

Gilles Deleuze en Lógica del sentido


“Otra vez”, creo recordar haber pensado. Porque la Semana santa del '87 no había pasado desapercibida para mí. Sentado junto a mi padre delante del tele, máquina privilegiada de mi acceso al mundo por esos días, recuerdo, sí, a Alfonsín y a un montón de tipos a su lado durante el famoso discurso que incluyó la frase: “Vayan a casa y besen a sus hijos”.
Tampoco me había sido indiferente el copamiento de Tablada en el '89, que seguí durante todo el día por los canales de aire en una época en que la clase media no tenía aceitada la práctica del cable. Allí también hubo militares y periodistas, Alfonsín y un montón de tipos más. Pero aparecían dos figuras de difícil clasificación: la gente y una cosa llamada MTP.
Tampoco los saqueos en Rosario en mayo del '89: primera vez que oí la expresión “Estado de sitio” y no podía dejar de pensar en calles oscuras patrulladas por tanques sedientos de disparar. Y una sensación de intemperie absoluta.
El 3 de diciembre de 1990 era, así, “otra vez” de algo de muy difícil explicación, en tanto yo estaba imposibilitado de trazar alguna genealogía, alguna procesualidad que le diera a esos movimientos cierto tipo de fundamento. Los hechos se sucedían como en un vacío, el vacío que para mí era la historia.
Pero lo que todos esos acontecimientos no dejaban de compartir entre sí era el hecho de darle a mi existencia inmediata una sensación de irrealidad. La televisión transmitiendo, el flujo de noticias radiales y los comentarios varios, eran los elementos de que se construía dicho extrañamiento. Yo percibía esos sucesos en su materialidad intangible, lejana. Era una experiencia indecible, pero cierta, de simultaneidad. Una simultaneidad hecha de dos polos de valor diverso: aquí, es decir, yo, la calma, el silencio, y, sobre todo, la dependencia respecto del otro polo; allá, en ese punto de difícil localización (¿cómo carajo saber dónde quedaba esos extraños lugares llamado Campo de Mayo o Villa Martelli?), cosas relevantes sucediendo, prescindiendo de mí. En esa asimetría fáctica, tenía la evidente sensación de irrealizarme: mi vida sus-pendida.
Sospecho que esa experiencia de saberse condicionado por algo que sucede en otro lugar, aún no sabiendo qué condiciona, constituye uno los rasgos fundamentales de cualquier experiencia humana del tiempo.
En algún momento
(no este sábado de irresponsables)
un viejo o un joven se sienta
con sus cuerdas chinas delante,
entre las piernas.
Tira notas, no hay acordes
no hay escalas, sólo notas detrás de notas.
Alguien registra,
Alguien,
yo,
lo
descarga.
En este sábado de irresponsables
todas las madres han muerto
y no las lloramos.
El huracán miniatura de tu respiración
en mí oído se hace uno
con el viejo o el joven,
con sus pasiones atonales.
La tarde es un caos sonoro
tamaño pieza
donde te tocó ser la cadencia tibia
ronroneante.
Acostado a tu lado, bailo.


Bajo sus brazos e inició el cuarto y último movimiento, sin duda el más hermoso de la obra. El tempo había comenzado un poco lento, Priebke trató de ajustarlo y lo logró rápidamente. Todo marchaba a punto y parecía estar sonando espléndidamente. Se sintió más tranquilo, miró a Nursky que parecía seguir turbado.
El público comenzaba a excitarse nuevamente.
Treinta segundos antes de terminar la pieza Nursky tendría unas cortas líneas junto con los bajos y el piano. Pareció serenarse, su sonido tuvo un brillo mayor al normal. Nadie podía creer lo que estaba presenciando, el mismo Priebke se distrajo un momento frente a aquella maravilla, las notas del primer violín tenían un desplazamiento crudo, maravilloso, de finos cuchillos que cortaban el aire.
Segundos después Priebke notó algo extraño, una alteración en la melodía. Perfectamente adaptada a la armonía de la gran obra, las líneas del primer violín trazaban un canto distinto al de la partitura original. Priebke pensó que habría olvidado la línea, que quizá el nerviosismo habría nublado su perfecta memoria e intentaba ahora improvisar un momento para llegar hasta el final. Extrañado, segundos después creyó reconocer las líneas del violín, dudó un instante pero retuvo su certeza, era el himno Checo, imperceptible para el público, pero no para él, que no dudó al recordar sus días de niño en el conservatorio de Praga. Nadie notó la alteración. Todos seguían maravillados, incluso los doctos conocedores de la obra de Brahms parecieron ignorar la trampa, encantados por el sonido de Nursky, olvidaron todo lo demás.
