una estrategia vital


En las condiciones actuales es tal vez más difícil que nunca concebir la creación -o los actos creativos- como portadores de poderes disruptivos en relación a las formas de la dominación social. Cierto sueño del arte hace algunos años ha sido despedazado por la estricta y acechante vigilia del mercado que ha sido notablemente capaz de montarse sobre los flujos artísticos (que desbordan la institución-arte).

Caminando, como si se dijera, obscenamente, de la mano del trabajo esclavo aparece un inmenso -y vital- sector de trabajo donde las capacidades creativas son solicitadas de una manera impensable para el imaginario económico dominante hasta, quizá, entrados los años 70 (con excepciones). Es entonces cuando, por diversas vías, se destila una nueva forma de dar órdenes y una nueva forma de obedecerlas en el campo de la producción de valores. Una forma imperativa que se desentiende de lo funcional y exhaustivo (en términos mundanos: de la tarea “en sí”) para enfocar en una dimensión genérica, ambiental. Ambiental y paradójica, se oye la orden: sé creativo. La creatividad aparece como una rebeldía inherente a la lógica capitalista. Su modo interno de rebelión.

Esta centralidad de la creación por sobre la tarea provoca -y da cuenta- de un desplazamiento en las estrategias del poder económico (de su constitución, duración y, más aún, de su viabilidad). La tarea, sus límites pautados, preestablecidos, su mecánica solidaridad con otras tareas tenía en la represión su contracara y condición de posibilidad. Hoy, salvo en un nivel muy vago de retórica, es difícil sostener la universalidad de la represión en contextos laborales. Insistimos, su universalidad no su existencia. Al contrario, es notable el incremento de estímulos y condiciones para que la represión no pueda acaecer.

Al cambiar este aspecto se visualiza un cambio correspondiente en las formas de resistencia, antagonismo y alternativas sociales. Si en un contexto laboral represivo la retórica política de la creación funcionó, como en los años 60, como referente de construcción de otro tipo (en otros términos, cierta politicidad disruptiva se inscribía en el acto creativo mismo) hoy, a priori, cualquier acto creativo está disponible para su valorización mercantil. Estrictamente cualquiera.

La velocidad de captura del mercado ha llegado a un punto tal que sucede en simultáneo (cuando no se anticipa) a la creación social. Pensemos, por ejemplo, en las experiencias contraculturales de los 60, que llevaron algunos años para ser procesadas, mientras que en la actualidad parece imposible siquiera pensar en una frontera exterior al dominio mercantil-capitalista de los intercambios sociales.

Es esta velocidad y aquella falta relativa de represión la que nos hace preguntar por el valor disruptivo de la creación en otros términos. Términos que asumen aquella disponibilidad como un territorio de conflictos permanentes, y de múltiples niveles, donde ya no se trata de denunciar o resistir la represión sino de disputar (bio)políticamente aquella disponibilidad. A esa disputa llamaría yo “batalla de la gestión”. Si la creación abunda, se trata de construir lugares, formas organizativas, lógicas de gestión que puedan modular la creación hacia destinos no saturados de valoración capitalista.

omnipotencia e insignificancia

Omnipotencia e insignificancia quiere decir

recuerda que morirás, no olvides que estás vivo;

un andar, más que calculador, atento

quiere decir lo que dijo

Michelet un día único

y cualquiera, dijo:

quien quiera atenerse al presente, a

lo actual, no comprenderá lo actual.

Como comprarte un terrenito en el Valle de las lágrimas

justo en el momento en que el recuerdo estalla

en que se mete un pájaro

aletea, sobrevuela la mesa de trabajo, picotea

la hoja cualquiera, única, donde escribiste: hay

un delicado modo experimental de proceder,

tan íntimamente identificado con el objeto

que se convierte por ello en teoría (en teoría,

no en abstracción pensaste).

Abajo escribiste: Goethe. Pensaste

qué grande Goethe.

notas negras 4


Notas negras

cuarto (y último) encuentro del año
Hablaremos de la iglesia afroamericana y el gospel


coordinan: ezequiel gatto - pablo jubany

Jueves 16 de diciembre
Central rebelde (Giros)
Bv. Avellaneda 1285
Rosario, Argentina

los esperamos!

Notas negras 3

n orleans music.jpg
Notas negras.
3° Encuentro: N.Orléans, Gospel, Blues y la emergencia de la comunidad negra.



coordinan: Ezequiel Gatto - Pablo Jubany




Jueves 2 de diciembre, 18.30hs.
Central Rebelde (Giros)
Bv. Avellaneda 1285
Rosario,
Argentina.

Los esperamos!


En pocas palabras:

la propuesta es recorrer ciertos aspectos de la historia afronorteamericana a través de textos, música y audiovisuales. La idea es hacer cuatro encuentros este año y retomar con otros cuatro el año próximo.


