siete cuentos de Pirandello. Cinco: El viaje

vado avanti con las traducciones, saludos!

El viaje

Hacia ya trece años que Adriana Braggi no salía de la antigua casa, silenciosa como una abadía, donde había entrado como esposa siendo todavía muy joven. Ya ni siquiera detrás de las ventanas la veían los escasos transeúntes que cada tanto subían por esa calle en pendiente algo abrupta; una calle tan solitaria que la hierba crecía entre las piedras. A los veintidós años, tan sólo cuatro años después de su matrimonio, con la muerte del esposo casi había muerto ella también. Ahora tenía treinta y cinco y, como el primer día de la desgracia, vestía de negro; un pañuelo negro, de seda, escondía sus hermosos cabellos ya no tan cuidados, apenas divididos en dos partes anudadas en la nuca. Sin embargo, una serenidad melancólica y dulce sonreía en su rostro pálido y delicado.

Nadie se sorprendía de esta clausura en aquel pequeño pueblo del interior de Sicilia, donde las rígidas costumbres por muy poco no obligaban a la esposa a acompañar a su marido a la tumba. Las viudas debían permanecer encerradas, en luto perpetuo, hasta la muerte. [...] Llegando donde las callecitas terminaban, la visión de la extensión ondulante de las tierras ardientes por el azufre acongojaba. En todas las casas, incluidas las pocas que eran señoriales, faltaba el agua; en los amplios patios y en los comienzos de las calles había viejas cisternas a merced del cielo: pero hasta en invierno llovía poco; [...]

Los hombres, quién más quién menos, hallaban en las vicisitudes de los asuntos cotidianos, en la lucha de los partidos locales, en el Café o en las Casas de compañía por la noche, formas de distraerse. Pero las mujeres, sobre las cuales desde la infancia se había trabajado para esterilizarlas de cualquier rasgos instintivo de vanidad, casadas no por amor, luego de haber llevado adelante las mismas tareas serviles de siempre, languidecían míseramente con un niño en el regazo o con el rosario en la mano, esperando que el hombre, el dueño, regresara a casa.

Adriana Braggi no había amado en absoluto al marido. De constitución débil y en continua agitación a causa de su precaria salud, ese marido la había oprimido y torturado durante cuatro años, celoso hasta de su hermano mayor, al cual, al haberse casado con ella, era conciente de haber inflingido una terrible injusticia, una auténtica traición. En aquel pueblo todavía se acostumbraba que, de todos los hijos hombres de una familia rica, solamente el mayor debía casarse, para que los bienes del linaje no se desparramaran entre muchos herederos.

Cesare Braggi, el hermano mayor, no había manifestado jamás algún malestar por aquélla traición. Tal vez porque el padre, que murió poco antes de la boda, había dispuesto que el jefe de la familia fuera él y que el segundogénito recién casado le debiera obediencia absoluta.

Al hacer su ingreso en la antigua casa de los Braggi, Adriana había experimentado una cierta humillación al saberse tan ligada al cuñado. Su condición era doblemente penosa e irritante desde el momento en que su propio marido, preso de la furia de los celos, le había dado a entender que Cesare había especulado en algún momento con tomarla en matrimonio. Ya no supo qué hacer para controlarse frente a su cuñado, y la vergüenza se había incrementado tanto más cuanto menos el cuñado le había hecho sentir la potestad que poseía sobre ella. Al contrario, había sido acogida desde el primer día con franca simpatía y tratada como una verdadera hermana. El cuñado era un hombre de finos modales; en el hablar, en el vestir y en todos los demás rasgos era poseedor de una exquisita señorialidad natural que ni el contacto con la ruda gente del pueblo, ni los asuntos a los que se dedicaba, ni la inclinación a una pereza relajada que la mísera y vacía vida provinciana inducía durante varios meses al año, habían podido ya no embrutecer, sino ni siquiera alterar.


Cada año, por varios días, a veces más de un mes, el cuñado se alejaba de la ciudad y de sus asuntos. Iba a Palermo, a Napoli, a Roma, a Firenze, a Milano a zambullirse en la vida, a tomar –como él mismo decía- un baño de civilización. Volvía de aquellos viajes con el cuerpo y el alma rejuvenecidos. Adriana, que nunca había dado un paso fuera del pueblo natal, al verlo entrar de esa manera en la gran casa antigua, donde el tiempo parecía estancado en un silencio mortuorio, probaba cada vez una secreta e indefinible turbación. El cuñado parecía emanar el aire de un mundo que ella no alcanzaba a imaginar. La turbación aumentaba al oír las estridentes carcajadas de su marido al escuchar la narración de las sabrosas aventuras de su hermano; y por la noche se convertía en asco y desprecio, cuando el esposo iba a buscarla a la habitación, en llamas, sobreexcitado, puro deseo. El asco y el desprecio eran por el marido, tanto más intenso cuanto más percibía el respeto reverencial que su cuñado le dedicaba a ella.

Al morir el marido, Adriana experimentó una angustia espantosa frente a la idea de quedar sola con él en la casa. Tenía a sus dos pequeñitos nacidos durante esos cuatro años. Pero madre y todo, no había logrado superar, en la relación con su cuñado, la timidez propia de una niña. Esta timidez nunca antes se había convertido en causa de retraimiento. Pero ahora sí, y culpaba a su marido celoso, que la había oprimido con los modos más desconfiados y desleales de la vigilancia.

Cesare Braggi, con exquisita premura, había invitado a la madre de ella a venir a vivir junto a su hijita viuda. De esa manera, poco a poco, Adriana, liberada entonces de la insoportable tiranía del marido y con la compañía de su madre, había podido, si no alcanzar la paz absoluta, al menos tranquilizar su espíritu. Se había entregado completamente al cuidado de sus hijitos, prodigándoles el amor que no había encontrado manera de expresarse en el desgraciado matrimonio.

Como en el pasado, Cesare continuó haciendo sus viajes de un mes por el Continente, trayendo regalos para ella, para la abuela y para los sobrinitos, a quienes les había destinado las más delicadas atenciones paternas. La casa, sin la presencia masculina, inspiraba temor a las mujeres, especialmente por la noche. Los días en que él se ausentaba a Adriana sentía que el silencio, vuelto entonces más profundo y oscuro, tenía suspendido sobre la casa un terrible desastre ignorado. Y con un terror infinito escuchaba el crujir de la polea de la antigua cisterna que estaba al comienzo de la calle, cuando el viento sacudía la soga. ¿Pero podía acaso, por consideración hacia aquellas dos mujeres y aquellos dos niños que en el fondo no le pertenecían, privarse Cesare de la única distracción a la que se entregaba luego de un año de trabajo y aburrimiento? Habría podido no preocuparse en lo más mínimo por ellos, hacer su vida, libre ya que el hermano con sus actos le había impedido formar una familia; en cambio -¿cómo no reconocerlo?- dejando aparte aquellas breves vacaciones, se dedicaba de lleno a la casa y a los sobrinitos huérfanos.

Con el tiempo, la amargura había abandonado completamente el corazón de Adriana. Los pequeños crecían y ella era feliz de que lo hicieran bajo la guía del tío. Su abnegación era absoluta, tanto que se sorprendía si el cuñado o los hijos se oponían a algún gesto sobreprotector suyo. Sentía que nunca hacia lo suficiente. ¿En qué pensar, sino en ellos? Había sido muy dolorosa para ella la muerte de la madre: notaba su ausencia. Hacía ya tiempo que se dirigía a ella como si fuera una hermana; sin embargo, con la madre a su lado, podía pensarse a sí misma joven, como era de hecho. Desaparecida su madre, y madre ella de dos hijos devenidos ya jovencitos de catorce y dieciséis años altos como el tío, comenzó a sentirse y considerarse vieja.

Así se encontraba la primera vez que percibió un leve malestar, un cansancio. Sintió presión en un hombro y en el pecho; un dolor sordo invadía a veces su brazo izquierdo, cada tanto se volvía una punzada que le quitaba la respiración. No profirió queja alguna. Quizá nadie nunca se hubiera enterado de no ser porque un día, sentados a la mesa, fue asaltada por uno de esos violentos espasmos imprevistos. Llamaron al viejo médico de la familia, quién quedó consternado al informarse de los síntomas. Y aún más se sobresaltó luego de examinar cuidadosamente a la enferma: el problema estaba en la pleura. ¿Pero en qué consistía? El viejo médico, ayudado por un colega, probó primero con una punción pleural, sin obtener éxito. Luego, notando un cierto endurecimiento de la zona escapular, aconsejó al señor Braggi trasladar inmediatamente a su cuñada a Palermo. Dio a entender que temía que fuera un tumor, tal vez incurable.


No fue posible partir enseguida. Adriana, luego de trece años de encierro y aislamiento, estaba totalmente desprovista de vestidos aptos para aparecer en público y para viajar. Fue necesario escribir a Palermo para resolver el problema a la brevedad.