Al terminar el público estalló en una aplauso ensordecedor. La excitación era total. El propio Ministro se acercó al balcón del palco y aplaudió mirando a los ojos del director y el violinista. Nadie dejaba de aplaudir, ya nadie seguía sentado, nadie era capaz de indiferencia frente a la belleza.
Priebke miró el rostro de Nursky, dos gotas caían de sus ojos, dos gotas quizá idénticas a las anteriores recorrían su piel blanca. Nursky lloraba. La emoción se escapaba de su cuerpo. Había elegido ese momento como el adecuado, ese momento en esa magnífica obra del año 1862, justo en el cuarto movimiento, donde los violines danzaban como sobre agua quieta. Lo había logrado, arrancarle un espacio de libertad a los asquerosos alemanes, a los que ahora denigraban su patria, a los que habían encarcelado y asesinado a sus hermanos durante la resistencia. Solo Priebke lo sabía, sólo él sabría que por catorce segundos, Nursky había sido libre.
Una gota de transpiración recorría lentamente su frente. Desde la primera fila podría haberse visto a la dócil gota deslizarse, los reflejos que encubría, las partículas que arrastraba en su íntima avalancha.
La Akademische Festouvertüre op. 80 de Johannes Brahms hacía que el escenario vibrara en un pequeño movimiento, Priebke sentía en los talones las ondas del sonido que sus oídos escuchaban y que sus manos ordenaban.
Ese invierno de 1943 fue muy crudo en la Europa central. Las temperaturas llegaron a 20 grados bajo cero. Esa noche en Berlín era dificultoso caminar por la calle, la nieve había tapado las veredas y los pisos estaban resbaladizos. Lleno ya sin más localidades, el teatro había sido colmado por el gran público, fiel devoto del romanticismo alemán.
Volker Priebke era director. Hacía más de cinco años que lo era. Conservar ese honor por tanto tiempo había sido muy difícil, el teatro nacional y el público eran cada vez más exigentes, la competencia crecía en el esplendoroso renacer de la cultura alemana. Sus indudables dotes artísticos impidieron su reemplazo, también su buena relación con los jerarcas del Ministerio.
El público esa noche estaba exaltado, la interpretación del primer movimiento había sido excelente, seca, con una soberbia precisión. Brahms, indudablemente, estaba vivo.
Imre Nursky era primer violinista, nacido en una localidad cercana a Praga, a los doce años había llegado a concertista por la insistencia de su padre, a los quince era el primer violín de la orquesta oficial de la capital checoslovaca –una de las más reconocidas en la Europa de fines de los veinte - , tiempo después fue requerido en Berlín. Además de un sonido impecable, la memoria de Nursky era de roca, dejaba a un lado las partituras después del tercer ensayo, un músico excepcional.
Al terminar el segundo movimiento algunos espectadores emocionados rompieron el protocolo y aplaudieron, hubo cierta tensión, los caballeros de las primeras filas susurraron de espaldas pidiendo silencio. Algunas toses se oyeron. Un plano de aire frío atravesó las gradas. Muchos miraron el palco número tres, donde la mayoría del gabinete nacional disfrutaba atento de aquella auténtica obra de arte.
Priebke miró a su espalda, al público primero y al palco oficial después. Tuvo unos segundos para secarse la transpiración mientras respiraba profundo. Rápidamente ordenó el comienzo de los vientos y las cuerdas. Todos callaron y volvieron su atención al escenario. El director movía sus manos afanosamente, de una lado para otro con una docilidad admirable, cada movimiento de su cuerpo resultaba en una nueva sonoridad, la incorporación de los timbales, de los bajos. Era perfecto.
El tercer movimiento fue magnífico. El violín de Nursky pudo destacarse en los casi dos minutos en que su sonido solitario llegaba hasta la bóveda del teatro y volvía deleitando al gran público. Pudo ver las caras de asentimiento desde el palco número tres, incluso le extrañó percibir cierta aceptación, a pesar de su origen.
