al palco oficial después. Tuvo unos segundos para secarse la transpiración mientras respiraba profundo. Rápidamente ordenó el comienzo de los vientos y las cuerdas. Todos callaron y volvieron su atención al escenario. El director movía sus manos afanosamente, de una lado para otro con una docilidad admirable, cada movimiento de su cuerpo resultaba en una nueva sonoridad, la incorporación de los timbales, de los bajos. Era perfecto.

El tercer movimiento fue magnífico. El violín de Nursky pudo destacarse en los casi dos minutos en que su sonido solitario llegaba hasta la bóveda del teatro y volvía deleitando al gran público. Pudo ver las caras de asentimiento desde el palco número tres, incluso le extrañó percibir cierta aceptación, a pesar de su origen.

Priebke bajó las manos súbitamente, el público estalló en aplausos otra vez. Todavía quedaba el último movimiento. Secó su frente con trabajo. Giró su rostro y miró nuevamente a las gradas. Un rumor creciente comenzó a circular cuando todos los asistentes giraron para observar la puerta principal, Priebke se quedó atónito: el propio Ministro de Cultura del Reich honraba la noche y se dirigía hacia su palco, a pocos metros del escenario. Sus piernas le temblaron, sintió que se le aflojaban. Se agachó y tomó un vaso de agua, el recomienzo se estaba retrasando, y el público comenzaba a impacientarse. Miró a los ojos a Nursky y notó que estaba pálido, su responsabilidad era mayor, era checo.

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... ¡nos vemos! ...


escritura y muerte


febrero de 1600:
Giordano Bruno va a morir en las hogueras de la Inquisición romana.

Poco antes escribe:


Decid, ¿cuál es mi crimen? ¿lo sospecháis siquiera?
Y me acusáis, ¡sabiendo que nunca delinquí!
Quemádme, que mañana, donde encendáis la hoguera,
Levantará la historia una estatua para mí.
Yo sé que me condena vuestra demencia suma,
¿Por qué?...Porque las luces busqué de la verdad,
No en vuestra falsa ciencia que el pensamiento abruma
Con dogmas y con mitos robados a otra edad,
Sino en el libro eterno del Universo mundo,
que encierra entre sus folios de inmensa duración;
los gérmenes benditos de un porvenir fecundo,
basado en la justicia, fundado en la razón.
Y bien, sabéis que el hombre, si busca en su conciencia,
la causa de las causas, el último por qué
ha de trocar muy pronto, la Biblia por la ciencia,
los templos por la escuela, la razón por la fé.
Yo sé que esto os asusta, como os asusta todo
todo lo grande , y quisierais poderme desmentir.
Más aún, vuestras conciencias, hundidas en el lodo
de un servilismo que hace de lástima gemir...
Aún allá, en el fondo, bien saben que la idea,
es intangible, eterna, divina, inmaterial...
Que no es ella el Dios y la religión vuestra
Sino la que forma con sus cambios, la historia universal.
Que es ella la que saca la vida del osario
la que convierte al hombre, de polvo, en creador,
la que escribió con sangre la escena del calvario,
después de haber escrito con luz, la de Tabor.
Más sois siempre los mismos, los viejos fariseos,
Los que oran y se postran donde los puedan ver,
fingiendo fe, sois falsos llamando a Dios, ateos
¡chacales que un cadáver buscáis para roer!...
¿Cuál es vuestra doctrina? tejido de patrañas,
vuestra ortodoxia, embuste;
vuestro patriarca, un rey;
leyenda vuestra historia, fantástica y extraña.
Vuestra razón la fuerza; y el oro vuestra ley.
Tenéis todos los vicios que antaño los gentiles
Tenéis la bacanales, su pérfida maldad;
como ellos sois farsantes, hipócritas y viles
Queréis, como quisieron, matar a la verdad.