Adriana trató de oponerse de todas las maneras, asegurando al cuñado y a sus hijos que no se sentía tan mal. ¿Un viaje? Se estremecía de solo pensarlo. Además, coincidiría con el momento en que Cesare habitualmente partía hacia a sus vacaciones de un mes. Yendo con él le habría quitado su libertad y cualquier tipo de placer. No podía aceptar eso, bajo ninguna circunstancia. Y además ¿quién cuidaría de los niños? ¿quién se ocuparía de la casa? Anteponía todos estos obstáculos, pero el cuñado y los hijos derrumbaban cada uno de ellos a base de carcajadas. Se obstinaba en decir que el viaje empeoraría su salud. ¡Dios mío!, si ni siquiera sabía cómo eran las calles. ¡No habría sabido moverse ni un centímetro! ¡Por favor, por favor, que la dejaran en paz!

Cuando desde Palermo llegaron los vestidos y los sombreros, para los hijos fue una fiesta. Entraron gritando a la habitación de la madre, con las enormes cajas envueltas en hule en sus brazos. ¡Tenía que probárselos ahora mismo! Querían ver linda a su mamita, como nunca la habían visto. Y tanto insistieron, tanto hicieron, que debió ceder a sus deseos. Eran vestidos negros, también ellos de luto, pero finísimos y elaborados con maravillosa maestría. [...] Desde detrás de la puerta, mientras tanto, los hijitos la acosaban: “¿Estás lista mamá? ¿Te falta mucho todavía?” ¡Como si la madre estuviera preparándose para una fiesta! No pensaban en las razones por las cuales esos vestidos habían llegado hasta ahí; a decir verdad, tampoco ella pensaba en eso ahora.

Cuando, aturdida, acalorada, alzó la vista y se miró en el espejo del armario, experimentó una sensación violentísima, casi vergonzosa. Ese vestido, dibujándole con impúdica elegancia las caderas y los senos, le daba la figura y el aire de una jovencita. Se sentía vieja desde hacía un tiempo: se descubrió, de repente, en ese espejo, joven y hermosa. ¡Otra persona! “¡No! ¡No! ¡Imposible!”, gritó, girando el cuello y levantando una mano para sustraerse de aquella visión. Los hijos, al escuchar la exclamación, comenzaron a golpear con más fuerza la puerta; trataban de empujar con las manos y los pies, le gritaban que abriese, que la querían ver. ¡No! ¡Ni hablar! Se avergonzaba. ¡Era una caricatura! No, no. Pero los hijos amenazaron con tirar abajo la puerta. Entonces, abrió. Los niños también quedaron deslumbrados antes esa transformación imprevista. La mamá trataba de protegerse de sus miradas repitiendo “¡No! ¡Déjenme sola, es imposible! ¿Están locos?” En ese preciso momento, llegó el cuñado. ¡Qué terror! Intentó escapar, esconderse, como si la hubiera sorprendido desnuda. Pero lo hijos la sujetaron y se la mostraron al tío, que reía de su vergüenza. “¡Pero si te queda realmente bien!”, dijo él finalmente, recuperando la seriedad. “Dale, deja que te mire”. Trató de levantar la cabeza. “Parezco disfrazada...” “¡Pero no! ¿Por qué? En realidad, te queda muy bien. Giráte un poco... así, de costado”. Obedeció, intentó aparentar calma; pero el seno, contorneado por el vestido, se le levantaba con cada respiro, traduciendo la agitación interior causada por ese examen atento y tranquilo que él, experto conocedor, estaba llevando adelante. “Está muy bien. ¿Y los sombreros?” “¡Parecen canastas!”, exclamó Adriana, casi espantada. “Sí, cierto, los usan enormes”. “¿Cómo voy a hacer para calzármelo en la cabeza? Voy a tener que peinarme de otra manera”. Cesare volvió a mirarla, tranquilo, sonriente; dijo: “¡Pero sí!, tenés tantos sombreros...” “¡Sí, sí! ¡Bien, mamita! ¡Peináte enseguida!, aprobaron los niños. Adriana sonrió tristemente: “¿Ven lo que me hacen hacer?”, dijo, dirigiéndose también al cuñado.

La partida fue establecida para la mañana siguiente.


¡A solas con él! Lo estaba acompañando en uno de aquellos viajes en los cuales, tiempo atrás, pensaba perturbada. Un único temor la invadía: que él, dedicándole su atención, tranquilo como siempre, la viera asustada. Frente a aquella tranquilidad tan natural, se habría sonrojado a causa de lo injustificado de su temor si no fuera porque, con una ficción concientemente construida, precisamente para evitar la vergüenza y darse confianza a sí misma, le había buscado otra razones: la novedad misma del viaje, la enorme cantidad de sensaciones y percepciones extrañas, hasta ahora, a su alma cerrada y esquiva. Atribuía el esfuerzo realizado (el cual, así interpretado, no habría tenido nada de reprobable) a la conveniencia de no dejarse ver maravillada por las nuevas cosas de frente a alguien que, luego de tantos años de experiencia y dueño de sí, habría podido sentirse fastidiado. Se habría visto ridícula, además, a su edad, con esa curiosidad casi infantil que le quemaba los ojos. [...]

Viajaba en tren por primera vez. A cada instante, con cada giro de las ruedas, tenía la sensación de estar internándose en un mundo desconocido que, de improviso, se creaba en su espíritu con imágenes que aunque estuvieran cerca le parecían lejanas y le daban, junto al placer de mirarlas, una sensación de pena sutil e indefinible: la pena de que todo aquello existiera desde siempre mas allá y fuera de su vida y hasta de su imaginación. La pena de ser una extranjera entre aquellas impresiones, de estar de paso; la pena de saber que sin ella habrían continuado viviendo sus propias existencias. [...] Al volver la vista se encontraba a veces con la mirada y la sonrisa del cuñado que le preguntaba: “¿Cómo te sentís?” Ella respondía haciendo un señal con la cabeza: “Bien”. [...]

Al día siguiente, en Palermo, bajando de la casa del médico clínico luego de una larga visita, comprendió todo gracias al esfuerzo que hacía el cuñado para esconder su consternación, al tono preocupado con el cual éste había pedido que le explicaran, por segunda vez, la forma de administrar la medicina y al tono de la respuesta del médico. Comprendió que éste había declarado su sentencia de muerte, y que aquella mezcla de venenos en gota, a tomar dos veces al día antes de las comidas, no era otra cosa que un engaño piadoso, un viático para su lenta agonía. Salió, todavía un poco aturdida y disgustada por el difuso olor a éter que había en la casa del médico. Emergió desde las sombras de la escalera y llegó a la calle iluminada por el sol del atardecer; un cielo en llamas que del lado del mar parecía lanzar un inmenso nubarrón resplandeciente sobre la avenida larguísima. Y vio, entre los vehículos inmersos en ese resplandor dorado, la multitud hormigueante con sus rostros y ropajes salpicados de reflejos purpúreos, los distintos resplandores de las luces, los reflejos coloreados como si fueran piedras preciosas, de las vidrieras, de los carteles, de los espejos de los comercios. ¡La vida, la vida! ¡La pura vida! Sintió cómo su alma se desordenaba a causa de la conmoción de sus sentidos, envueltos en una embriaguez casi divina. No pudo experimentar ni la menor angustia, ni el más efímero pensamiento sobre su muerte próxima e inevitable, que ya la habitaba, acurrucada bajo el omóplato izquierdo, donde cada vez eran más agudas las puntadas. ¡No, no! ¡La vida, la vida! Y aquella conmoción interna que le sacudía el espíritu presionaba su garganta, donde algo, algo como una pena antigua instalada en lo más hondo de su ser había quedado atragantado. Entre tanta alegría, lloraba. “Nada... no es nada...”, dijo al cuñado con una sonrisa que las lágrimas en los ojos hicieron más luminosa. “Creo estar... no sé... Vamos, vamos...” “¿Al hotel?” “No... no...” “Entonces vamos a cenar al Chalet a mare, al Foro itálico ¿querés?” “Sí, donde quieras”. “Perfecto ¡Vamos! Después de cenar vamos a ver el paseo del Foro, a escuchar música...” Se subieron a un coche y fueron al encuentro de aquel nubarrón resplandeciente y enceguecedor.