Priebke bajó las manos súbitamente, el público estalló en aplausos otra vez. Todavía quedaba el último movimiento. Secó su frente con trabajo. Giró su rostro y miró nuevamente a las gradas. Un rumor creciente comenzó a circular cuando todos los asistentes giraron para observar la puerta principal, Priebke se quedó atónito: el propio Ministro de Cultura del Reich honraba la noche y se dirigía hacia su palco, a pocos metros del escenario. Sus piernas le temblaron, sintió que se le aflojaban. Se agachó y tomó un vaso de agua, el recomienzo se estaba retrasando, y el público comenzaba a impacientarse. Miró a los ojos a Nursky y notó que estaba pálido, su responsabilidad era mayor, era checo.


Pero la selva no es una amenaza en sí. Existen hombres que habitan en ella. Sólo es amenazante para quien no experimenta ninguna familiaridad con ella. Sólo es amenazante con el extranjero, con un cierto tipo de extranjero Esa amenaza devuelve a éste a unas dimensiones que siglos de urbanidad habían ocultado:
Todo aquello era grandioso, esperanzador, mudo, mientras aquel hombre charlaba banalmente sobre sí mismo. Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a ambos significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros, extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la que nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era aquella cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda"
La urbanidad, habitar en una ciudad, quiere decir encontrarse entramado en una infinidad de lazos sociales que proveen de consistencia a la cotidianeidad. Por decirlo de algún modo, la ciudad es una sociabilidad densa, múltiple. Parafraseando a Nietzsche, cuando dice que un pez nunca conocerá el agua en tanto su relación inmediata con la misma constituye la imposibilidad de la distancia necesaria para el acto cognitivo, pareciera que la experiencia selvática da a Conrad (a sus personajes) una nueva percepción de lo urbano cuando, en OOP, reflexiona sobre la situación de Kayerts y Carlier:
"Eran dos individuos perfectamente insignificantes e ineptos, de esos cuya existencia se hace posible en la fuerte organización de las muchedumbres civilizadas. (…) Valor, serenidad, confianza; emociones y principios: todo pensamiento, grande o insignificante, pertenece no al hombre sino a la muchedumbre, a la muchedumbre que cree ciegamente en la fuerza irresistible de sus instituciones y de su moral, en el valor de su policía y de su opinión".
La muchedumbre, otro nombre para la vida en sociedad, funciona como un Otro que nos recuerda quiénes somos, es la fuerza misma de la costumbre. Para Marlow, en ECT, esa experiencia de sociabilidad es, a la vez, un velo y una tutela: impide ver lo que la soledad de un hombre es capaz de hacer sobre él:
"Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podrías entenderlo, teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos amables siempre dispuestos a agasajaros y auxiliaros, caminando delicadamente entre el carnicero y la policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y los manicomios?"
La enumeración no es arbitraria: en ella se encuentra la solidaridad, el alimento, la mediación, el ridículo, el castigo y el encierro. Conrad nos pone una pregunta que pareciera refutar las tesis de Rousseau sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (el hombre es bueno por naturaleza y éste, en soledad, carece de las presiones sociales que lo compelen al daño mutuo). Es decir, responde a Rousseau con una tesis hobbesiana. La posición de víctima del hombre moderno respecto a esta nueva realidad -la selva- queda clara cuando Marlow dedica la siguiente reflexión al devenir de Kurtz:
"La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la fantástica invasión de la que había sido objeto".
Es decir: el sujeto de la invasión se convierte en objeto de venganza por parte de ese nuevo sujeto llamado selva. Pero ¿no es posible, siguiendo la línea de pensamiento que he planteado, considerar que la lógica propia de la vida moderna es parte fundamental en la definición de la subjetividad de Kurzt en la selva? No se trataría de una vida premoderna, de un retroceso, sino más bien de la vida selvática en condiciones modernas.
Dicha combinación de selva y aflojamiento de los lazos sociales produce un experiencia que, progresivamente, irá adquiriendo características irreales, teatrales, pesadillezcas. Para cualquiera que haya viajado, en el sentido de haber abandonado la familiaridad, la intimidad, la experiencia de Marlow, la perplejidad, la inconsistencia de uno mismo y del mundo, es comprensible. Sólo que en el marino, dicha perplejidad se haya suplementada por una palabra que intenta nominar una sensación, y que irá adquiriendo su significado lentamente, casi al ritmo en que el mismo Marlow se interna en África. Una palabra en inglés, sí, es decir, familiar, pero que la experiencia africana modificará para siempre, que abrirá a un significado tan radical que todo lo demás parecerá irrisorio: horror.