Más...¡Vano vuestro empeño!...
Si en esto vence alguno; soy yo porque la historia dirá en lo porvenir:
"Respeto a los que mueren como muriera Bruno"
Y en cambio vuestros nombres...¿Quién los podrá decir?
¡Ah!...Prefiero mil veces mi muerte a vuestra suerte;
morir como yo muero...no es una muerte ¡no!
Morir así es la vida; vuestro vivir, la muerte
Por eso habrá quien triunfe, y no es Roma ¡Soy Yo!
Decid a vuestro Papa, vuestro señor y dueño,
Decidle que a la muerte me entrego como un sueño,
porque es la muerte un sueño, que nos conduce a Dios...
Más no a ese Dios siniestro, con vicios y pasiones
que al hombre da la vida y al par su maldición,
Sino a ese Dios-Idea, que en mil evoluciones
da a la materia forma, y vida a la creación.
No al Dios de las batallas, sí al Dios del pensamiento,
al Dios de la conciencia, al Dios que vive en mí,
Al Dios que anima el fuego, la luz, la tierra, el viento,
Al Dios de las bondades, no al Dios de ira sin fin.
Decidle que diez años, con fiebre, con delirio,
Con hambre, no pudieron mi voluntad quebrar,
Que niegue Pedro al Maestro Jesús, que a mí ante el martirio,
de la verdad que sepa, no me haréis apostatar.
¡Más basta!...¡Yo os aguardo! Dad fin a vuestra obra,
¡Cobardes! ¿Qué os detiene?...¿Teméis al porvenir?
¡Ah!...Tembláis...Es porque os falta la fe que a mi me sobra...
Miradme...Yo no tiemblo...
¡Y soy quien va a morir!...

una idea de espacio


Rossiter trabajaba en el departamento municipal de seguros, y tenía fácil acceso a las estadísticas del censo. Durante los últimos diez años estas estadísticas habían sido clasificadas como secretas, en parte porque se consideraban inexactas, pero sobre todo porque se temía que provocaran un ataque masivo de claustrofobia. Ya habían sobrevenido algunas crisis de pánico, y la política oficial era ahora declarar que la población mundial había llegado a un nivel estable de veinte mil millones. Nadie lo creía, y Ward pensaba que el crecimiento anual del tres por ciento seguía manteniéndose desde 1960.
Durante cuánto tiempo se mantendría así era imposible decirlo. A pesar de las sombrías profecías de los neomaltusianos, la agricultura había crecido adecuadamente junto con la población mundial, aunque los cultivos intensivos habían obligado a que el noventa y cinco por ciento de la población viviera permanentemente encerrada en vastas zonas urbanas. El área de las ciudades había sido limitada al fin, pues la agricultura había reclamado las superficies suburbanas de todo el mundo, y el exceso de habitantes había sido confinado en los ghettos urbanos. El campo como tal ya no existía. En cada metro cuadrado de tierra crecía algún tipo de planta comestible. Los prados y praderas del mundo eran ahora terrenos industriales tan mecanizados y cerrados al público como cualquier área de fábricas.


J.G.BALLARD (BILENIO)

dos experiencias del tiempo


Unos detalles evidentes y aparentemente insignificantes: desde el desvanecimiento de la política de emancipación ha cundido la periodización en décadas. Recuerdo la muerte de Kennedy o el Cordobazo, recuerdo Vietnam o París en Mayo, recuerdo la revolución cubana y el golpe de Pinochet; recuerdo Trelew y Monte chingolo, pero no logro recordar décadas. En los '60 o '70 no había décadas sino acontecimentos que periodizaban. La huelga actual de acontecimientos otorga privilegios periodizantes al sistema métrico decimal. Desde los '80, la primera década efectiva, las décadas se han vuelto el principio retroactivo de institución del recuerdo social. Nuestra situación supone una temporalidad homogénea e integral, coloreada amablemente por músicas y cosméticas.

ignacio lewkowicz, 1997
más textos: acá

LICHTENBERG



*Hay gente que cree que todo lo que se hace con cara seria es razonable.


*Algo que se moviera de un extremo a otro de un grano de arena
con la velocidad del relámpago o de la luz
nos daría la impresión de estar en reposo.


*El hombre ama la compañia, así sea la de una vela encendida.


*Como todas las cosas corrosivas,
el chiste y el humor deben emplearse con cuidado.


*Es evidente que no puedo decir que nos irá mejor con un cambio,
pero sí que para mejorar debe haber un cambio.



a partir de conrad (última parte)

Pero la selva no es una amenaza en sí. Existen hombres que habitan en ella. Sólo es amenazante para quien no experimenta ninguna familiaridad con ella. Sólo es amenazante con el extranjero, con un cierto tipo de extranjero Esa amenaza devuelve a éste a unas dimensiones que siglos de urbanidad habían ocultado:

Todo aquello era grandioso, esperanzador, mudo, mientras aquel hombre charlaba banalmente sobre sí mismo. Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a ambos significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros, extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la que nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era aquella cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda"