En muchas palabras:

la vida de los afroamericanos en los Estados Unidos constituye un conjunto de experiencias diversas: desde la esclavitud y la segregación, pasando por las luchas comunitarias, las producciones artísticas, las demandas sociales. Estas experiencias, lejos de ser pensadas desde la autosuficiencia y el pliegue identitario, permiten indagar en una de las situaciones de hibridación más apasionantes de la historia moderna. Al tiempo que, dadas las condiciones impuestas por la esclavitud, los negros pueden ser considerados la primer población globalizada, también pueden rastrearse, desde sus experiencias y relaciones con otras poblaciones, modos de imposición, intercambio, apropiaciones e innovaciones culturales que, si vuelven imposible imaginar una comunidad negra autorreferencial, no por ello invalidan la posibilidad de pensar los modos cambiantes y contradictorios en que se fueron constituyendo algo como subjetividades negras.
Las prácticas musicales formaron parte estructurante de aquellas producciones y subjetividades, ocupando un lugar privilegiado y constituyendo un espacio para la construcción de lazos sociales tanto como una vía de experiencias de resistencia posible o de articulación de territorios de intercambio simbólico. Al tiempo que la música aparece como un plano paradigmático para reflexionar sobre las diversas confluencias, contaminaciones y conflictos entre las tradiciones africanas y europeas, permite asimismo indagar sobre los procesos de aprendizajes y movilidad sociales de la comunidad afroamericana.
Estos procesos de enriquecimiento y complejización artística dan cuenta de las transformaciones socioculturales que, en una relación intrínseca y polivalente con experiencias políticas, acabaron por constituir e instaurar a las invenciones musicales afroamericana como la matriz de la música ciudadana por excelencia en los Estados Unidos, rasgo que abre la posibilidad de pensar las culturas populares metropolitanas.
Puede decirse que en la historia de la música y en la historia del pensamiento y la experiencia política es posible encontrar dos líneas maestras en la emergencia de subjetividades afroamericanas.
En ese sentido, este seminario se propone recorrer ciertos momentos, lugares y nombres donde los cruces entre música y política adquieren una relevancia especial para volver pensable estas subjetividades, sus sensibilidades, sus cosmologías, sus proyectos.
Tanto desde la materialidad (y) simbólica de los instrumentos que se van incorporando a la paleta de posible para una música "negra" como desde las coyunturas, estrategias y discursos que interpelan sobre las condiciones y horizontes de existencia de la black community (nombre que ha sido declinado de las más diversas maneras), pasando por las formas de resistencia y/o integración a las estructuras institucionales y comerciales, nos interesa analizar y pensar en torno a esas subjetividades afroamericanas.

viaje a chile

La revista digital Crítica.cl de Chile publicó un articulo que escribí sobre la revista Eco contemporáneo, referencia de prácticas culturales críticas y contracultura en la Argentina de los años '60.

Lo dejo para quien quiera leerlo... saludos!




uno



La fiesta de cumpleaños de quince de mi prima venía bien, pero yo no. Me agobiaba el calor, en pleno junio y en el hemisferio sur.
No era culpa de la gente, no: luego del shock histérico inicial, los presentes se habían ido apaciguando; una expectativa calma se había apoderado del ánimo de la mayoría. Ya no venían a mi mesa a cada minuto a pedirme que les firmara la servilleta, la agenda, la camisa, la corbata, el brazo, la media, el corpiño.
Luego del revoloteo inicial, durante el cual había sido dulcemente sometido a un enésimo ejercicio del autógrafo en mi vida, me había convertido -casi- en uno más. Un primo de la quinceañera agasajada. El que vive en España y le va bien.

No. No era la gente la que me ponía mal. Tampoco el clima, que cumplía con lo esperado para esa época del año.
Era ella. Que no estaba ahí.
Podía sentir su ausencia en mis manos empapadas; en el infierno crepitante que había hecho nido en mi nuca; en los muslos, repositorios desbordados de una energía que me impulsaba a correr. Las leves muecas de malestar en mi cara, mientras arqueaba las plantas de los pies y sentía cómo mis gemelos se acalambraban, eran microexplosiones, sustitutos raquíticos de la tensión interna.
Llovían imágenes suyas en mi memoria, una lluvia sin clinamen, monótona, inmodificable. Los recuerdos se amontonaban detrás de mis ojos y daban el tono a mi mirada. Al observarme más o menos voluntariamente, la gente, mis tíos, la cumpleañera podían creer que yo estaba viendo algo allí, algo de lo que pasaba, algo presente; que mi cabeza se movía respondiendo a los estímulos que la fiesta desparramaba en forma de vestidos, gritos, bailes, cotillón y música de la década de los 80.
Nada de eso.
Yo miraba una ausencia, intimaba con el vacío.
Fue entonces que mi teléfono celular hizo más intensas las vibraciones de mis muslos con una suerte de electroshocks en miniatura.
Dos largas vibraciones del aparato eran traducibles por la recepción de un mensaje de texto. Busqué el teléfono sabiendo que el mensaje era de ella. Y lo era.
Lo abrí y leí: Te extraño mucho!
En ese momento, mi cuerpo se relajó, los muslos se tomaron un respiro. Creo que llegué a sonreír. Pude volver a la fiesta, reconciliarme con el entorno inmediato. Casi participar.
Por un rato, me invadió una alegría que me volvía, no sé, un superhéroe, un inmortal, un ángel. Era imbatible. Atravesaba con una enorme antorcha con forma de mensaje de texto la larga noche del inquieto y huidizo amor.
Di una vuelta por la pista de baile. Incluso ensayé unos pasos con mi prima, quien dirigía una suerte de coreografía ejecutada por unos pocos. Sonaba un tema de Virus, Wadu-wadu. Todos me miraban y reían y yo, generoso, retribuía.
La coreografía se fue extinguiendo -sus participantes se daban a pasos autónomos o abandonaban el baile-; decidí que era momento de dar por terminada mi incursión en la pista. Me fui a sentar a la mesa 14, la misma que el patovica de la puerta me había asignado al llegar. Pocos pasos antes de alcanzar mi silla, me crucé con mi tío: gritándome al oído dijo: "Voy a buscar un champagne, nene. El cuarto, jejeje". Lo palmeé en la espalda, como aprobando o bendiciendo o apiadándome de su borrachera y me senté.
El DJ había elegido El temblor, de Soda Stereo.