"No se podía decir inhumano. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. (…) lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo ¿no? Sí, era algo bastante feo".
África, para Occidente, se constituye así como una humanidad casi inhumana:
"El mismo recuerdo que guardo de aquella época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso, enloquecido, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ningún sentido".

. Humanidades ambivalentes
Durante el relato que concierne al viaje a lo largo de la costa atlántica africana hasta la boca del río, Marlow señala por lo menos tres cuestiones centrales en la percepción que tiene de lo que va sucediendo. Podríamos decir que esas cuestiones se convierten en marcas, en rasgos característicos.
A modo de confirmación a lo que ha querido, y no ha podido, decir directamente a su tía (¿tal vez para no arruinar su sueño civilizatorio, lo primero que nota (o hace notar) es la composición profesional de los embarcados: soldados y aduaneros. No hay maestros, ni funcionarios, ni siquiera misioneros. Así, en ese viaje se condensan tres de las figuras más importantes del proceso colonial: los agentes para la extracción de las riquezas, los agentes que garantizan dicha extracción y los agentes encargados de distribuir a los otros dos agentes en el territorio. Impuestos, armas, transportes.
En ese mismo viaje, algo atrapa la atención de Marlow: la costa. La visión de la costa. Monótona:
"Como si no nos hubiésemos movido (…)".
Sólo dos lugares cortan la monotonía: Grand Bassam y Little Popo. Estos lugares tienen un extrañísimo privilegio en el conjunto de la obra: constituyen las únicas dos poblaciones africanas de los cuales se da su nombre. Una vez que el barco ha ido más allá de Little Popo ya nada tiene nombre, ya nada es localizable. Un territorio sin nombres es un territorio virgen. Un espacio continuo y, en cierto sentido, indiferenciado. Un territorio sin fronteras políticas, infinito en su despliegue. Para dicha indiferencia, sólo queda un elemento, el único en condiciones de nombrar lo infinito en
"No había ni siquiera una cabaña y sin embargo disparaba contra los matorrales. Según parece los franceses libraban allí una de sus guerras".
En esa imagen aparece condensada de modo muy significativo, y metafórico, el lugar que la selva ocupa en el imaginario occidental, especialmente el industrial. Para una sociedad que ha basado su poderío en el dominio y destrucción sistemática de los ecosistemas y los recursos, pocas cosas son más amenazantes que aquella vastedad natural. Tal vez porque, habituado como está a posar su pie victorioso sobre la cabeza de
"Remontar aquél río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes".
continuará...

. Del mito al mito
Geográficamente, la novela está configurada por dos lugares: las metrópolis europeas (o más precisamente, en fidelidad al texto, Gravesend -sobre el estuario del Támesis, "con la ciudad más grande y poderosa del universo a lo lejos","una ciudad que siempre me ha hecho pensar en un sepulcro blanqueado") y las tierras coloniales.
Se pueden señalar dos temporalidades: una temporalidad de la enunciación -el barco a la espera de que cambie el flujo de la marea en el estuario del Tamésis- y una triple temporalidad de los enunciados -la vida metropolitana previa al viaje, la estadía en tierras africanas y el regreso a la metróplis-.
La obra comienza con un momento de espera, con aquello que podríamos llamar un tiempo muerto. Sin embargo, en ese tiempo muerto, alguien piensa. O recuerda. O, mejor, en esa tensión entre los pensamientos y los recuerdos, habla. Es Marlow, un marino que ya ha estado en África. El cuerpo que sostiene esa palabra lentamente va desapareciendo. Anochece y las sombras ganan espacio. Al final, ya no hay cuerpo perceptible, sólo una voz:
"Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos… el otro día… La luz iluminó este río a partir de entonces".