La urbanidad, habitar en una ciudad, quiere decir encontrarse entramado en una infinidad de lazos sociales que proveen de consistencia a la cotidianeidad. Por decirlo de algún modo, la ciudad es una sociabilidad densa, múltiple. Parafraseando a Nietzsche, cuando dice que un pez nunca conocerá el agua en tanto su relación inmediata con la misma constituye la imposibilidad de la distancia necesaria para el acto cognitivo, pareciera que la experiencia selvática da a Conrad (a sus personajes) una nueva percepción de lo urbano cuando, en OOP, reflexiona sobre la situación de Kayerts y Carlier:

"Eran dos individuos perfectamente insignificantes e ineptos, de esos cuya existencia se hace posible en la fuerte organización de las muchedumbres civilizadas. (…) Valor, serenidad, confianza; emociones y principios: todo pensamiento, grande o insignificante, pertenece no al hombre sino a la muchedumbre, a la muchedumbre que cree ciegamente en la fuerza irresistible de sus instituciones y de su moral, en el valor de su policía y de su opinión".


La muchedumbre, otro nombre para la vida en sociedad, funciona como un Otro que nos recuerda quiénes somos, es la fuerza misma de la costumbre. Para Marlow, en ECT, esa experiencia de sociabilidad es, a la vez, un velo y una tutela: impide ver lo que la soledad de un hombre es capaz de hacer sobre él:

"Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podrías entenderlo, teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajaros y auxiliaros, caminando delicadamente entre el carnicero y la policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios?"

La enumeración no es arbitraria: en ella se encuentra la solidaridad, el alimento, la mediación, el ridículo, el castigo y el encierro. Conrad nos pone una pregunta que pareciera refutar las tesis de Rousseau sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (el hombre es bueno por naturaleza y éste, en soledad, carece de las presiones sociales que lo compelen al daño mutuo). Es decir, responde a Rousseau con una tesis hobbesiana. La posición de víctima del hombre moderno respecto a esta nueva realidad -la selva- queda clara cuando Marlow dedica la siguiente reflexión al devenir de Kurtz:

"La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de la que había sido objeto".

Es decir: el sujeto de la invasión se convierte en objeto de venganza por parte de ese nuevo sujeto llamado selva. Pero ¿no es posible, siguiendo la línea de pensamiento que he planteado, considerar que la lógica propia de la vida moderna es parte fundamental en la definición de la subjetividad de Kurzt en la selva? No se trataría de una vida premoderna, de un retroceso, sino más bien de la vida selvática en condiciones modernas.

Dicha combinación de selva y aflojamiento de los lazos sociales produce un experiencia que, progresivamente, irá adquiriendo características irreales, teatrales, pesadillezcas. Para cualquiera que haya viajado, en el sentido de haber abandonado la familiaridad, la intimidad, la experiencia de Marlow, la perplejidad, la inconsistencia de uno mismo y del mundo, es comprensible. Sólo que en el marino, dicha perplejidad se haya suplementada por una palabra que intenta nominar una sensación, y que irá adquiriendo su significado lentamente, casi al ritmo en que el mismo Marlow se interna en África. Una palabra en inglés, sí, es decir, familiar, pero que la experiencia africana modificará para siempre, que abrirá a un significado tan radical que todo lo demás parecerá irrisorio: horror.

"No se podía decir inhumano. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. (…) lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo ¿no? Sí, era algo bastante feo".

África, para Occidente, se constituye así como una humanidad casi inhumana:

"El mismo recuerdo que guardo de aquella época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso, enloquecido, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ningún sentido".

El hombre que ha sido dejado en soledad no es el hombre rousseauniano, libre de marcas históricas, fuera del tiempo, virgen del odio. Es un hombre occidental moderno. Kurzt es, sencillamente, el nombre de lo que un hombre occidental moderno es, también, capaz de hacer. Lo civilizatorio y lo salvaje se funden en un proceso extraño en el que la experiencia se reconvierte. Uno y otro ya no son lo mismo, ni la experiencia que resulta de su encuentro es una simple sumatoria de las partes precedentes. Es por ello que no puede hablarse, en "El corazón de las tinieblas" ni en "Una avanzada del progreso", de un polo europeo civilizatorio corrompido y de un polo salvaje corruptor: tanto en una obra como en otra asistimos a la progresiva desaparición de dicha frontera, a la emergencia de la ambivalencia irreductible propia del proceso colonialista: los civilizados muestran su rostro cruel y las víctimas se revelan muchas veces también sujetos activos del proceso: los negreros del interior, encargados de capturar y transportar a los futuros esclavos a las costas; los príncipes y reyes locales que consienten y fomentan la trata y la explotación indiscriminada de los recursos, los africanos que hacen las veces de puntos de contacto entre aldeas, provincias y administración colonial -el caso de Makola en OOP-, los esclavos que a su vez compran esclavos (aunque esto no siempre significara un deseo de venganza en el otro, sino a veces un modo de protegerlo). El colonialismo parece no poder pensarse como un antagonismo perfecto entre blancos y negros. Es un fenómeno transversal, de múltiples modulaciones. Pensarlo no opacaría en absoluto el desastre producido en África durante 500 años, sino que le devolvería a éste su densidad histórica y, por ello, su complejidad política.