¡Ah, qué increíble velada fue aquella para Adriana! En el Chalet a mare, bajo la luna, con la vista del Foro iluminado y recorrido por un estruendo continuo de coches centelleantes, el olor de las algas que venía del mar, el perfume de los azahares llegando desde los jardines. Estaba desorientada, como en un encanto sobrehumano, al cual una cierta angustia le impedía abandonarse completamente. La angustia disparada por la duda que no fuera real todo cuanto estaba viendo. Se sentía alejada, alejada de sí misma, sin memoria ni conciencia ni pensamiento; en una infinita lejanía soñada. [...] Sin querer, se giró a mirar al cuñado, y le sonrió, por gratitud. Pero enseguida, esa sonrisa le despertó una profunda ternura por sí misma, condenada a morir. ¡Justo ahora, que se asomaban frente a sus ojos estupefactos tantas maravillas! Una vida que hubiera podido ser la de ella, como lo era para todas las criaturas que vivían allí. Y pensó que tal vez había sido una crueldad llevarla de viaje. [...] Propuso al cuñado que regresaran ese mismo día. Quería volver a casa, liberarlo luego de esos cuatro días sustraídos a sus vacaciones. Él habría perdido un día más en acompañarla, pero luego podría retomar su camino anual por países lejanos, situados más allá de ese mar azul oscuro. Podría ir sin miedo, ella de seguro no moriría durante ese mes. No le dijo todo esto, sólo lo pensó. Le rogó por favor que la acompañara al pueblo. “No. ¿Por qué?”, le respondió él. “Ya que llegamos hasta acá, ahora venís a Napoli conmigo. Para mayor seguridad, consultaremos a otro médico”. “No, Cesare. No. Por favor. Déjame volver a casa. ¡Es inútil!” “¿Por qué? En absoluto. Va a ser mejor. Para mayor seguridad”. “¿No es suficiente con lo que nos hemos enterado aquí? No tengo nada, me siento bien ¿ves? Haré el tratamiento. Con eso alcanzará”. Él la miro seriamente y dijo: “Adriana, quiero hacerlo de este modo”. Ella ya no pudo replicar. Vio en sí misma a la típica mujer de su pueblo: esa que no debe oponerse a lo que el hombre considera justo y conveniente. Pensó que él tal vez quisiera para sí la tranquilidad de no haberse conformado con una sola consulta, la tranquilidad de escuchar a la gente del pueblo, luego de la muerte de ella, decir: “Él hizo de todo para salvarla. La llevó a Palermo, hasta Napoli la llevó...” ¿O realmente tenía la esperanza de que algún buen médico de un sitio más lejano dictaminara que su mal era curable? ¿Esperanzas en que descubriera un remedio para salvarla? O quizá... y esto era lo más creíble, sabiendo que lo suyo no tenía solución, él quería aprovechar este viaje con ella y proveerle una última y extraordinaria distracción, algo con que compensar la crueldad de la suerte. Pero ella estaba aterrada, aterrada de tener que atravesar todo ese mar. Era suficiente mirarlo y pensar en ello para que se le cortara la respiración, como si tuviera que cruzarlo a nado. “A esta altura del año, ni te vas a enterar que estás navegando. ¿Ves que tranquilo está? Además vas a conocer el barco de vapor... No te va a pasar nada”. ¿Acaso podía confesarle el oscuro presentimiento que la angustiaba frente a la visión de ese mar? Pensaba que si partía de viaje, si se despegaba de la costa de la isla –que ya le parecía tan alejada de su pueblo, y tan nueva- donde había experimentado una confusión tan extraña e intensa, y se aventuraba con él, desorientada, en el tremendo y misterioso más allá de ese mar, ya no habría regresado a su hogar, ya no habría surcado esas aguas en sentido contrario. Ya no lo haría sino muerta. No podía confesar este presentimiento ni siquiera a ella misma; y creía realmente en lo horroroso del mar, por la única razón de que no lo había visto nunca antes ni de lejos. Y, ahora ¿tendría que estar sobre él...?

Se embarcaron esa misma noche hacia Napoli. [...] Él sonrió frente a ese temor y la invitó a ponerse de pie. Luego, con una intimidad que hasta ahora no se había permitido, cruzó su brazo con el de ella, para sostenerla. La condujo a ver desde la cubierta los poderosos y brillantes pistones de acero que movían las hélices. Pero ella, aturdida por ese contacto insólito, no pudo resistir a ese paisaje ni al aire tibio, un tufo grasoso producto de la vaporización: se mareó y estuvo por apoyar la cabeza sobre el hombro de él. Se contuvo enseguida, casi aterrada por el deseo instintivo de abandono al cual había estado a punto de ceder. Él, solícito, le preguntó: “¿Te sentís mal?”. Con la cabeza, sin poder hablar, ella le respondió no.

Caminaron así, tomados del brazo, hasta la popa para mirar la larga estela ardiente y fosforescente sobre el mar ennegrecido por el cielo empolvado de estrellas hacia el cual el enorme tubo de la chimenea exhalaba continuamente el humo denso y lento, incandescente por el calor de la máquina. Para completar el encanto, apareció la luna. Primero, entre los vapores del horizonte, como una lúgubre máscara de fuego que se asoma amenazante a espiar en silencio sus dominios acuáticos. Luego, aclarándose poco a poco, delineándose precisa con su níveo fulgor, se extendió en el mar como un temblor argento sin fin. Y entonces, Adriana sintió crecer como nunca la angustia y el espanto que le producía ese deseo, que la envolvía y la arrastraba, de esconder, exhausta, su rostro en el pecho de él.

Sucedió en Napoli, a la salida de un café-concert donde habían cenado y pasado la velada. En sus viajes anuales, al salir por la noche de ese tipo de lugares, Cesare lo hacía usualmente con una mujer del brazo. Al ofrecérselo a ella ahora, percibió de repente bajo el gran sombrero negro con plumas el brillo de una mirada encendida. Inmediatamente, casi sin proponérselo, con un tirón apretó ambos brazos contra su pecho. Fue suficiente. El incendio se desató. Ahí, en la oscuridad, en el coche que los llevaba de vuelta al hotel, enlazados, con las bocas insaciables, una sobre otra, se dijeron todo. En pocos momentos, todo lo que él, en un instante, un relámpago, ante el brillo de aquella mirada, había adivinado: la vida de ella en tantos años de martirio y silencio. Ella dijo cuánto, desde siempre, siempre, sin pensarlo, sin saberlo, lo había amado; él, cuánto, desde jovencita, la había deseado, soñando con hacerla suya. Eso: ¡suya, suya!


Fue un delirio, un frenesí al que el afán de cobrarse en pocos días tantos años perdidos en fiebres sofocadas y ardores escondidos dieron un impulso inagotable. Tenían la necesidad de enceguecerse, de extraviarse, de no verse como hasta ahora se habían visto, siempre cuidando la compostura en aquel pueblo ínfimo de rígidas costumbres, para el cual ese amor, esa futura boda, habrían aparecido como un sacrilegio inaudito. ¿Qué boda? ¡No! ¿Por qué habría de constreñirlo a ese acto, sacrílego a la vista de todos? ¿Por qué ligarlo a ella, ahora, con tan poco tiempo de vida por delante? No, no: el amor, el amor frenético y arrollador en aquel viaje de pocos días. Viaje de amor, sin regreso; viaje de amor hacia la muerte. Ya no podía regresar al pueblo, volver a ver a sus hijos. Lo había presentido, al partir: sabía que, cruzando el mar, todo habría terminado para ella. Y ahora, adelante, adelante, quería avanzar, ir más arriba, más lejos, del brazo de él, ciega, hasta la muerte. Y así fue como pasaron por Roma, por Firenze, por Milano, casi sin ver nada. La muerte que anidaba en ella la fustigaba con sus aguijoneos, fomentando su ardor. “¡No es nada!”, decía ante cada asalto del dolor. “No es nada...” Y ofrecía su boca, con la palidez de la muerte sobre el rostro. “Adriana, vos estás sufriendo...”. “¡No, no es nada! ¿Qué importa?”

El último día en Milano, poco antes de partir hacia Venezia, se miró al espejo. Estaba desecha. Luego del viaje nocturno, cuando emergió en el silencio del alba la visión onírica, soberbia y melancólica, de la ciudad surgiendo del agua, comprendió que había llegado a su destino. Su viaje debía concluir allí.

Quiso disfrutar de su día Venezia. Por la tarde y por la noche, viajando en góndola por los canales silenciosos. Permaneció despierta durante toda la noche, con una extraña impresión sobre ese día: un día de terciopelo. ¿El terciopelo de la góndola? ¿El terciopelo de las sombras de ciertos canales? ¡Quién sabe! El terciopelo del ataúd.

A la mañana siguiente, cuando él salió del hotel para entregar en el Correo algunas cartas con destino a Sicilia, ella entró en su habitación. Descubrió sobre la mesa de luz un sobre cerrado. Reconoció la caligrafía de uno de sus hijos. Se llevó el sobre a la boca y lo beso desesperadamente. Luego, volvió a su habitación. Extrajo de la cartera de cuero la ampolla con la mezcla de venenos intacta. Se tiró sobre la cama con la sábanas todavía revueltas de la noche anterior y la bebió de un trago.

siete cuentos de Pirandello. Cuatro: Nada serio



Nada serio

¿Perazzetti? No. Además, él era un caso muy particular.

Las decía con una seriedad tan absoluta que no parecía él; mirándose las uñas, larguísimas, que cuidaba meticulosamente.

Es cierto que luego, de forma repentina, sin razón aparente... Un pato, exactamente como un pato: estallaba en carcajadas que parecían el graznido de un pato; e chapoteaba en ellas exactamente como un pato. Muchos eran los que hallaban en estas carcajadas la prueba irrefutable de la locura de Perazzetti. Al verlo retorcerse con lágrimas en los ojos, los amigos le preguntaban:

-¿Por qué?

Y él:

-Nada. No se los puedo decir.

Al ver reir a alguien, que no quiere decir por qué, de esa manera, uno queda desconcertado, con cara de tonto uno queda, y una cierta irritación en el cuerpo, que en los denominados "irritables" puede convertirse fácilmente en un malhumor feroz y en deseos de arañar.

No pudiendo arañar, los denominados "irritables" (que, por lo demás, son muchos en la actualidad) si agitaban con rabia y decían de Perazzetti:

-¡Está loco!

Tal vez si Perazzetti les hubiera dicho la razón de su graznido... Pero por lo general no podía. Realmente no podía.

Su imaginación era muy movediza y, para peor, caprichosa: al ver a las personas, si regodeaba despertando en su interior, sin que él lo quisiera, las más extravagantes imágenes y destellos cómicos inexpresables. Le revelaba de golpe tan extrañas y arbitrarias analogías, le representaba contrastes tan cómicos y grotescos que la carcajada brotaba irrefrenable.