De a poco se habían acumulado las ganas de contestar el mensaje: era tiempo de pasar a la acción. Cuando saqué el teléfono del bolsillo del saco, me di cuenta que quería escribirlo en un lugar tranquilo, más silencioso. Más íntimo, en lo posible. A mi alrededor no había nadie, pero yo quería más: quería estar solo. Guardé el teléfono y caminé hacía la salida del salón, suponiendo que en el hall de entrada encontraría algo así.
Me equivoqué.
El patovica de la puerta, al verme sólo, se alegró. La exclusividad que seguro deseaba se había vuelto, sorpresivamente, real. Su cara, brillando, se llenó de golpe de una enorme sonrisa que parecía a punto de desgarrarla. Vestía un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra; portaba un cuerpo de gimnasio apuntalado en anabólicos y cama solar. Su felicidad infantil me enterneció. Era como un gigante bueno, o tonto. Le retribuí la sonrisa, sin decir nada. Esa reciprocidad muda pareció detenerlo, recordándole una distancia que su alegría pugnaba por acortar y que su cuerpo ya empezaba a concretar. Lo gambeteé a puro gesto, malogrando su impulso de venir hacia mí. Inmovilizado, de pie, a un costado de la mesa de roble barnizado que constituía su lugar en la fiesta, siguió sonriendo mientras me veía aferrar el picaporte metálico y abrir la enorme puerta de entrada, para que la calle y su frío se colaran en la fiesta; pero, sobre todo, para que una y otro me regalaran unos segundos -pocos, los necesarios para escribir y enviar un sms- de soledad.
La esquina de Maipú y la avenida Pellegrini estaba desierta. Sólo la alternancia de las luces de los semáforos le imprimía movimiento. De no ser por ellas, habría sido posible confundir el paisaje con una postal.
Hacía mucho frío pero yo estaba cómodo. Había encontrado lo que quería, lo que necesitaba: soledad teléfono mensaje ella.