a partir de conrad (3º parte)


. Humanidades ambivalentes

Durante el relato que concierne al viaje a lo largo de la costa atlántica africana hasta la boca del río, Marlow señala por lo menos tres cuestiones centrales en la percepción que tiene de lo que va sucediendo. Podríamos decir que esas cuestiones se convierten en marcas, en rasgos característicos.

A modo de confirmación a lo que ha querido, y no ha podido, decir directamente a su tía (¿tal vez para no arruinar su sueño civilizatorio, lo primero que nota (o hace notar) es la composición profesional de los embarcados: soldados y aduaneros. No hay maestros, ni funcionarios, ni siquiera misioneros. Así, en ese viaje se condensan tres de las figuras más importantes del proceso colonial: los agentes para la extracción de las riquezas, los agentes que garantizan dicha extracción y los agentes encargados de distribuir a los otros dos agentes en el territorio. Impuestos, armas, transportes.

En ese mismo viaje, algo atrapa la atención de Marlow: la costa. La visión de la costa. Monótona:
"Como si no nos hubiésemos movido (…)".

Sólo dos lugares cortan la monotonía: Grand Bassam y Little Popo. Estos lugares tienen un extrañísimo privilegio en el conjunto de la obra: constituyen las únicas dos poblaciones africanas de los cuales se da su nombre. Una vez que el barco ha ido más allá de Little Popo ya nada tiene nombre, ya nada es localizable. Un territorio sin nombres es un territorio virgen. Un espacio continuo y, en cierto sentido, indiferenciado. Un territorio sin fronteras políticas, infinito en su despliegue. Para dicha indiferencia, sólo queda un elemento, el único en condiciones de nombrar lo infinito en la Tierra: el natural. En ese preciso momento hace irrupción uno de los elementos fundamentales en la obra y que puede ser pensado como una de las variables claves en la configuración de la percepción europea sobre África: la selva. La selva, aquí, es mucho más que un entorno, un ambiente, un ecosistema. No puede pensarse la selva de Conrad, la selva africana, como el fondo sobre el cual advendría la historia. En absoluto. La selva constituye una suerte de sujeto autónomo. Una presencia fundamental, configurante. La selva es pura forma. Una forma que no tiene fondo, o mejor, infinita. Una forma definitiva e indefinidamente peligrosa. La forma misma de la amenaza. Tal vez en ese sentido pueda leerse el primer encuentro importante de Marlow con la selva -en verdad, unos matorrales que la anuncian-: el barco que lo transporta desde Europa a la sede de la compañía cruza un barco de guerra francés:

"No había ni siquiera una cabaña y sin embargo disparaba contra los matorrales. Según parece los franceses libraban allí una de sus guerras".

En esa imagen aparece condensada de modo muy significativo, y metafórico, el lugar que la selva ocupa en el imaginario occidental, especialmente el industrial. Para una sociedad que ha basado su poderío en el dominio y destrucción sistemática de los ecosistemas y los recursos, pocas cosas son más amenazantes que aquella vastedad natural. Tal vez porque, habituado como está a posar su pie victorioso sobre la cabeza de la Naturaleza derrotada, la selva devuelve al hombre moderno a un tiempo en que las cosas no eran así:

"Remontar aquél río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes".

continuará...

a partir de conrad (2º parte)


. Del mito al mito

Geográficamente, la novela está configurada por dos lugares: las metrópolis europeas (o más precisamente, en fidelidad al texto, Gravesend -sobre el estuario del Támesis, "con la ciudad más grande y poderosa del universo a lo lejos","una ciudad que siempre me ha hecho pensar en un sepulcro blanqueado") y las tierras coloniales.

Se pueden señalar dos temporalidades: una temporalidad de la enunciación -el barco a la espera de que cambie el flujo de la marea en el estuario del Tamésis- y una triple temporalidad de los enunciados -la vida metropolitana previa al viaje, la estadía en tierras africanas y el regreso a la metróplis-.