Un hombre a punto de emprender un viaje en altamar, un hombre inglés del siglo XIX, el experimentado marino Marlow, recuerda el momento en que los Romanos llegaron a las Islas Británicas. Entiende ese momento como el acontecimiento a partir del cual la oscuridad se disuelve. La civilización, la luz, ha llegado. Pareciera que Marlow encuentra en el expansionismo de Roma un punto de contacto, una cierto aire de familia. No sabemos si ha recordado el arribo de los romanos primero, o si en lugar de eso ha venido a su memoria la propia experiencia en tierras africanas y de ellas ha derivado esta imagen hipótetica sobre el primer pie romano en Britania. Sin embargo, una vez leído el relato de la vida de Marlow en África, esta primera figura retórica adquiere definitivamente el estatuto de un vínculo histórico entre Roma y la avanzada occidental sobre África, especialmente aquella con el objetivo de penetrar en los territorios africanos y que puede fecharse hacia finales del siglo XVIII; éstos -los occidentales colonizadores contemporáneos de Marlow- del mismo modo que aquéllos -los romanos- entran en relación con:
"Un país cubierto de pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior la sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea… toda esa vida misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. Ha de vivir en medio de lo incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable. Podéis imaginar el peso creciente, el deseo de escapar, la impotente repugnancia, el odio".
Todas esas son palabras que circulan en el relato de su propia experiencia en África. Pero la emulación tiene un límite: según Marlow algo diferencia a los primeros de los segundos: la idea. Roma es, para él, la fuerza bruta, la pura conquista, el poder de saquear:
"Aquello era robo con violencia.(…) Lo que a nosotros nos salva es la eficiencia… El culto por la eficiencia(…) Lo único que redime es la idea".
La eficiencia: del latín efficientia, significa la capacidad de disponer de algo o de alguien para lograr un efecto. No es la capacidad de lograr el efecto, eso es la eficacia (del latín, efficacia). Esta distinción es altamente significativa: el culto del occidental moderno es a la disposición, al control sobre las personas y las cosas. La eficacia, si bien fundamental, no es el objetivo primordial. Un dominio eficiente puede no ser un dominio eficaz, puede disponer sin lograr efectos. Eso parece ser lo que Marlow comprende: un romano, un conquistador nato, alguien que tiende al botín, es algo muy diferente de un inglés, un colonizador, es decir, el administrador de la idea de disponer de los otros y de las cosas.
En esa idea civilizatoria consistiría el diferencial entre Roma y el Occidente moderno: para Marlow la conquista es una colonización sin idea. Probablemente, esta idea de Roma como pura rapiña sea cuanto menos discutible históricamente;. sin embargo, insisto, el objetivo del este escrito no es falsear las hipótesis y representaciones que conforman la obra, sino más bien utilizarlas como herramientas para trazar la imagen de sí y del otro que en ella conviven. Así, continuando, en y para Marlon, la idea justifica, absuelve, y en definitiva, decide por uno. La idea es algo:
"(…) ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio… ".
Existe aún otra referencia importante a Roma: el momento en que Marlow firma su contrato con la compañía, en "la ciudad sepulcral".
Allí pareciera existir otro vínculo con el antiguo Imperio. Un vínculo que recuerda un párrafo de los comienzos del Dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Escribe Marx:
"(…) por muy poco heroica que la sociedad burguesa sea, para traerla al mundo habían sido necesarios, sin embargo, el heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y la batalla de los pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas de
Marlow acaba de firmar el contrato. Y vuelve a ver, pues ya lo había hecho al ingreso, a dos mujeres, dos secretarías, tejiendo con lana negra. Estas mujeres, impávidas, presencian el ir y venir de los firmantes:
"(…) guardando las puertas de la Oscuridad".
Y de un modo absolutamente sorpresivo para el lector, pues nada parece indicar la pertinencia de la expresión, Marlow al recordarlas durante el relato sobre el barco en el Támesis, les dedica en su imaginación el siguiente saludo:
"Ave, viejas hilanderas de lana negra. Morituri te salutant".
El saludo de los gladiadores al César, solemne como solamente el saludo antes de morir -el último- puede serlo, se convierte aquí en una suerte sarcasmo hacia la historia. El colonizador ya no se despide de la máxima autoridad del Imperio, sino de un par de grises secretarías. Hay algo insoportablemente banal en esa escena. Algo que recuerda, precisamente, la ausencia de heroísmo de la que habla Marx. Conrad logra con esa imagen componer un cuadro en el que la tensión entre la magnificencia de las ideas y la materialidad de los dispositivos coloniales queda trazada impecablemente.