No había acabado de pasar el rapto de alegría (unas cosquillas en la nuca) que una silueta se recortó en la luminosidad naranja de la esquina de enfrente, del otro lado de la avenida. Le faltaban pocos pasos para bajar a la calle; caminaba resuelta en mi dirección. No estaba lejos pero no alcanzaba a ver sino sus rasgos más genéricos: un adulto humano, macho, bien abrigado. Molesto por lo efímero de mi aislamiento, cansado y resignado a las presencias, busqué el teléfono en el bolsillo del saco, rogando que el caminante no me reconociera.
Cuando alcé la cabeza, la silueta era ya un hombre específico, concreto, único. Cruzaba lentamente el segundo carril de la avenida, con las manos en los bolsillos. Su cuerpo se ocultaba bajo un largo sobretodo verde que asemejaba la ropa militar del ejercito soviético. Unos pantalones grises de paño se asomaban por debajo para terminar descansando sobre unas enormes zapatillas de skater negras y violetas. (Un auto pasó a toda velocidad por Maipú, mientras que el semáforo de Pellegrini obligaba a un ómnibus a detenerse, delatando con un chillido la necesidad de cambiar sus pastillas de frenos).
Mi mirada buscó la suya. En sus anteojos, las luces de Pellegrini se reflejaron inquietas, inmersas en una danza caótica. Por detrás de las lentes, unos ojos relajados, confundibles con el desapasionamiento, se habían fijado sobre mí, sin compromiso, irresponsables. Me llamó la atención su corte de pelo. En la mollera tenía un gran mechón mientras que el resto de la cabeza estaba rapada. Parecía un judío con kippah, sólo que aquí el kippah era orgánico, brotaba del cuerpo.
Tardé unos segundos en reconocerlo. El corte de pelo me había desorientado tanto como los anteojos. Fue a partir de sus ojos y los rasgos de su cara que ese disfraz involuntario cayó y ese personaje hasta entonces ignoto que caminaba por Pellegrini y me miraba sin pasión, se dio un baño de pasado: ¡Era Ezequiel Gatto!
Azorado, no me animé a llamarlo. Entre avergonzado, sorprendido y alegre, lo seguí con la vista hasta que, de pronto, escuché voces que venían del lado opuesto. Me giré: hacia mí corrían unos niños y niñas; detrás de ellos, un adulto avanzaba a paso ligero. Sonó un bocinazo y un auto clavó los frenos justo en la esquina. La ventanilla bajó y la cara sorprendida de un adolescente parecía enmarcada como un retrato. Los niños ya estaban sobre mí, el pibe del auto me señalaba: "¡Es Messi!", gritó. Una de las nenas se abrazó a mi pierna derecha aullando: "¡Lío, Lío!".
Yo volví a girar mi cabeza, buscando a Gatto, a Ezequiel; sentí cómo esta nueva imagen suya, caminando lento por Pellegrini, se instalaba entre aquellas otras más antiguas. Creí que los gritos lo harían girarse, pero nada de eso sucedió. El pibe del auto ya se estaba bajando. De entre la maraña de chicos, brotó una mano con un papel en blanco y una voz dijo: "¿Me firmás un autógrafo, Messi?" Dije: "Sí, dáme el papel". Me senté en el tercer escalón de la entrada al salón. La montonera imberbe invadió por completo mi campo visual. No podía ver otra cosa que fragmentos de brazos, cuerpos, abrigos y cabezas, estaba sumergido en la tibieza de un agrupamiento humano.
Firmé el papel y me puse de pie. Mientras saludaba, comencé a retroceder. El patovica, pendiente, comprendió mi deseo y abrió la puerta. ¡Grande Messi!, gritó el pibe del auto, desde la vereda. Lo saludé con la mano.
Antes de entrar, miré hacia calle San Martín. Gatto seguía su camino.

nietzsche: sobre el uso de la historia


En cinco aspectos me parece que la sobresaturación de historia de una época puede ser peligrosa y hostil a la vida: en primer lugar, tal exceso provoca la oposición entre lo interno y lo externo y debilita así la personalidad; en segundo lugar, hace que una época se imagine que posee la más rara de las virtudes, la justicia, en grado superior a cualquier otra época; por otra parte, perturba los instintos del pueblo e impide que llegue a la madurez, tanto el individuo como el conjunto de la sociedad; implanta, también, la creencia, siempre nociva, en la vejez de la humanidad, la creencia de ser fruto tardío y epígono; finalmente, induce a una época a caer en el peligroso estado de ánimo de la ironía respecto a sí misma y, de ahí, a la acritud todavía más peligrosa del cinismo: y, en esta actitud, una época evoluciona más y más en la dirección de un practicismo calculador y egoísta que paraliza y, finalmente, destruye las fuerzas vitales.

Nietzsche, Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, 1874

humor político

Al leer los escritos de Marcos o del EZLN, el humor resalta como una herramienta central en estas nuevas prácticas políticas. A una subjetividad (militante, o no) educada en la disciplina (escolar, fabril, militar) que un personaje político sea conocido como "Comandante Brus Li" no puede menos que desorientar. Frente a la estatalidad que suspende el humor, el zapatismo responde con ironías. Es decir, que en su estrategia de ser fiel a una lógica no simétrica en su relación con el enemigo, evita constituirse especularmente respecto al Estado. En cambio, utiliza un recurso que, al menos por ahora, la discursividad estatal no ha podido aprovechar. Pero por otra parte, no se trata de pensar que toda risa es revolucionaria o liberadora en sí. El humor de mercado, un humor nihilista, es un buen ejemplo de otro uso del humor y la risa. Un humor que por su voracidad termina impidiendo el pensamiento y la crítica, o siendo destructivamente cínico con ellos. Entre la solemnidad estatal y el chiste ilimitado, el zapatismo ha construido un lugar discursivo donde es posible hacer la revolución riendo.



(una nota que escribí sobre el zapatismo en 2008)

acaba

acaba de pasar

un grupo de 8 personas,

muy parecidas

entre si, todos

arrastrando fuerte las ojotas.

parecían una sub especie

o tribu urbana

pero de otro lado.

inseparables con esa actitud

involuntaria, de no pertenecer,

como de isla de gulliver.


Ja.


beduinos tropicales

inmunes por ingenuos.

Maradona: esa interfase


No.
No es cierto que el gol de Maradona a los ingleses sea el gol que siempre soñamos.
Lo soñamos desde que él lo hizo. Lo cual lo vuelve infinitamente más grande.
Porque Maradona no es la realización de nuestro ideal, sino el ideal mismo. Maradona es el gol
que queremos hacer.
Un ideal que no puede perder de vista su origen intrínsecamente mediático: el relato, la variedad de cámaras, hasta la porosidad misma de la imagen.
Maradona es el gol que queremos hacer tal como queremos que sea visto.