La obra comienza con un momento de espera, con aquello que podríamos llamar un tiempo muerto. Sin embargo, en ese tiempo muerto, alguien piensa. O recuerda. O, mejor, en esa tensión entre los pensamientos y los recuerdos, habla. Es Marlow, un marino que ya ha estado en África. El cuerpo que sostiene esa palabra lentamente va desapareciendo. Anochece y las sombras ganan espacio. Al final, ya no hay cuerpo perceptible, sólo una voz:

"Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos… el otro día… La luz iluminó este río a partir de entonces".

Un hombre a punto de emprender un viaje en altamar, un hombre inglés del siglo XIX, el experimentado marino Marlow, recuerda el momento en que los Romanos llegaron a las Islas Británicas. Entiende ese momento como el acontecimiento a partir del cual la oscuridad se disuelve. La civilización, la luz, ha llegado. Pareciera que Marlow encuentra en el expansionismo de Roma un punto de contacto, una cierto aire de familia. No sabemos si ha recordado el arribo de los romanos primero, o si en lugar de eso ha venido a su memoria la propia experiencia en tierras africanas y de ellas ha derivado esta imagen hipótetica sobre el primer pie romano en Britania. Sin embargo, una vez leído el relato de la vida de Marlow en África, esta primera figura retórica adquiere definitivamente el estatuto de un vínculo histórico entre Roma y la avanzada occidental sobre África, especialmente aquella con el objetivo de penetrar en los territorios africanos y que puede fecharse hacia finales del siglo XVIII; éstos -los occidentales colonizadores contemporáneos de Marlow- del mismo modo que aquéllos -los romanos- entran en relación con:

"Un país cubierto de pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior la sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea… toda esa vida misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. Ha de vivir en medio de lo incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable. Podéis imaginar el peso creciente, el deseo de escapar, la impotente repugnancia, el odio".

Todas esas son palabras que circulan en el relato de su propia experiencia en África. Pero la emulación tiene un límite: según Marlow algo diferencia a los primeros de los segundos: la idea. Roma es, para él, la fuerza bruta, la pura conquista, el poder de saquear:

"Aquello era robo con violencia.(…) Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia… El culto por la eficiencia(…) Lo único que redime es la idea".

La eficiencia: del latín efficientia, significa la capacidad de disponer de algo o de alguien para lograr un efecto. No es la capacidad de lograr el efecto, eso es la eficacia (del latín, efficacia). Esta distinción es altamente significativa: el culto del occidental moderno es a la disposición, al control sobre las personas y las cosas. La eficacia, si bien fundamental, no es el objetivo primordial. Un dominio eficiente puede no ser un dominio eficaz, puede disponer sin lograr efectos. Eso parece ser lo que Marlow comprende: un romano, un conquistador nato, alguien que tiende al botín, es algo muy diferente de un inglés, un colonizador, es decir, el administrador de la idea de disponer de los otros y de las cosas.

En esa idea civilizatoria consistiría el diferencial entre Roma y el Occidente moderno: para Marlow la conquista es una colonización sin idea. Probablemente, esta idea de Roma como pura rapiña sea cuanto menos discutible históricamente;. sin embargo, insisto, el objetivo del este escrito no es falsear las hipótesis y representaciones que conforman la obra, sino más bien utilizarlas como herramientas para trazar la imagen de sí y del otro que en ella conviven. Así, continuando, en y para Marlon, la idea justifica, absuelve, y en definitiva, decide por uno. La idea es algo:

"(…) ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio… ".

Existe aún otra referencia importante a Roma: el momento en que Marlow firma su contrato con la compañía, en "la ciudad sepulcral".

Allí pareciera existir otro vínculo con el antiguo Imperio. Un vínculo que recuerda un párrafo de los comienzos del Dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Escribe Marx:

"(…) por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y la batalla de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de la República romana de los ideales y las formas artísticas, las ilusiones para ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente limitado de sus luchas y mantener la pasión a la altura de la gran tragedia histórica".

Marlow acaba de firmar el contrato. Y vuelve a ver, pues ya lo había hecho al ingreso, a dos mujeres, dos secretarías, tejiendo con lana negra. Estas mujeres, impávidas, presencian el ir y venir de los firmantes:

"(…) guardando las puertas de la Oscuridad".

Y de un modo absolutamente sorpresivo para el lector, pues nada parece indicar la pertinencia de la expresión, Marlow al recordarlas durante el relato sobre el barco en el Támesis, les dedica en su imaginación el siguiente saludo:

"Ave, viejas hilanderas de lana negra. Morituri te salutant".