¿Cómo comunicarle a los demás el juego instantáneo de aquellas fugaces imágenes impensadas?

Perazzetti sabía muy bien, por experiencia propia, cómo difiere en cada hombre el fondo de su ser de las variadas interpretaciones que cada uno genera espontáneamente o por ficciones inconcientes que obedecen a la necesidad de creernos o hacer creer, por imitación, por necesidad o por conveniencias sociales, que somos distintos de lo que somos.

Sobre este fondo del ser, Perazzetti había llevado adelante estudios detallados. Lo llamaba “el antro de la bestia”. Y de esa forma pretendía referirse a la originaria bestia que hay dentro de cada uno de nosotros, y que ha sido aplacada bajo todos los estratos de conciencia que progresivamente han sido colocados a lo largo de los años.

El hombre, decía Perazzetti, al tocarlo, al hacerle cosquillas en este o en aquel estrato, responde con una inclinación, con sonrisas, estira la mano, dice buen día y buenas tardes, presta quizá cien liras; pero cuidado con ir a escarbar allá abajo, en "el antro de la bestia": sale el diablo, el bribón, el asesino. Aunque también es cierto que, luego de todos estos siglos de civilización, muchos hospedan en su antro una bestia demasiado mortificada: un cerdo, por ejemplo, que cada noche reza el rosario.

En el restaurante, Perazetti estudiaba las impaciencias reprimidas de los comensales. Por fuera, la educación; por dentro, un asno que deseaba su porción de forraje inmediatamente. Se divertía muchísimo imaginando todas las especies de bestias escondidas en los antros de los hombres que conocía: aquél tenía de seguro un hormiguero, aquél otro un puercoespín, éste un pollo, y así sucesivamente.

Pero con frecuencia, las carcajadas de Perazzetti tenían una razón, por así decir, más constante; una que realmente no era aconsejable desparramar por todo el mundo, sino confiar en voz baja al oído de alguien, en caso de ser necesario. Así transmitida, les aseguro que se resolvía en un ruidoso estallido de risa. Se la confió una vez a un amigo de quien deseaba que no lo tomara por loco.

Yo no se las puedo decir en voz alta; puedo apenas indicarla. Intenten ustedes capturarla al vuelo, ya que, dicha en voz alta, correría el riesgo de parecer una tontería. Y no lo es.

Perazzetti no era un hombre vulgar. Declaraba estimar altamente a la humanidad, a todo cuanto ella, a pesar de la bestia originaria, ha sido capaz de hacer. Pero Perazzetti no olvidaba que el hombre, capaz de crear tantas bellezas, es también una bestia que come, y que comiendo se ve constreñido a obedecer todos los días a ciertas necesidades naturales íntimas que no precisamente lo honran.

Si veía a un pobre hombre, o a una pobre mujer, en un acto humilde y sumiso, Perazzetti no pensaba en todo aquello; pero, en cambio, si veía a cierta mujeres que se daban aires de importancia, o a algunos hombres presuntuosos, inflados de altivez, era un desastre: se disparaba dentro suyo la imagen de aquellas íntimas necesidades naturales a las cuales también ellos debían obedecer forzosamente todos los días. Los imaginaba en esa situación y estallaba, sin excepción, en una carcajada.

No había belleza femenina ni nobleza masculina que se salvara de este desastre en la imaginación de Perazzetti. Cuanto más etérea e ideal se presentaba una mujer, cuanto más bien parecido y majestuoso se presentaba un hombre, más intensas eran aquellas imágenes malditas que se despertaban imprevistamente en él.

Bajo estas condiciones, traten ahora de imaginar a Perazzetti enamorado.

Se enamoraba, y cómo, el desgraciado. ¡Con una espantosa facilidad! No pensaba en nada más; apenas enamorado, dejaba de ser él; se convertía en otro, se convertía en el Perazzetti que todos querían. En el Perazzetti que la mujer en cuyos brazos había caido deseaba que fuera, pero también en el que querían sus futuros suegros, sus futuros cuñados y hasta los amigos de la casa de la futura esposa.

Había estado de novio, como mínimo, en veinte oportunidades. Y hacía estallar de la risa describiendo todos los Perazzetti que había sido, uno más imbécil que el otro: el que se pasaba repitiendo lo que decía la suegra, el de las estrellas fijas de la cuñadita, el de las habas del amigo no se quién.

Cuando el calor de la llama que le había provocado ese estado de fusión comenzaba a perder intensidad, recuperaba poco a poco su forma habitual. Tomando conciencia de sí, experimentaba, en un primer momento, estupor y asombro al contemplar la forma que le habían dado, la parte que le habían hecho representar, el estado de imbecilidad al que lo habían reducido. Entonces, al mirar a su novia, a su suegra y a su suegro, regresaban las terribles carcajadas. Debía huir –no había solución de compromiso posible-, debía huir.

Pero el problema era que no querían dejarlo huir. Era un joven excepcional Perazzetti, de posición holgada, simpático: lo que se dice un partido envidiable.

Los dramas atravesados en sus veintitantos noviazgos, en caso de ser narrados por él y compilados en un libro, constituirían una de las más divertidas lecturas de nuestros días. Pero aquello que en los lectores provocaría risas, han sido desgraciadas lágrimas, auténticas lágrimas del pobre Perazzetti. De rabia, de angustia, de desesperación.

Cada vez que le sucedía, se prometía y juraba ya nunca más caer en esa trampa; se proponía elucubrar algún remedio heroico que le impidiera volver a enamorarse. ¡Pero no funcionaba! Al poco tiempo, recaía en el amor, siempre peor que la vez anterior.

Finalmente, un día fue dada la noticia, recibida como la explosión de una bomba, de su casamiento. Su casamiento con nada menos que... En un primer momento, nadie estaba dispuesto a creerlo. Perazzetti había cometido todo tipo de locuras a lo largo de su vida, pero nadie lo creía capaz de llegar al extremo de atarse para toda la vida con una mujer como esa.

¿Atarse? Cuando a uno de los muchos amigos que fueron a visitarlo a su casa, se le escapó esa palabra, Perazzetti estuvo cerca de comérselo.

-¿Atarse? ¿Atarse de qué manera? ¿Atarse por qué? ¡Estúpidos, tontos, imbéciles! ¡Todos! ¿Atarse? ¿Quién dijo eso? ¿Te parezco atado? Ven, entra aquí... Esa es mi cama de siempre, ¿o acaso me equivoco? ¿Te parece una cama matrimonial? ¡Eh, Celestino! ¡Celestino!

Celestino era su viejo sirviente de confianza.

-Dime algo, Celestino, ¿Vengo a dormir aquí todas las noches, solo?

-Sí, señor. Solo.

-¿Todas las noches?

-Todas las noches, señor.

-¿Y dónde como?

-Aquí.

-¿Con quién como?

-Solo.

-¿Tú me haces la comida?

-Sí, señor. Yo le hago la comida.

-¿Soy el mismo Perazzetti de siempre?

-Sí, señor. Siempre el mismo.

Después de ese interrogatorio, y luego de permitir que el sirviente se retirara, Perazzetti abrió lo brazos y dijo:

-Por lo tanto...

-¿Por lo tanto no es cierto? –preguntó el otro.

-¡Sí! ¡Es cierto! ¡Completamente cierto! –respondió Perazzetti. - ¡Me casé con ella! ¡Me casé por Iglesia y por civil! ¿Pero qué tiene que ver eso? ¿Te parece algo serio?

-No, por el contrario, totalmente ridículo.

-¿Y entonces? – dijo Perazzetti-. ¡Fuera de aquí! ¡Se acabó eso de reir a mis espaldas! ¿Ustedes me querían muerto, no es cierto? Con el lazo siempre anudado a la garganta. ¡Suficiente, suficiente, queridos míos! ¡A partir de ahora, soy libre! Era necesario que atravesara esta última tormenta, de la que salí vivo milagrosamente.


La “última tormenta” a la que aludía Perazzetti era su noviazgo con la hija del responsable del departamento del Ministerio de Finanzas, comendador Vico Lammanna; y no exageraba al decir que por milagro había salido vivo de aquella. Le había tocado batirse a duelo de espadas con Lino Lamanna, el hermano de ella; y puesto que Perazzetti era muy amigo de Lino y no tenía nada, absolutamente nada contra él, se había dejado –en gesto generoso- ensartar como un pollo.

En aquella oportunidad parecía –y cualquiera hubiera puesto las manos en el fuego- que el matrimonio de Perazzetti finalmente se concretaría. La señorita Ely Lammanna, educada a la inglesa –como podía deducirse también de su nombre-, sincera, franca, sólida, sin grandes ni rebuscadas sofisticaciones (léase “zapatos a la americana”), había logrado salvarse del habitual desastre que se producía en y por la imaginación de Perazzetti. Alguna que otra carcajada, sí, se le había escapado mirando al suegro comendador, hombre de aires importantes, que le hablaba muchas veces con ese tono espeso y pegajoso…

Pero eso fue todo. Había confiado con gracia a su futura esposa el por qué de las carcajadas. Ella río con él. Superado ese escollo, Perazzetti creyó que aquella era la ocasión de alcanzar finalmente el tranquilo puerto de la boda (por decirlo de algún modo). La suegra era una viejita buena, modesta y taciturna; Lino, el cuñado, parecía hecho especialmente para entrar en relaciones con él.