Estas dos imágenes, como se puede ver, nos presentan dos modos diversos de relación con la experiencia imperial occidental antigua por definición: en la primer imagen, la violencia versus la eficiencia; en la segunda, el héroe conquistador versus el empleado de una compañía comercial.
Marlow experimenta esta tensión entre lo gris de su misión y los discursos que la glorifican:
"(…) yo era considerado como uno de tantos trabajadores, pero con mayúscula. Algo así como un emisario de luz, como un individuo apenas ligeramente inferior a un apóstol".
Experimenta la idealización que sobre ella han hecho los europeos. Para los ojos de sus contemporáneos no implicados directamente en el proceso colonizador, la gente como Marlow aparece como una especie de héroe humanitario, de pionero en la feliz avanzada del progreso. Las tonterías sobre el tema abundan: su tía, involucrada en el proceso que ha desembocado en su designación como empleado de
"(…) que lo que a la compañía le interesaba era su propio beneficio".
Y lo que, más tarde, ya en Africa, podrá comprobar al encontrarse con la autodenominada Expedición de Exploradores de Eldorado:
"(…) era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía. (…) Arrancar tesoros a las entrañas era su deseo, pero aquel deseo no tenía otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una caja fuerte"
En definitiva, saqueadores sin ideas.Una lectura de "El corazón de las tinieblas" y “Una avanzada del progreso” de Joseph Conrad.
por Ezequiel Gatto
"En cierto modo pareció
irradiar una especie de luz sobre todas las cosas
y sobre mis pensamientos.
Fue algo bastante sombrío, digno de compasión…
nada extraordinario sin embargo… ni tampoco muy claro.
No, no muy claro.
Y sin embargo parecía arrojar una especie
de luz".
Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899
He visto horrores que tu has visto.
No tienes derecho a llamarme asesino.
Tienes derecho a matarme.
Tienes derecho a hacer eso.
Pero no tienes ningún derecho a juzgarme.
Es imposible que las palabras describan
lo que necesitan aquellos que no saben
lo que el horror significa.
Marlon Brando (Coronel Kurzt) en Apocalypse Now, 1979
. Umbral, o lo legible
El siglo XX es, entre otras cosas, el siglo de la lingüística. El siglo en que el lenguaje ha sido puesto en cuestión por el lenguaje. Debido a ello, es también el siglo en que la representación ya no puede ser autorreferente ni, tampoco, referir mecánicamente a otra cosa, a algo exterior a ella. Tal como dijo Spinoza alguna vez "el concepto de perro no ladra". Ese parece ser el piso epistemológico sobre el cual damos nuestros pasos. Abordar una obra literaria, entonces, no es una cuestión sencilla. Ella no produce un sentido cerrado, inmanente a la obra y que espera, solamente, ser develado por el lector. Tampoco es un puro efecto sintomático legible, unidireccionalmente, a partir de las condiciones que lo han posible. Siendo que, como alguna vez sentenció Jean-Paul Sartre, "si es cierto que Flaubert escribe como un pequeñoburgués no es cierto que todo pequeñoburgués escriba como Flaubert". Por lo tanto, existe en la obra literaria un elemento excesivo respecto a sus condiciones, un elemento irreductiblemente creativo, en tanto que el lenguaje no sólo nomina experiencias sino que constituye, simultáneamente, la experiencia de nominar.
En este sentido, la posición de lector se vuelve importante a la hora de pensar los dispositivos de lectura e interpretación de una obra literaria. Él, como dijera Barthes, ya no es el punto de llegada de la obra; a su vez, la obra no lo aguarda como quien espera a alguien para revelarle el secreto. El lector pareciera ser una suerte de nuevo punto de partida. No es, ya no más, ya no para la teoría, el lugar de la confluencia sino un lugar de diseminación. La operación hermenéutica ya no se pretende unívoca o universal, sino múltiple y singular.