El saludo de los gladiadores al César, solemne como solamente el saludo antes de morir -el último- puede serlo, se convierte aquí en una suerte sarcasmo hacia la historia. El colonizador ya no se despide de la máxima autoridad del Imperio, sino de un par de grises secretarías. Hay algo insoportablemente banal en esa escena. Algo que recuerda, precisamente, la ausencia de heroísmo de la que habla Marx. Conrad logra con esa imagen componer un cuadro en el que la tensión entre la magnificencia de las ideas y la materialidad de los dispositivos coloniales queda trazada impecablemente.

Estas dos imágenes, como se puede ver, nos presentan dos modos diversos de relación con la experiencia imperial occidental antigua por definición: en la primer imagen, la violencia versus la eficiencia; en la segunda, el héroe conquistador versus el empleado de una compañía comercial.

Marlow experimenta esta tensión entre lo gris de su misión y los discursos que la glorifican:

"(…) yo era considerado como uno de tantos trabajadores, pero con mayúscula. Algo así como un emisario de luz, como un individuo apenas ligeramente inferior a un apóstol".

Experimenta la idealización que sobre ella han hecho los europeos. Para los ojos de sus contemporáneos no implicados directamente en el proceso colonizador, la gente como Marlow aparece como una especie de héroe humanitario, de pionero en la feliz avanzada del progreso. Las tonterías sobre el tema abundan: su tía, involucrada en el proceso que ha desembocado en su designación como empleado de la Compañía, llega a decirle que su misión consiste en "liberar a millones de ignorantes de su horrible destino". Es demasiado. Marlow se incomoda. ¿Qué lo pone nervioso? La distancia entre ese discurso cargado de optimismo civilizatorio (que parece consistir en una estrategia educativa para los ignorantes) y lo que él trató de insinuar:

"(…) que lo que a la compañía le interesaba era su propio beneficio".

Y lo que, más tarde, ya en Africa, podrá comprobar al encontrarse con la autodenominada Expedición de Exploradores de Eldorado:

"(…) era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía. (…) Arrancar tesoros a las entrañas era su deseo, pero aquel deseo no tenía otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte"

En definitiva, saqueadores sin ideas.

a partir de conrad (1º parte)

Una lectura de "El corazón de las tinieblas" y “Una avanzada del progreso” de Joseph Conrad.

por Ezequiel Gatto

"En cierto modo pareció

irradiar una especie de luz sobre todas las cosas

y sobre mis pensamientos.

Fue algo bastante sombrío, digno de compasión…

nada extraordinario sin embargo… ni tampoco muy claro.

No, no muy claro.

Y sin embargo parecía arrojar una especie

de luz".

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899


He visto horrores que tu has visto.

No tienes derecho a llamarme asesino.

Tienes derecho a matarme.

Tienes derecho a hacer eso.

Pero no tienes ningún derecho a juzgarme.

Es imposible que las palabras describan

lo que necesitan aquellos que no saben

lo que el horror significa.

Marlon Brando (Coronel Kurzt) en Apocalypse Now, 1979


. Umbral, o lo legible

El siglo XX es, entre otras cosas, el siglo de la lingüística. El siglo en que el lenguaje ha sido puesto en cuestión por el lenguaje. Debido a ello, es también el siglo en que la representación ya no puede ser autorreferente ni, tampoco, referir mecánicamente a otra cosa, a algo exterior a ella. Tal como dijo Spinoza alguna vez "el concepto de perro no ladra". Ese parece ser el piso epistemológico sobre el cual damos nuestros pasos. Abordar una obra literaria, entonces, no es una cuestión sencilla. Ella no produce un sentido cerrado, inmanente a la obra y que espera, solamente, ser develado por el lector. Tampoco es un puro efecto sintomático legible, unidireccionalmente, a partir de las condiciones que lo han posible. Siendo que, como alguna vez sentenció Jean-Paul Sartre, "si es cierto que Flaubert escribe como un pequeñoburgués no es cierto que todo pequeñoburgués escriba como Flaubert". Por lo tanto, existe en la obra literaria un elemento excesivo respecto a sus condiciones, un elemento irreductiblemente creativo, en tanto que el lenguaje no sólo nomina experiencias sino que constituye, simultáneamente, la experiencia de nominar.

En este sentido, la posición de lector se vuelve importante a la hora de pensar los dispositivos de lectura e interpretación de una obra literaria. Él, como dijera Barthes, ya no es el punto de llegada de la obra; a su vez, la obra no lo aguarda como quien espera a alguien para revelarle el secreto. El lector pareciera ser una suerte de nuevo punto de partida. No es, ya no más, ya no para la teoría, el lugar de la confluencia sino un lugar de diseminación. La operación hermenéutica ya no se pretende unívoca o universal, sino múltiple y singular.