En efecto, Perazzetti y Lino Lamanna se volvieron inseparables desde el primer día de noviazgo. Se puede decir que, más que con la futura esposa, Perazzetti estaba con su cuñado: excursiones, salida de caza, cabalgatas juntos y juntos en canoa sobre el Tevere.

El pobre Perazzetti podía imaginar cualquier cosa, menos que esta vez el “desastre” proviniese de esa intimidad excesiva con su cuñado, causa de un nuevo disparo de su fantasía tan bromista cuanto morbosa... A partir de cierto momento, Perazzetti comenzó a descubrir semejanzas entre su novia y el hermano de ella.

Fue en Livorno, en los baños a los que concurrió, naturalmente, con Lino.

Perazzetti, que tantas veces había visto a Lino en malla en la sociedad de canotaje del Tevere, vio ahora a la prometida en traje de baño, al notar un rasgo femenino en los muslos de su hermano.

¿Qué sensación tuvo Perazzetti al descubrir esta semejanza? Comenzó a sudar. Un sudor frío que se originaba en los estremecimientos producidos por el hecho de pensar en mantener una intimidad conyugal con Ely Lamanna, tan parecida a su hermano. Un intimidad que se le apareció enseguida como monstruosa, contra natura: se retorcía con cada caricia que ella le hacía, y al sentirse mirado con ojos unas veces incitantes y provocadores y otras lánguidos en la promesa de una voluptuosidad añorada.

Perazzetti podía gritarlas:

-¡Dios mío, por favor! ¡Ya basta! ¡Terminemos con esto! Yo puedo ser muy amigo de Lino porque no tengo que casarme con él; pero no puedo casarme contigo porque no podría dejar de pensar que me estoy casando con tu hermano!

Las torturas que padeció Perazzetti en esta ocasión superaron por mucho a todas las anteriores. Concluyó el día en que recibió aquél golpe de espada que de milagro no lo envío al otro mundo.

Apenas recuperado de la herida, encontró el remedio heroico que clausuraría para siempre el camino del matrimonio.

Dirán ustedes: ¿acaso contrayendo matrimonio se salva uno del matrimonio?

¡Sin dudas! Con Filomena, la mujer del perro. Tomando por esposa a Filomena, pobre tonta a quien se veía todas las tardes en la calle, llevando siempre ciertas varas cargadas de verduras que se sacudían, arrastrada por un perro negro que no la dejaba nunca concluir las breves carcajadas asesinas que le dedicaba a policías, a jovencitos apenas salidos de la infancia y a los soldados, tanta era la prisa que llevaba –maldito perro- para llegar quién sabe dónde, quién sabe a qué alejado rincón oscuro...

Se casó con ella por Iglesia y por Civil. La sacó de la calle, le asignó veinte liras diarias y la mandó lejos, al campo, con su perro.

Los amigos, pueden ustedes imaginar, no lo dejaron en paz durante mucho tiempo. Pero Perazzetti se había tranquilizado ya, y decía las cosas tan seriamente que no parecía él.

-Sí –decía, mirándose las uñas. – Me casé con ella. Pero no es nada serio. Dormir, duermo solo y en casa; comer, como solo y en casa. No la veo, no me molesta... ¿A Ustedes les preocupa el tema del apellido? Sí: le he dado mi apellido. Pero, señores míos ¿qué es un apellido? Nada serio.

En rigor, las cosas serias no existían para Perazzetti. Todo está en la importancia que se les da a las mismas. Una cosa completamente ridícula, si se le da importancia, puede volverse algo muy serio; del mismo modo, la cosa más seria puede convertirse en la más ridícula. ¿Hay algo más serio que la muerte? Y sin embargo hay tantos que no le dan importancia...

Está bien, de acuerdo. Pero ya lo quisieran ver en unos días, le decían los amigos, ¡cuán arrepentido estaría!

-¡Qué inteligentes! – respondía irónicamente Perazzetti. -¡Por supuesto que me arrepentiré! Ya comienzo a estar arrepentido...

Frente a esta afirmación, los amigos desataban el escándalo:

-¿Te das cuenta? ¡Tenemos razón!

-Imbéciles, - replicaba Perazzetti- justo cuando me arrepienta realmente, experimentaré los beneficios de mi remedio, porque el arrepentimiento significará que me habré enamorado nuevamente al punto tal de querer cometer la más grande de las bestialidades: casarme.

Coro:

-¡Pero si ya te casaste!

Perazzetti:

-¿Lo dicen por aquella? ¡Por favor! Aquella no es nada serio.

Perazzetti había contraído matrimonio para protegerse del peligro de casarse.



siete cuentos de Pirandello. Tres: La carretilla


Cuando hay alguien cerca, nunca la miro, pero siento cómo me mira ella; me mira, me mira sin sacarme ni un momento los ojos de encima.

Quisiera hacerle entender, mirándola a los ojos, que no es nada. Decirle que se quede tranquila, que no podía permitirme frente a otros este breve acto que para ella no tiene importancia alguna y que para mí lo es todo.

Lo cumplo cada día en el momento oportuno, bajo la máxima reserva, con la alegría inmensa de saborear, temblando, la voluptuosidad de una divina, conciente locura, que por un instante me libera y me venga de todo. Tengo que asegurarme (y dicha seguridad me parece que sólo con ella puedo conquistarla) que este acto no sea descubierto. Caso contrario, el daño que acarrearía, y no solamente a mí, sería incalculable. Constituiría mi final. Tal vez me atraparían, me atarían y me arrastrarían, aterrados, hasta el manicomio. El terror del cual todos serían presos, en caso de descubrirme, es el que ahora mismo leo en los ojos de mi víctima.



Me han sido confiados la vida, el honor, la libertad y los bienes de innumerables personas. Gente que me asedia de la mañana a la noche, tratando de utilizar mis servicios, de obtener mi consejo, de lograr mi asistencia. Otros deberes importantísimos, públicos y privados, me competen: tengo esposa e hijos; y, siendo que con frecuencia no saben comportarse, tienen la necesidad de ser sujetados continuamente a mi autoridad severa y de tomarme como ejemplo por mi obediencia inflexible e irreprochable a todas mis obligaciones, una más seria que la otra. Marido, padre, ciudadano, profesor de derecho, abogado. Así las cosas: ¡qué terrible seria que mi secreto se descubriera!

Mi víctima no puede hablar, es cierto. Pero aún así, desde hace algunos días ya no me siento seguro. Estoy consternado e inquieto porque, si es cierto que no puede hablar, me mira, me mira de una manera tal que en sus ojos se ve claramente el terror. Y temo que alguno pueda notarlo, e intentar buscar su causa.

Sería, repito, mi final. El valor del acto que llevo a cabo sólo puede ser estimado con precisión por aquellos a los que la vida se les ha revelado como se ha revelado a mí. Contarlo y que se comprenda no es tarea fácil. Lo intentaré.



Quince días atrás, regresaba de Perugia, donde me había dirigido por asuntos de mi profesión. Una de mis obligaciones fundamentales es la de no prestar atención al cansancio que me oprime, efecto del peso enorme de todos los deberes que me he, y me han, impuesto. No tengo derecho a ceder en lo más mínimo a la necesidad de distracción que mi mente fatigada reclama cada tanto. La única que me concedo, cuando una tarea logra llevarme al cansancio, es pasar a otra. Por ello, había traído conmigo la cartera de cuero con algunas cartas nuevas para estudiar durante el viaje en tren. A la primer dificultad en la lectura, había alzado la vista hacia la ventanilla del tren. Miraba hacia fuera, pero no veía nada, absorto en aquella dificultad. En realidad, no podría decir que no veía nada. Los ojos veían; veían y tal vez gozaban por su cuenta de la gracia y la suavidad de la campaña de la Umbría. Pero yo no prestaba atención a lo que los ojos veían.

Lentamente, la concentración que le dedicaba a pensar la dificultad comenzó a disiparse; sin embargo, no por ello percibí más atentamente el espectáculo de la campaña desfilando ante mis ojos, límpido, leve, tranquilizante. No pensaba en lo que veía ni en ninguna otra cosa. Por un tiempo incalculable no pensé en nada. Quedé como flotando en una suspensión tan vaga y extraña como clara y placentera. Aireada. Mi espíritu se había casi despegado de los sentidos, infinitamente alejado de ellos, advirtiendo apenas, quién sabe cómo, con un deleite que parecía no pertenecerle, el murmullo de una vida distinta. De una vida que no era suya, pero que podría haberla sido; no ahora ni aquí, sino en aquella infinita lejanía. Una vida remota, que quizá había sido suya pero no sabía cuándo ni cómo, y que le traía ahora el recuerdo no de actos, no de aspectos, sino de deseos desvanecidos antes de surgir. Todo envuelto en la tristeza de no ser, angustiante, vana y dura; como la de las flores muertas antes de florecer. En definitiva, el murmullo de una vida a ser vivida allá lejos, lejos, desde donde hacía señas con latidos y parpadeo de luces. Una vida que no había nacido, en la cual el espíritu se había encontrado finalmente a sí mismo, incluso para sufrir, pero por sufrimientos verdaderamente suyos.