(en agradecimiento a la existencia de: De pies a cabeza. Ensayos sobre fútbol. Librazo).

escribir

La potencia de la escritura, hoy, parece ser la de ligarme a lo que sucede: no una pátina prescindible, una pasión autorreferenciada o un exceso evitable. Al contrario, vincula, cohesiona, algo de lo vivido para volverlo una experiencia. Nunca me resultó tan clara la dimensión estratégica de la escritura.


hemos


Hemos ingresado en una nueva era, la Era Electrónica, donde los credos de un milenio caducan en una generación, y los credos de una generación se anticúan en una década.






revista Contracultura, Argentina, 1970





ginsberg


.We must never underestimate the charm of being human

.I would like to write a poem. Divine Poem in the physical world

.What kind of secret organization of feelings did i go thru today?


.The world is full of strange noise, I turn on music which is the most strange

de la violencia

"Uno descubre rápidamente que la Resistencia Pasiva de Ghandi no es una filosofía no-violenta después de todo. Por el contrario, es una de las filosofías más violentas alguna vez ideada por la mente humana. la diferencia sobre ella consiste en que no se ve el daño que produce y que, mientras el enemigo es arrullado por la ilusión de moralidad e intenciones pacíficas, el arma de destrucción es esgrimida tan invisible y efectivamente que su poder de impacto es, en el plano práctico, catastrófico. Por lo tanto no es acertado decirque Gandhi eliminó la violencia de la Revolución. Lo que hizo fue volverla invisible".



Obi Egbuna, 1968

acorde

"Todo está siempre adelante, todo es gesto inmediato, la palabra siguiente; empalmado con el presente o como sea que se llame esto que me contiene y dentro de lo cual hago montones de cosas que a menudo me sorprenden. Ya sea porque no me creía capaz de hacerlas; o porque al consumarlas, descubro que lo cierto está allí en una sola estructura -lo que siento y lo que pienso, transformado en acto-. algo así como escuchar un piano o encontrarse tocándolo en el mismo increíble instante de la emoción".



Miguel Grinberg

Revista Eco Contemporáneo

1963

Charlie Egg - Superporsición (2009)

Le había dicho a Charlie que tenía ganas de escribir algo sobre su último disco (aunque este sustantivo -disco- ya no tenga mucho sentido: Superposición no es un disco, es una producción musical sin traducción material que se puede bajar desde allá).
Me dijo: Buenísimo, escribíla.



Superposición

PXCD: 075

2009

La cosa empieza hablada: se atraviesa un pasillo inmaterial, repleto de gente dialogando en lenguas diversas; recorremos por dentro los vericuetos de la torre de Babel. Oímos a sus constructores.
Avanzamos unos pasos y las voces comienzan a apagarse; uno de los primeros intrumentos musicales de que dispuso el ser humano va dejan paso a otros, también entre los primeros: los objetos concretos y sus posibilidades sonoras terminan por devorarse sin violencia a las palabras.
Pero aquí no hay tiempo para parir hábitos y entonces todo se va llenando de mediaciones eléctricas: guitarras psicodélicas y espaciales, viajes hacia dentro y hacia arriba, retratos auditivos de un momento histórico bien determinado. Un momento, quizá el último, en que la heroicidad encontró sus acordes. Fue entonces que pudimos ser héroes por una (última) vez.
La electrónica hace su ingreso barriendo aquellas ilusiones. Los arreglos de Charlie Egg (experto colocador de filtros, synthes y ruidos concretos) funcionan aquí como un túnel, un pasaje sonoro que, lentamente y previo paso por sonoridades que hacen pensar en una suerte de minimal technorock, nos van depositando en el ambient. Las notas oscilan, vacilan: "varios niveles de atención en la escucha son alojados sin imponer ninguno en particular" (Brian Eno, 1978).
Y de repente, la dispersión se condensa, el ambient vuelve a dejar paso a presencias específicas. Guitarras y sintetizadores reverberando. Hemos dejado atrás los aeropuertos británicos y/o alemanes: el vuelo aterriza en la Jamaica de King Tubby y Lee Scratch Perry y el lugar está buenísimo para recorrerlo (el dub siempre me hace pensar en un género musical hecho por gente que camina alegre, resignada y melancólica).

Superposición es la combinación de sonidos y géneros donde priman las transiciones delicadas, moduladas a partir de y en conglomeraciones sonoras heterogéneas. Una especie de homenaje a lo múltiple.

(Podrían ser más o menos pero son) cinco huellas de Gomorra


tiempo atrás vi Gomorra...

tiempo después, escribí esto:


1.