Lo que sigue a continuación es, básicamente, lo que "El corazón de las tinieblas" y “Una avanzada del progreso” (en adelante, ECT y OOP, respectivamente) de Joseph Conrad me han hecho pensar. En el proceso de lectura he intentado no forzar a la obra a decir aquello que no dice. No porque -estrictamente hablando- diga algo, sino más bien en el sentido que he intentado pensar la obra a partir de la obra misma, como universo que configura una percepción específica y no como puro reflejo de una percepción social que le sería exterior. Sin embargo, compartiendo el pensamiento de Marx, nada es más social que lo individual. Nada individual pudiera existir si no existiera lo social en lo cual puede emerger una figura como el individuo. Por ello, esta lectura de ECT y OOP tiene una pretensión que pudiera aparecer como paradójica, y que tal vez lo sea: tomar la obra como el ejercicio perceptivo de un hombre pero cuyos elementos pueden sernos útiles para pensar las percepciones colectivas, en tanto que en esa tensión entre el carácter social del lenguaje y la unicidad, irrepetibilidad y singularidad de las experiencias individuales es, a mi entender, uno de los puntos centrales de la problemática (de la) subjetividad.

Franco Berardi en Rosario


la universidad experimental y el levante invitan a la siguiente actividad:

seminario-taller
Generaciones post-alfa.
Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo

a cargo del filosósofo y activista italiano Franco Berardi (Bifo)


El tema central alrededor del cual girará esta actividad será las últimas investigaciones realizadas por esta reconocida figura del movimiento obrerista italiano, cuyos resultados forman parte de su reciente publicación “Generación Post-Alfa. Patologías e Imaginarios en semiocapitalismo” (Tinta Limón, Buenos Aires, 2007).

El seminario-taller, en este sentido, intentará abordar el devenir de los movimientos de lucha y autoorganización en las últimas décadas, las nuevas formas de producción de las subjetividades contemporáneas y los modos de funcionamiento y desarrollo del semiocapitalismo.

La modalidad de trabajo consistirá en una exposición inicial a cargo de Franco Berardi, retrabajo de la exposición y elaboración de interrogantes en rondas simultáneas y una fase final con un diálogo colectivo a partir de las preguntas construidas en las rondas.

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Jueves 8 de noviembre
Acreditaciones 18.30hs.
Inicio: 19.00 hs.
en El Levante (Richieri 120) Rosario
Se entregarán certificados.

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Junto a Toni Negri y Paolo Virno, Franco Berardi es una de las figuras más conocidas del movimiento obrerista italiano que tuvo su esplendor a mediados de los años setenta. De ahí su preocupación permanente por las variaciones de las subjetividades productivas y su especial interés por las derivas del trabajo cognitivo. Berardi cursaba Estética en la Universidad de Bologna cuando sobrevino la rebelión estudiantil del 68 y más tarde participó de las revueltas del 77. Allí fundó la revista A traverso y la Radio Alice, clausurada por la policía pero inspiradora de un movimiento de experimentación radical en torno a la comunicación. En este mismo camino, Bifo más adelante animó dos originales emprendimientos políticos: el proyecto Rekombinant (http://www.rekombinant.org/) y el movimiento de construcción de televisoras callejeras en contra del despotismo mediático en Italia (http://www.telestreet.it/) Tres de sus numerosos libros han sido editados en castellano, aunque todos recientemente y en España. La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global (Traficantes de sueños, 2003), Telestreet. Máquina imaginativa no homologada (El Viejo Topo, 2004) y El sabio, el mercader y el guerrero. Del rechazo del trabajo al surgimiento del cognitariado (Acuarela, 2007).