Lo que sigue a continuación es, básicamente, lo que "El corazón de las tinieblas" y “Una avanzada del progreso” (en adelante, ECT y OOP, respectivamente) de Joseph Conrad me han hecho pensar. En el proceso de lectura he intentado no forzar a la obra a decir aquello que no dice. No porque -estrictamente hablando- diga algo, sino más bien en el sentido que he intentado pensar la obra a partir de la obra misma, como universo que configura una percepción específica y no como puro reflejo de una percepción social que le sería exterior. Sin embargo, compartiendo el pensamiento de Marx, nada es más social que lo individual. Nada individual pudiera existir si no existiera lo social en lo cual puede emerger una figura como el individuo. Por ello, esta lectura de ECT y OOP tiene una pretensión que pudiera aparecer como paradójica, y que tal vez lo sea: tomar la obra como el ejercicio perceptivo de un hombre pero cuyos elementos pueden sernos útiles para pensar las percepciones colectivas, en tanto que en esa tensión entre el carácter social del lenguaje y la unicidad, irrepetibilidad y singularidad de las experiencias individuales es, a mi entender, uno de los puntos centrales de la problemática (de la) subjetividad.
universidad experimental
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rosario, argentina
por Ezequiel Gatto
Mis padres (que murieron a causa de la gran Peste, hace ya varios años) me llamaron Pietro, y soy un campesino de alguna parte del norte de Italia. Es invierno. Otro duro invierno. Los días son cortos. ¿El trabajo? Tan ingrato como siempre. Muchas veces me he preguntado como sería vivr sin tener hambre, llegando a imaginar que en vez de un plato de comida había tres para cada uno; que la carne sobraba, se pudría en los graneros. Que cada quién tenía lo que necesitaba. Mis antepasados, cuando era un niño libre de obligaciones penosas, me contaban leyendas de lugares como ése. Lugares que Dios había elegido para que reine la abundancia. Con ríos de agua tibia y árboles frutales. También yo las he relatado para mis hijos. Y para mí, ¿por qué no? Mis herramientas de trabajo, hechas con mis propias manos y el sudor de todo el cuerpo, llevan años repitiendo su labor. Como los señores, saquean, invaden, obligan a que se les dé. ¿Su retribución? Mantenernos de pie, la posibilidad de cuidar de nuestros hijos, amar a las esposas. Y a Dios, por supuesto, sobre todas las cosas. De los recaudadores, y por ellos, sé que mis señores viven de maneras muy distintas. Nunca he ido a la guerra, la aldea es muy pequeña, si nos llevasen, en caso de no regresar – no lo quiera Dios -, no tendrían cosa alguna para llevarse. El resto, los ancianos, las mujeres, los niños, morirían pronto. Mi padre solía recordar con frecuencia que cuando era él muy pequeño los caballeros se habían llevado a muchos hombres de su aldea a la guerra, que solo unos pocos habían vuelto y que éstos, afortunados, abandonaron el lugar y se fueron a vivir bastante más al este. Es decir, a esta aldea donde vivo desde siempre. Recordaba también lo triste que había sido dejar aquel sitio. Las mujeres, a medida que se alejaban, daban vuelta sus cabezas y lloraban con tanto desconsuelo que incluso unos hombres, jóvenes, no pudieron evitar que la pena los inunde, derramándose por sus ojos. Yo, en cambio, jamás me he movido de aquí, mi mundo llega hasta el horizonte, con los ojos, y a algunas leguas, en cualquier dirección, con mis pies. Prefiero esto a ir a la guerra. Además me gusta este cielo. Cuando la noche es calurosa y sin nubes – o muy pocas - me acuesto fuera de la casa a mirar la luna y las estrellas. Siento a Dios en esas noches. Me quedo mucho tiempo sin hacer nada, sólo mirando. Luego cierro los ojos y trato de repetir la imagen en mi cabeza. Suelo quedarme dormido en el intento, me despiertan los primeros rayos de sol. Busco mis herramientas, despierto a mis hijos. El campo aguarda tranquilo nuestra llegada. Esos días son diferentes, la noche a la intemperie me deja una sensación muy placentera que me dura hasta bien entrada la jornada. Termino exhausto, como siempre, pero si el cielo no se tiñe de gris sé que esa noche volveré a disfrutar del silencio y la quietud. Las lluvias suelen durar algunos días. Si han sido generosas es inútil trabajar sobre el barro. Entonces tomo mis elementos de pesca y paso la tarde junto al arroyo. Casi siempre solo, a veces con algunos de mis hijos mayores. Si tenemos suerte comemos pescado por la cena. Todos reímos y saboreamos ese plato tan poco usual. Su misma rareza lo hace exquisito. Lo mastico despacio, lo paseo por toda mi boca, exploro lentamente su gusto, y lo trago. Cuando el parróco nos comenta fragmentos de