Los ojos se me fueron cerrando lentamente, casi sin darme cuenta. Y tal vez continué, mientras dormía, el sueño de aquella vida que no había nacido. Digo tal vez, porque cuando me desperté, poco antes de llegar a mi destino, entumecido y con un gusto amargo en la boca agria y árida, me descubrí muy distinto: con una sensación de atroz escándalo respecto a la vida, en un tétrico, plúmbeo atontamiento en el cual los rasgos de las cosas más comunes se me aparecieron como vacíos de sentido pero, a la vez, dueños de una pesadez cruel, insoportable.

En ese estado llegué a la estación, subí a mi auto –que me esperaba en la entrada de la terminal- y me dirigí a casa. Y bien, fue en la sala de mi casa, en el rellano, frente a la puerta donde sucedió. Vi, de repente, frente a esa puerta oscura color bronce, junto a la cual está la placa ovalada de latón donde han inscripto mi nombre, mis títulos y mis atributos científicos y profesionales, vi, repito, como desde lejos, a mí mismo y a mi vida. Pero no me reconocí ni la reconocí. Tuve la horrible certeza de que ese hombre que estaba delante de aquella puerta, con la cartera de cuero bajo el brazo y que habitaba en esa casa no era yo. Ese hombre no era yo. Comprendí, de pronto, haber permanecido siempre como ausente de aquella casa, de la vida de aquel hombre y no sólo de aquella vida, sino de cualquier otra. Yo no había vivido, no había estado nunca en la vida; quiero decir, en una vida que pudiera reconocer como mía, deseada y experimentada como mía. Hasta mi cuerpo, mi apariencia, tal como ahora mismo se me presentaba, arreglada de ese modo, con esos trajes, me resultó extraña. Como si otro me la hubiera impuesto, para que me moviera en un vida que no era mía, para hacerme cumplir actos de presencia en una vida de la cual había estado siempre ausente. Imprevistamente, mi espíritu descubría que jamás se había hallado ¡Jamás, jamás!

¿Quién había hecho a ese hombre que hacia las veces de mí?

¿Quién había querido que así fuera?

¿Quién lo vestía y calzaba de ese modo?

¿Quién lo hacía mover y hablar con esas maneras?

¿Quién le había impuesto todas esas obligaciones, una más pesada que la otra?

Comendador, profesor, abogado, ese hombre que todos buscaban, que todos respetaban y admiraban, del cual todos deseaban sus servicios, su consejo, su ayuda, Ese hombre que todos se disputaban sin descanso, sin dejarle un momento de tranquilidad ¿era yo? ¿Yo, realmente? ¡A quién se le ocurre! ¿Qué podían importarme todas los asuntos que inundaban a ese hombre, de la mañana a la noche; todo el respeto y la consideración de que gozaba? ¿Qué podía importarme que fuera comendador, profesor, abogado; que fuera rico y estuviera repleto de honores derivados del preciso, escrupuloso, cumplimiento de todas sus obligaciones y del ejercicio de su profesión?



Además, detrás de aquella puerta junto a la cual estaba la placa de latón con mi nombre, había una mujer y cuatro niños que todos los días, con un fastidio que era también el mío pero que ellos no toleraban, debían soportar a ese hombre insufrible que era yo, al que ahora mismo veía como a un extraño, un enemigo.

¿”Mi” mujer? ¿”Mis” hijos? Pero si yo no había sido nunca yo, si realmente no era yo (y lo sentía con horrible certeza) ese hombre insufrible parado frente a la puerta: ¿de quién era esposa esa mujer? ¿de quién eran hijos esos cuatro niños? ¡Míos no, de seguro! Eran de ese hombre al cual si en ese momento mi espíritu hubiera tenido un cuerpo, su cuerpo verdadero, su auténtica apariencia, lo habría aferrado o agarrado a las patadas o desgarrado, lo hubiera destruido, junto con todas aquellas obligaciones, aquellos deberes y aquellos honores -el respeto y la riqueza. Hasta la mujer, sí, tal vez también hubiera destruido a la mujer...

Pero ¿y los niños? Llevé mis manos a las sienes y apreté con fuerza. No los sentía míos. Pero a través de un sentimiento extraño, penoso, angustiante hacia ellos tal como eran más allá de mí, los veía necesitar de mí, de mi consejo, de mis cuidados, de mi trabajo. Valiéndome de ese sentimiento, y con la sensación de atroz escándalo con la que me había despertado en el tren, sentí cómo volvía a ser aquel hombre insufrible delante de la puerta. Extraje del bolsillo el llavero, abrí la puerta y reingresé en aquella casa y en mi vida.

En eso consiste, desde entonces, mi tragedia. Digo mía, ¡quién sabe de cuántos más!



Quien vive, mientras vive, no se ve: vive... Si uno puede ver la propia vida es signo de que no la vive más: la sufre, la arrastra. Como a una cosa muerta, la arrastra. Porque cualquier forma es una muerte. Pocos lo comprenden; la mayoría, casi todos, luchan, se afanan por lograr un estado, por alcanzar una forma. Una vez alcanzada, creen haber conquistado su propia vida. En realidad, están comenzando a morir. No lo saben, porque no se ven; porque ya no logran despegarse de la forma moribunda que han alcanzado. No se saben muertos y se creen vivos. Sólo se conoce quien logra ver la forma que se ha dado y que los otros le han dado: la fortuna, la casualidad, la condiciones en que ha nacido. Pero si podemos ver esa forma, es signo de que nuestra vida ya no es esa: si lo fuera, no la veríamos, la viviríamos sin verla y moriríamos diariamente en ella, que es ya en sí una muerte, sin llegar a conocerla. Podemos, por lo tanto, ver y conocer solamente lo que de nosotros está muerto. Conocerse es morir.

Mi caso es todavía peor. No veo lo que de mí está muerto: veo que nunca estuve vivo. Veo la forma que los otros, no yo, me han dado, y siento que bajo esta forma, mi vida -una vida verdadera- no ha existido jamás. Me han tomado como material en bruto: han agarrado un cerebro, un alma, músculos, nervios, carne, han mezclado todo, dándole la forma que deseaban para que cumpliera ciertas tareas, para que llevase a cabo determinados actos y obedeciera órdenes. Y yo me busco allí, pero no me encuentro. Entonces grito, mi alma grita, atrapada en esta forma que nunca ha sido mía: ¿Cómo es posible? ¿Yo esto? ¿Yo así? ¿Cómo es posible? Y siento nauseas, horror y odio por esto que no soy, que nunca he sido; por esta forma muerta de la que no me puedo liberar. Forma cargada de deberes que no siento míos, oprimida por tareas que no me interesan en lo más mínimo, signada por una consideración con la cual no sé qué hacer; forma que es estos deberes, estas tareas, esta consideración; exterior a mi, por encima mío. Cosas vacías, muertas, que me pesan, me sofocan, me aplastan y ya no me dejan respirar.

¿Liberarme? Lo hecho, hecho está. Nadie puede cambiarlo. Nadie pueda hacer que la muerte no exista, cuando ya nos tiene atrapados. Cuando has obrado, sea como sea, aun sin reconocerte luego en los actos llevados a cabo, lo que has hecho permanece, como si fuera una prisión para ti. Cual si fueran tuercas o tentáculos, así te envuelven las consecuencias de tus acciones. Y el aire a tu alrededor se espesa, se vuelve irrespirable a causa de la responsabilidad que aquellas acciones y sus consecuencias, no deseadas o imprevistas, te imponen. ¿Cómo liberarse de eso? ¿Cómo podría, aprisionado en esta forma de vida no mía sino que me representa tal cual aparezco a los demás, y por la cual me conocen, me respetan y me quieren, acoger y movilizar una vida diferente, verdaderamente mía?

¿Una vida que percibo muerta, pero que debe subsistir por lo otros, por todos aquellos que han colaborado en erigirla y que no quieren que sea de otra manera? Debe ser esta, seguramente. Resulta útil a mi esposa, a mis hijos, a la sociedad, es decir, a los señores estudiantes universitarios de la Facultad de Derecho, a los señores clientes que me han confiado sus vidas, sus honor, su libertad, sus bienes. Es útil bajo este modo, y no puedo cambiarla, no puedo echarla a patadas.



Pero si puedo rebelarme, vengarme por un instante a través del acto que cumplo cada día, sin que nadie me vea, aguardando con ansiedad y circunspección el momento oportuno.

Tengo en casa, desde hace once años, una perra. Blanca y negra, gorda, petisa y con los ojos ya empañados por la vejez. Nunca habíamos tenido buenas relaciones. Quizá en otros tiempos, ella no aprobaba mi profesión, que exigía un silencio permanente en casa. Pero con el tiempo, y el avance de su edad, poco a poco fue aceptándola. Al punto tal que, para huir de la caprichosa tiranía de los niños, que querían seguir jugueteando con ella en el jardín, había tomado la costumbre de refugiarse aquí, en mi estudio, de la mañana a la noche. Se echaba a dormir sobre la alfombra, con el hocico puntiagudo entre las patas. Entre tantas cartas y tantos libros se sentía protegida. Cada tanto abría un ojo para mirarme, como diciéndome: “Sigue así, querido: trabaja, no te muevas de ahí, porque es seguro que, mientras estés allí, nadie entrará a disturbar mi sueño”. Así pensaba, sin dudas, la pobre bestia. La tentación de efectuar sobre ella mi venganza se me presentó quince días atrás, de improviso, al verme mirado de esa manera.