Gomorra es una película sin protagonistas principales. Aún si existen cuatro o cinco personajes que recurren en el film, sus vidas están tan atravesadas por las otras vidas que difícilmente se podría decir que eso que se muestra es el centro de una galaxia biográfica. Al contrario, una frondosa población de personajes pulula a lo largo de la narración y, como en un suerte de primer plano formal, adquieren centralidad -una centralidad momentánea- que van a perder momentos más tarde. Si bien la película funciona como una colección de historias, esas historias tienen un hilo conductor, o mejor un momento de articulación que no es necesario, ni posible, presentar. Ese hilo es la mafia, o bien el modo de vida mafioso.

Podría decirse que ese modo de vida es el protagonista principal de la película. A él se subordina la narración y la aparición y desaparición de los diversos personajes. Pero hablar de un modo de vida que se encarna en personajes no tiene mucho sentido (o, al contrario, quizá tiene demasiado sentido); por ello, no queda sino sostener que el protagonista principal de este film es un vacío que parece ser tarea del espectador poblar con lecturas e interpretaciones. Construir al protagonista, esa parece ser la propuesta formal de Gomorra.

2.

La población de personajes que pulula en el film va de niños a ancianos, madres, putas y novias; empresarios, pinches, oscuros contadores, desocupados. Todos habitantes de una zona de Napoli, todos vinculados a la mafia, todos atravesados por ella. Vinculados y atravesados, dentro y fuera, produciendo y reproduciendo, construyendo y padeciendo eso que se insinúa, las mafias (la camorra, los senegales, la china; Napoli ya no es sitio exclusivo de la mafia napolitana).

Para ser más precisos, la mafia no sólo se insinúa en Gomorra: está allí y ocupa toda la pantalla, todas las escenas. Es su exposición obscena. Pero esa exposición recorre reticularmente la mafia, y apenas si toca algunos escalones medios de su estructura jerárquica. Y en ese sentido, si cabe la comparación con El Padrino es sólo a condición de diferenciarlas. El Padrino era la biografía colectiva de la cúspide del edificio mafioso (en ese caso, siciliano); quizá solidario de una narración organizada por "grandes hombres", Coppola escribió la historia de los hombres que tomaban las decisiones (y allí, por lo tanto, sí que había personaje principal -el apellido, el Padrino, la familia), una historia cortesana. Gomorra, en este sentido, es una contrahistoria, es una historia reticular donde habla y vive el populacho, donde no está claro quien manda y quién es mandado, una historia plebeya.


3.

Sin protagonista, sin gran hombre, es casi obvio que Gomorra no tenga héroe (o su reverso, villano). Profundamente áspera y despojada, en Gomorra hay acción, pero no hay aventuras. Hay una cosa tal sucediendo, pero sucede en un registro explícitamente pensado para destruir cualquier atisbo épico, incluso el registro emotivo es intermitente. A diferencia de lo que ocurre con dos parientes temáticos de Gomorra -Ciudad de Dios y Ciudad de los hombres- aquí la heroicidad o la villanía están desterradas. No hay siquiera empatía posible: es una película que dificulta la identificación con algún personaje, unos de esos gestos más o menos automáticos que se realizan cuando uno ve una película con estructura narrativa. Incluso muchos de ellos se parecen entre sí. La multiplicidad de personajes, entonces, se compone con el rasgo común de la ausencia de épica, y produce una película antipática, gris. Una película que no ofrece a ninguno de sus personajes (para desesperación, quizá, del espectador) una vía de salida a sus situaciones, que parece bañada en un halo de predestinaciones, de trayectos inevitables, trágicos.

4.

La última imagen sintetiza y simboliza el tono del film. Si uno piensa que la película es italiana y, por una obvia asociación, recuerda al gran Fellini, esa escena tiene una carga poética terrible: una pala mecánica llevándose los cuerpos sin vida -tibios aún- de dos jóvenes baleados. Un shock visual. La operación es válida y, sin embargo, queda la sensación que esa traducción no es fiel al registro que propone Gomorra. Traer a Fellini, meter a Fellini en todo esto, es correcto desde lo visual, pero falso desde lo estético. Es decir, desde la lógica sensible propia del film. Desde allí, la última imagen debe ser vista en su banalidad absoluta, con el patetismo y la materialidad bruta de una pala mecánica. Hubo dos muertos, es preciso quitarlos del medio. Mafiosamente, es decir de forma rápida, limpia y desapasionada.

5.

La muerte, por supuesto, recorre el film. Se presenta con formas diversas. Pero, nuevamente, todas sus formas se encuentran subordinadas a la lógica mafiosa. ¿Qué quiere decir esto? Que todas las muertes, en Gomorra, son muertes por negocios. Por el poder territorial, político y económico de hacer negocios. Algunos técnicamente legales, otros no. No tiene importancia, porque también la ley, como la muerte, está subordinada a la lógica del negocio. En ese universo mafioso la práctica de hacer negocios redituables se convierte en el gran traductor del resto de las prácticas; una descomunal intrumentalización generalizada que desconoce o destruye toda otra valoración posible. (La escena del matrimonio cuyo esposo se haya agonizando en la cama es muy clara. El hombre está muriendo, tose incesamente, revelando una enfermedad respiratoria o algo similar, mientras su mujer y su hijo -sentados junto a él en la cama- y él mismo discuten con un emisario de la mafia el precio de un terreno que debe ser usado para desechar material tóxico). En esta Gomorra, Dios no tiene chances de castigar o revertir la situación. Esta Gomorra está narrada por sus habitantes, en tiempo real, no es la historia ejemplar de un Dios justo y poderoso. Es la Gomorra de los hombres.


david enrique santos discépolo hume


sujeto en lo dado: sujeto enlodado


siete cuentos de Pirandello. Siete: La casa de la agonía


siamo giunti alla fine...