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más información: acá


universidad experimental

producciondesubjetividad@gmail.com
rosario, argentina

contrapuntos


por Ezequiel Gatto

Mis padres (que murieron a causa de la gran Peste, hace ya varios años) me llamaron Pietro, y soy un campesino de alguna parte del norte de Italia. Es invierno. Otro duro invierno. Los días son cortos. ¿El trabajo? Tan ingrato como siempre. Muchas veces me he preguntado como sería vivr sin tener hambre, llegando a imaginar que en vez de un plato de comida había tres para cada uno; que la carne sobraba, se pudría en los graneros. Que cada quién tenía lo que necesitaba. Mis antepasados, cuando era un niño libre de obligaciones penosas, me contaban leyendas de lugares como ése. Lugares que Dios había elegido para que reine la abundancia. Con ríos de agua tibia y árboles frutales. También yo las he relatado para mis hijos. Y para mí, ¿por qué no? Mis herramientas de trabajo, hechas con mis propias manos y el sudor de todo el cuerpo, llevan años repitiendo su labor. Como los señores, saquean, invaden, obligan a que se les dé. ¿Su retribución? Mantenernos de pie, la posibilidad de cuidar de nuestros hijos, amar a las esposas. Y a Dios, por supuesto, sobre todas las cosas. De los recaudadores, y por ellos, sé que mis señores viven de maneras muy distintas. Nunca he ido a la guerra, la aldea es muy pequeña, si nos llevasen, en caso de no regresar – no lo quiera Dios -, no tendrían cosa alguna para llevarse. El resto, los ancianos, las mujeres, los niños, morirían pronto. Mi padre solía recordar con frecuencia que cuando era él muy pequeño los caballeros se habían llevado a muchos hombres de su aldea a la guerra, que solo unos pocos habían vuelto y que éstos, afortunados, abandonaron el lugar y se fueron a vivir bastante más al este. Es decir, a esta aldea donde vivo desde siempre. Recordaba también lo triste que había sido dejar aquel sitio. Las mujeres, a medida que se alejaban, daban vuelta sus cabezas y lloraban con tanto desconsuelo que incluso unos hombres, jóvenes, no pudieron evitar que la pena los inunde, derramándose por sus ojos. Yo, en cambio, jamás me he movido de aquí, mi mundo llega hasta el horizonte, con los ojos, y a algunas leguas, en cualquier dirección, con mis pies. Prefiero esto a ir a la guerra. Además me gusta este cielo. Cuando la noche es calurosa y sin nubes – o muy pocas - me acuesto fuera de la casa a mirar la luna y las estrellas. Siento a Dios en esas noches. Me quedo mucho tiempo sin hacer nada, sólo mirando. Luego cierro los ojos y trato de repetir la imagen en mi cabeza. Suelo quedarme dormido en el intento, me despiertan los primeros rayos de sol. Busco mis herramientas, despierto a mis hijos. El campo aguarda tranquilo nuestra llegada. Esos días son diferentes, la noche a la intemperie me deja una sensación muy placentera que me dura hasta bien entrada la jornada. Termino exhausto, como siempre, pero si el cielo no se tiñe de gris sé que esa noche volveré a disfrutar del silencio y la quietud. Las lluvias suelen durar algunos días. Si han sido generosas es inútil trabajar sobre el barro. Entonces tomo mis elementos de pesca y paso la tarde junto al arroyo. Casi siempre solo, a veces con algunos de mis hijos mayores. Si tenemos suerte comemos pescado por la cena. Todos reímos y saboreamos ese plato tan poco usual. Su misma rareza lo hace exquisito. Lo mastico despacio, lo paseo por toda mi boca, exploro lentamente su gusto, y lo trago. Cuando el parróco nos comenta fragmentos de la Biblia, señala muy seguido el milagro de la multiplicación de los panes y pescados que Cristo realizó. Es la parte que más me gusta escuchar. Lo sigo atentamente, con deleite. Los días de buena suerte en el arroyo yo me siento un poco Cristo.



sobre todo



Si yo fui cáustico, ella fue dulce; y si yo tomé partido de todas todas por los viejos, ella lo tomó, en la misma medida, por los jóvenes. Siguió una larga conversación, cada vez más emocionada y tierna, primero en aquel bar, después en el restaurante, luego en otro bar, luego en la habitacion del hotel; incluso nos olvidamos, por una noche, de hacer el amor. Era nuestra primera conversación de verdad, y además era, creo, la primera conversación de verdad que había tenido con quien fuera desde hacía años, por que la última se remontaba, probablemente, al principio de mi relación con Isabelle; quizá nunca había tenido conversaciones de verdad con nadie que no fuera una mujer amada, y en el fondo me parecía normal que el intercambio de ideas con alguién que no conoce tu cuerpo, que no esta en posición de hacerlo sufrir o de llenarlo de alegría, sea un ejercicio falso y a fin de cuentas imposible, porque somos cuerpos, somos sobre todo, principal y casi únicamente, cuerpos, y el estado de nuestros cuerpos es la verdadera explicación de la mayoría de nuestras concepciones intelectuales y morales.


(lo escribió houelllebecq en La posibilidad de una isla)
en simultáneo: coralcaraza