No le hago daño; no le hago nada.

Apenas puedo, cuando un cliente me deja un momento libre, me alzo con cautela, lentamente, de mi silla. No quiero que nadie note que mi temida y envidiada sabiduría, mis cualidades formidables como profesor de derecho y como abogado, mi austera dignidad de marido y de padre, han abandonado por un momento mi solemne asiento. Luego, en puntas de pie, me asomo a espiar que nadie venga por el pasillo. Pongo llave a la puerta, por un momento tan sólo. Mis ojos brillan de la alegría, mis manos bailan por el exceso que estoy a punto de concederme: enloquecer, por un instante, salir un momento de la prisión de esta forma muerta; destruir, aniquilar, burlonamente, esta sabiduría, esta dignidad aplastante que me sofoca.

Corro hacia ella, hacia la perrita que duerme sobre la alfombra. Despacio, con gracia, le agarro sus patitas traseras y le hago hacer la carretilla: la hago caminar ocho o diez pasos, no más, con las patitas delanteras, sosteniéndole las traseras. Eso es todo. Voy corriendo a abrir la puerta, con suavidad, evitando cualquier crujido, y vuelvo a sentarme en mi silla, listo para recibir al próximo cliente, con la austera dignidad de antes, cargado como un cañón con mi sabiduría formidable.

Pero, desde hace quince días, por la forma en que me mira con esos ojos empañados, desorbitados por el miedo, la bestia parece exhausta. Querría hacerle entender –repito- que no es nada, que se quede tranquila, que no me mire de ese modo.

Comprende, la bestia, lo terrible del acto que llevo a cabo.

No sería nada si, como chiste, se lo hiciese uno mis hijos. Pero sabe que yo no puedo hacer chistes. No puede asumir que yo haga chistes, aunque duren un momento. Y no deja de mirarme, aterrada.

siete cuentos de Pirandello. Dos: La captura

in memoriam, C.S. (1928-2009)

La captura

El señor Guarnotta acompañaba con su cuerpo tambaleante el andar de la mula, como si él también estuviera caminando. A decir verdad, las piernas, con los pies salidos de los estribos, por poco no se arrastraban por el polvo de la gran calle.

Regresaba, como todos los días a aquella hora, de su finca casi asomada al mar, sobre el borde de un terreno elevado. Más cansada y triste que él, la mula se esforzaba desde hacía un rato por superar las últimas pendientes en subida de aquella calle interminable, hecha de curvas y contracurvas que rodeaban el cerro, en cuya cima parecían pegotearse unas con otras las decrépitas casas del pueblo.

Para esa hora ya todos los campesinos habían regresado de la campiña: la calle grande estaba desierta. Si por casualidad se veía alguno, el señor Guarnotta estaba convencido de que sería saludado: todos, gracias a Dios, lo respetaban.

Para el señor Guarnotta, a esa altura de su vida, no sólo esa calle grande, sino el mundo entero estaba desierto; y de cenizas como las del aire del atardecer estaba hecha su vida.

Las ramas deshojadas de los árboles que se asomaban por sobre los muros, los cercos altos de los nopales y, por aquí y por allá, montoncitos de canto rodado que nadie pensaba extender sobre esa calle grande toda huellas y pozos. Guarnotta miraba todas esas cosas, inmersas en esa inmovilidad silenciosa y abandonada en la que estaban y le parecían tan oprimidas por una vana pena infinita como él. Al aumentar esta sensación de vacuidad dejaba de escucharse el ruido de las pisadas de la mula, como si el silencio se convirtiera en polvo.


¡Y cuánto de ese polvo se llevaba a casa Guarnotta cada noche! La mujer, apenas él se quitaba la chaqueta, la sostenía lo más lejos posible de su cuerpo y, girando, se la mostraba a las sillas, al armario, a la cama, a la cajonera, intentando desahogarse:

- ¡Miren, miren! Se podría escribir sobre ella con el dedo.

¡Si al menos se hubiera dejado convencer de no llevar al campo el traje negro de paño! Para eso le había encargado tres de fustán.

Guarnotta, en mangas de camisa, habría mordido de buena gana esos tres dedos regordetes que su mujer rabiosamente le ponía delante, casi metiéndoselos por los ojos. Pero él, perro manso, se conformaba con lanzarle una mirada cruzada y la dejaba hablar. Al morir su hijo, quince años atrás, había jurado vestir siempre de negro. O sea que…

-¿Pero también en la campaña? Hago que te pongan el luto en la manga de los trajes de fustán. Y, a esta altura, sería suficiente con la corbata negra. ¡Hace ya quince años!

La dejaba hablar. ¿No pasaba acaso todo el santo día en su finca? En el pueblo, hacía años que no se encontraba con nadie. Por lo tanto…

-Por lo tanto ¿qué?- Si no llevaba luto en la campaña, ¿dónde llevarlo? - Por amor de Dios, hay que reflexionar un poco antes de abrir la boca y dejar salir las palabras. En el corazón, sí: ¡muchas gracias por el consejo! ¿Dudaba ella que acaso no lo llevara también en el corazón? Quería que se viera desde afuera… -Que lo vieran los árboles, o los pajaritos en el aire, porque ojos para verse el luto él mismo no tenía. ¿Y, por otra parte, por qué se quejaba tanto la esposa? ¿Acaso era ella quien sacudía y cepillaba el traje cada noche? Para eso estaban las sirvientas. Tres para dos personas. ¿Por cuestiones de gasto, entonces? Un traje negro por año: ochenta o noventa liras. ¡Vamos, pues! Debería haberse dado cuenta de que no le convenía protestar tanto. Además, era la segunda mujer y el hijo muerto era de la primera. Sin otros parientes, ni siquiera lejanos, cuando él muriera todos sus bienes (que no eran pocos, por cierto) le habrían correspondido a ella y a sus sobrinos. Callada, entonces. Al menos por prudencia… ¡Obviamente!, si ella hubiera entendido todo esto no sería la buena mujer que era…

He ahí la razón por la cual él estaba todo el día en la campaña. Solo, entre los árboles que crujían sin cesar, levemente, y con la extensión sin límites del mar frente a sus ojos, con su murmullo sordo y lento, se había acostumbrado a sentir la vacuidad de todo y el tedio angustiante de la vida.


Estaba a menos de un kilómetro del pueblo. Desde lo alto de la pequeña Iglesia de la Dolorida le llegaban, lentos y suaves, los repiques de campana del Avemaría cuando, de repente, en una curva pronunciada de la calle escuchó:

-¡Al piso!

Desde las sombras se vio saltar a tres hombres con las caras vendadas y armados con fusiles. Uno asió a la mula por el ronzal; los otros dos, en un abrir y cerrar de ojos, lo tiraron de la montura. Luego, mientras uno inmovilizaba sus piernas con la rodilla y le ataba las muñecas, otro le vendaba los ojos con un pañuelo doblado, que anudaba por detrás de la nuca.

Tuvo apenas el tiempo para decir:

-Pero, muchachitos ¿por qué a mí?

Lo levantaron, lo arrastraron violentamente, tirando de sus brazos, fuera de la calle grande, bajando por ladera pedregosa en dirección al valle.

-Muchachos…

-¡Silencio o estás muerto!

Más que los empujones y las arrastradas, era el jadeo de esos tres por la violencia que cometían lo que le infundía terror. Para tener ese jadeo de fiera debía ser tremendo lo que se habían propuesto hacer con él. Pero matarlo, al menos enseguida, no parecían desearlo. Si hubiera sido una orden o una venganza, lo habrían matado ahí en la gran calle, desde las sombras donde se habían apostado. Por lo tanto, lo estaban capturando para extorsionarlo.

-Muchachos…

Apretándolo con más fuerza y sacudiéndolo, lo intimaron a que se callara.

-¡Al menos aflójenme un poco la venda! Me apreta demasiado los ojos… y no puedo…

-¡Camina!

Primero hacia abajo, luego hacia arriba y adelante, luego hacia atrás, luego de nuevo hacia abajo, y finalmente arriba arriba arriba. ¿Dónde lo llevaban? En la confusión de pensamientos y sentimientos, entre el sucederse imágenes siniestras y el esfuerzo que le provocaba esa carrera a ciegas, a saltos, a empujones, entre piedras y maleza (¡qué extraño esto último!), las luces, las primeras luces encendidas -de las casas, de las calles- en el pueblo, todavía iluminado a base de petróleo, se le aparecían, a pesar de la venda que le aplastaba los ojos, tal como las había visto antes de que saltaran sobre él. Tal como las había visto tantas veces con anterioridad, regresando de la finca siempre a esa hora. Se le aparecían nítidas, como si estuvieran ahora mismo frente a sus ojos. Caminaba arrastrado, tironeado, tropezando, aterrado, y se llevaba consigo esas lucecitas placenteras y tristes, junto con el cerro y el pueblito, donde ninguno sabía la violencia de la que era víctima en ese mismo momento y donde cada uno se preocupaba por sus asuntos cotidianos. En cierto momento, advirtió el trote apurado de su mula.