La casa de la agonía

Al entrar, el visitante dijo su nombre pero la vieja sirvienta negra -una mona con delantal- que había abierto la puerta, o no había entendido o lo había olvidado. Por esa razón, desde hacía ya tres cuartos de hora él era, para toda aquella casa silenciosa, alguien sin nombre, "un señor que espera allí". "Allí" significaba en el salón.
En la casa, aparte de la negra -que con seguridad había regresado enseguida a la cocina, no había nadie. El silencio era tal que el tic-tac lento de un antiguo reloj de péndulo, ubicado tal vez en el comedor, se oía pronunciadamente en el resto de las habitaciones, como si fuera el latido del corazón de la casa. Los muebles de cada uno de los cuartos, incluso de los más alejados, gastados pero en buen estado, con algo de rídiculos debido a sus diseños ya pasados de moda, daban la sensación de escuchar el tic-tac del reloj de péndulo, seguros de que nada nunca ocurriría en esa casa y que ellos permanecerían por siempre así, inútiles, admirándose o apiadándose mutuamente; o mejor todavía, pasarían su tiempo dormitando. Los muebles también tienen almas, especialmente los viejos; aquellas provienen de los recuerdos de la casa donde han estado por tanto tiempo. Para corroborar dicha existencia, basta con que un mueble nuevo sea introducido entre ellos. Un mueble nuevo aún no posee alma, pero por el hecho mismo de haber sido elegido y comprado, tiene ya un imperioso deseo de poseerla. En esa situación, se puede observar cómo inmediatamente los viejos muebles lo miran mal: lo consideran una especie de intruso pretencioso, todavía ignorante e incapaz de decir algo, lleno de quien sabe qué tipo de ilusiones. Los otros, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna ilusión, por eso están tan tristes: saben que con el tiempo los recuerdos comienzan a desvanecerse y con ellos se va el alma, que poco a poco ira debilitándose. Una vez cumplido esto, permanecen allí, descoloridos si son de tela, oscurecidos si son de madera, absolutamente callados también ellos. Si se da el caso, desgraciado, que algún recuerdo desagradable persista, corren el riesgo de terminar en la basura. Ese viejo sillón que está allí, por ejemplo, experimenta un auténtico tormento al ver el polvo que producen las polillas y que se acumula en una infinidad de montoncitos sobre la tabla de la mesita que está delante suyo, y a la cual aprecia mucho. Él es conciente de ser muy pesado, sabe de la debilidad de sus patas, especialmente de las traseras; tiene temor de ser agarrado por detrás -ojala esto no suceda nunca- arrastrado y desplazado; con esa mesita delante se siente más seguro, al reparo. No querría que las polillas, afeándolo con todos esos groseros montoncitos de polvo sobre la tabla, terminaran provocando su transporte hasta el altillo.

Todas estas consideraciones y observaciones eran realizadas por el anónimo visitante olvidado en el salón. Casi absorbido por el silencio de la casa, habiendo ya perdido su nombre, daba la impresión de haber perdido también su condición de persona, convirtiéndose en uno de esos muebles en los que tanto había pensado, atento escuchar el tic-tac lento del reloj de péndulo que sonaba pronunciadamente, llegando hasta el salón a través de una puerta semiabierta.
De cuerpo pequeño, el visitante casi desaparecía en el gran sillón oscuro de terciopelo violeta sobre el cual se había sentado. Desaparecía, también, bajo las ropas que llevaba. Los bracitos, las manitas casi había que buscarlas bajo las mangas y los pantalones. Era sólo una cabeza calva, dos ojos estirados y dos bigotitos de ratón.
Evidentemente, el dueño de casa había olvidado la invitación de encontrarse que le había hecho. Más de una vez desde que había llegado, el hombrecito se preguntaba si era todavía su derecho permanecer allí sentado, esperándolo, traspasado ya todo límite de tolerancia respecto a la hora acordada. Pero él ya no esperaba al dueño de casa. Más aún, si éste hubiera aparecido, el hombrecito habría experimentado una sensación desagradable. Allí, tendiendo a confundirse con el sillón donde estaba sentado, con sus ojos estirados fijos y una angustia que crecía a cada instante, el visitante esperaba otra cosa, mucho más terrible: un grito que viniera desde la calle, y que le anunciara la muerte de alguien, de un transeúnte cualquiera que pasara por debajo de la ventana de aquel salón de un quinto piso; la muerte de uno de los muchos que caminaban por la calle en ese momento -hombres, mujeres, jóvenes, viejos, niños- produciendo ese murmullo confuso que llegaba a sus oídos. Y todo esto porque un gran gato pardo había entrado al salón sin notar su presencia, pasando por el espacio vacío que dejaba la puerta semicerrada, y de un salto se había subido al alféizar de la ventana abierta.
De todos los animales, el gato es el que menos ruidos hace; no podía faltar en una casa como esta, llena de silencio.
Contra el rectángulo azulado de la ventana se recortaba un vaso con geranios rojos. El azul, antes vívido y ardiente, poco a poco había declinado hacia un violeta, como si la noche -que tardaba en llegar- hubiera echado un soplo de sombras sobre él. Las gaviotas que daban vueltas en bandadas, parecían haber enloquecido a causa de aquella última luz del día y cada tanto lanzaban agudísimos chillidos y se lanzaban violentamente contra la ventana como si quisieran entrar al salón; pero enseguida, ni bien apoyaban sus patas en el alféizar, volvían a levantar vuelo. Pero no todas. Primero una, luego otra, cada tanto, se metían debajo del alféizar. No se llegaba a entender cómo ni tampoco por qué.
Por curiosidad, antes de que el gato entrase, él se había acercado a la ventana, había corrido apenas un poco el vaso de geranios y se había asomado, tratando de encontrar una explicación. Y la había encontrado: un pareja de gaviotas había hecho su nido justo debajo del alféizar de aquella ventana.
Ahora bien, lo terrible de la situación era que nadie de los que continuamente pasaban por la calle, absortos en sus cuestiones y sus tareas, podía ponerse a pensar en un nido que colgaba debajo del alféizar de un ventana de un quinto piso de una de las tantas casas que había en esa calle; ni tampoco en un vaso de geranios rojos puesto sobre ese alféizar, ni mucho menos en un gato que intentaba cazar a las dos gaviotas del nido. Y menos todavía podía pensar en la gente que iba y venía por la calle debajo de la ventana el gato, que ahora, agazapado detrás del vaso, movía apenas la cabeza, siguiendo con los ojos perdidos en el cielo el vuelo de aquellas bandadas de gaviotas que, pasando por frente a la ventana, chillaban ebrias de aire y de luz. Al paso de cada bandada, agitaba apenas la punta de la cola que le colgaba, listo para atrapar con las uñas a la primer gaviota que intentara meterse en el nido.
Él, y solamente él, sabía que ese vaso rojo con geranios, al ser golpeado por el gato, se precipitaría hacia la calle y terminaría su caída en la cabeza de alguien. El vaso ya se había corrido de lugar dos veces debido a los movimientos impacientes del gato; ya estaba casi sobre el borde del alféizar. El hombre respiraba con dificultad y tenía la cabeza cubierta de gotas de sudor como perlas. Le resultaba tan insoportable la ansiedad de aquella espera que hasta llegó a pensar -diabólicamente- ir él mismo, en silencio y agachado, con un dedo extendido, hasta la ventana, y darle el último empujón al vaso, sin esperar a que lo hiciera el gato. Por lo demás, el siguiente golpe, por más leve que fuera, consumaría el hecho. No había nada por hacer.

Al haber sido reducido por el silencio de la casa, él ya no era nadie. Era el silencio mismo, medido por el tic-tac del reloj de péndulo. Él era esos muebles, testigos mudos e impasibles de la desgracia que estaba a punto de suceder allá abajo, en la calle, y de la cual ellos aquí arriba no se habrían enterado jamás. Sólo el la conocía, y de casualidad. Hacía ya un buen rato que no debía estar ahí. Podía hacer de cuenta, entonces, que en el salón no había nadie, y que el sillón al cual estaba como atado por la fascinación de la fatalidad que pendía -allí, en el borde del alféizar- sobre la cabeza de un completo desconocido, se encontraba desocupado. Era inútil que él modificará esa fatalidad: la combinación natural del gato con el vaso de los geranios rojos y el nido de las gaviotas. El vaso estaba allí, precisamente, para ser expuesto en la ventana. Si él lo hubiera movido para impedir la desgracia, habría cumplido su objetivo sólo por hoy; mañana, la vieja sirvienta negra habría colocado nuevamente el vaso sobre el alféizar: justamente porque el alféizar era el lugar de ese vaso. Y el gato, espantado hoy, volvería también mañana a sus intentos de atrapar a alguna de aquellas gaviotas.
Era inevitable.
El vaso había sido empujado todavía un poco más allá: ya estaba casi un dedo por fuera del borde del alféizar.
Él no pudo soportarlo más y huyó. Bajando por la escalera tuvo una idea fugaz: llegaría a la salida justo a tiempo para recibir sobre su cabeza el vaso de geranios que precisamente en ese momento comenzaba a caer desde la ventana.