-¡Ah! - su vieja mula cansada viajaba con ellos. ¿Qué podría entender de todo eso, pobre bestia? Quizá percibía la furia insólita, la inédita violencia, pero iba a donde la llevaban, sin entender nada.

Si se hubieran detenido al menos un momento y hubiera podido hablar, les habría dicho que estaba dispuesto a darles todo lo que quisieran. No tenía mucha vida por delante, y no valía la pena pasar un momento así por un poco de dinero -un dinero que ya no le proporcionaba ninguna alegría.

-Muchachos…

-¡Silencio! ¡Camina!

-¡No puedo más! ¿Por qué me hacen esto? Estoy dispuesto…

-¡Silencio! Hablaremos más tarde… ¡Camina!

Lo hicieron caminar en esas condiciones durante una eternidad. Llegó un momento en que fue tanto el cansancio, tanto el aturdimiento que le producía el pañuelo al presionar su cabeza, que sintió que se desvanecía y ya no comprendió más nada…


Volvió en sí recién por la mañana siguiente, en una gruta baja, aturdido en medio de un tufo rancio que parecía ser exhalado por la palidez misma de las primeras luces del día. Apenas si se insinuaba aquella luz lívida por entre las formaciones arcillosas de la gruta. Pero le aliviaba la pesadilla de las violencias sufridas, que ahora le parecían un sueño: violencias ciegas, propias de brutos, sobre su cuerpo imposibilitado ya de sostenerse en pie y que viajaba primero sobre la espalda de uno, luego sobre la de otro; tirado al suelo, arrastrado y levantado de las manos y los pies.

¿Dónde estaba ahora?

Trató de escuchar algo. Le pareció que afuera había un silencio de altura. Por un momento se sintió como suspendido. Pero no podía moverse. Yacía por tierra como un animal muerto; atado de pies y manos. Los miembros le pesaban como si fueran de plomo; así también la cabeza. ¿Estaba herido? ¿Lo habían tirado allí dándolo por muerto? No. Estaban afuera, confabulando. O sea que su suerte no estaba aún decidida. Pero el recuerdo de lo que le había sucedido ya no se le presentaba como una desgracia que le incumbiese y que le produjera algún impulso a liberarse de ella. No. Sabía que no podía, y casi no quería. La desgracia estaba consumada, como si viniera de un tiempo lejano, desde otra vida, una vida que quizá hubiera procurado salvar, cuando todavía los miembros no le pesaban como ahora y la cabeza no le dolía tanto. Ahora ya nada de eso le importaba. Su vida -miserable- había quedado allá abajo, lejos lejos, donde lo habían capturado: aquí, ahora, sólo era silencio, alto y vano y sin memoria. Incluso si lo hubieran dejado ir, no habría tenido la fuerza -quizá ni siquiera el deseo- de bajar y recuperar su vida.

De pronto una corriente de ternura, de piedad por sí mismo, surgió dentro suyo y se enroscó produciéndole un estremeciento de terror: vió entrar gateando a uno de aquellos tres en la gruta, con el rostro oculto detrás de un pañuelo rojo perforado a la altura de los ojos. Enseguida le miró las manos. No tenía armas. En lugar de eso, tenía un lápiz nuevo, de esos que venden por una moneda, todavía sin punta. En la otra mano, apoyada en el suelo, una rústica hoja de papel de carta ya muy manoseada, con el sobre en el medio. Aliviado, sin querer sonrió; mientras tanto, entraban a la gruta los otros dos, también gateando y vendados. Uno lo agarró y le desató solamente las manos: El que había entrado primero dijo:

-¡Atención! ¡Escriba!

Le pareció reconocer la voz. ¡Claro! Era Manita: le decían así porque tenía un brazo más corto que el otro. ¿Era él, realmente? Le miró el brazo izquierdo. Él, sí. Y seguramente a los otros dos los habría reconocido enseguida de haberse quitado las vendas. Conocía a todos los habitantes del pueblo. En ese momento habló:

-¿Atención, yo? ¡Atención ustedes, muchachos! ¿A quién quieren que escriba? ¿Con qué escribo? ¿Con esto? Y mostró el lápiz.

-¿Cuál es el problema? ¿No es un lápiz?

-Sí, es un lápiz, eso seguro. Pero ustedes no tienen idea de cómo se usa.

-¿Por qué?

-Porque hace falta sacarle punta.

-¿Sacarle punta?

-Exacto, con un sacapuntas; se mete esta punta ahí…

-¡Qué sacapuntas ni sacapuntas!

Y Manita volvió a gritar:

¡Basta, basta, me cago en Dios!

-Basta, sí, Manita querido…

-¡Ah! -exclamó aquel- ¿Me ha reconocido?

-Escuchame una cosa: ¿Escondes la cara y dejas al descubierto el brazo? Sácate el pañuelo y mírame a los ojos. ¿Me haces esto? ¿A mí?

-Bueno, bueno, ya basta de charla -gritó Manita, quitándose violentamente el pañuelo de la cara- ¡He dicho que ya ha sido suficiente! ¡Escriba o lo mato!

-Adelante, estoy preparado -respondió Guarnotta. -Ni bien le saquen punta al lápiz. Aunque si me dejan hablar… Quieren dinero muchachos ¿no es cierto? ¿Cuánto?

-¡Tres mil onzas!

-¿Tres mil? No piden poco.

-¡Usted las tiene, no venga con historias!

-¿Tres mil onze?

-¡Y más también!

-Sí, más también. Pero no en casa, no en efectivo. Debería vender casas y tierras. ¿Les parece que eso sea posible de un día para otro, y encima en mi ausencia?

-¡Van a tener que pedir prestado!

-¿Quiénes?

-¡Tu esposa y sus sobrinos!

El señor Guarnotta sonrió amargamente y trató de enderezarse apoyándose sobre uno de sus codos.

-De esto quería hablar, precisamente -respondió. -Se equivocaron, hijos míos. ¿Contaban con mi esposa y sus sobrinos? Si lo que quieren es matarme, aquí estoy. Mátenme y punto. Pero si lo que quieren es dinero, no podrán conseguirlo de otro modo que no sea a través mío. Y eso con la condición de que me dejen ir a casa.

-¿Qué está diciendo? ¿Usted, a casa? ¿Habla en serio? ¡Ni que estuviéramos locos!

-Siendo así… - suspiró Guarnotta.

Manita le arrancó de la mano a su compañero el papel de carta y repitió:

-¡Basta de charla, he dicho! ¡Escriba! El lápiz… Cierto, hay que sacarle punta… ¿Cómo se hace?

Guarnotta les explicó cómo y los tres, luego de mirarse entre sí a los ojos, salieron de la gruta. Al verlos salir de ese modo, a gatas, como bestias, Guarnotta no pudo menos que sonreír. Pensó que se pondrían los tres a sacarle punta al lápiz, y que quizá, a fuerza de podarlo como la rama de un árbol, lo habrían vuelto inutilizable. Sonreía, sí, pero quizá en ese momento su vida dependía de la ridícula dificultad que aquellos encontraran frente a esa nueva operación: tal vez, rabiosos de ver cómo el lápiz se consumía frente a sus ojos, habrían vuelto a la gruta para mostrale que si sus cuchillos no servían para sacarle punta a un lápiz, sí servían, en cambio, para degollarlo. Había cometido un error imperdonable al hacerle saber a Manita que lo había reconocido.

Allá estaban aquellos: se peleaban, protestaban, insultaban… Se pasaban de uno a otro aquel pobre lápiz barato cada vez más corto. Quien sabe qué cuchillos sostenían esas manotas ásperas y arenosas.

Hélos aquí, entrando nuevamente a la gruta, uno detrás del otro, derrotados.

- Madera débil -dijo Manita. - ¡Un asco! Usted que sabe escribir, ¿no tendría por casualidad un lápiz con buena punta en el bolsillo?

-No tengo, hijito - respondió Guarnotta. -De todas formas, todo esto es inútil, se los aseguro. Habría escrito, si me hubieran facilitado los elementos, pero ¿a quién? ¿A mi esposa y a esos sobrinos? Esos sobrinos son suyos, no míos ¿entienden? Y, además, no habrían respondido, de eso estén seguros; habrían fingido, haciendo de cuenta que esa carta intimidatoria nunca llegó. Y adiós para mí. Si lo que quieren es dinero, no tendrían que haberse echado encima mío en un primer momento, deberían haber ido a acordar con ellos: tanto -pongamos, mil onzas- por asesinarme. Y así todo, no habrían obtenido nada; porque mi muerte la desean, eso sin dudas, pero ya soy viejo: esperan que la lleve a cabo Dios, gratis y sin remordimientos, en cualquier momento. ¿Pretenden seriamente conseguir que les den un centésimo, un solo centésimo, a cambio de mi vida? Se equivocan. Y con tal de no morir de esta manera, les prometo y juro por el alma santa de mi hijo que apenas pueda, dos o tres días, vendré yo mismo a traerles el dinero que me indiquen.

-¿Eso después de denunciarnos?

-¡Les juro que no! ¡Les juro que no los delataré ante nadie! ¡Es la vida lo que está en juego!

- Eso ahora ¿pero cuando quede libre? Antes de ir a su casa, irá a hacer la denuncia.

-¡Les juro que no! Claro, tienen que confiar en mí. Tengan en cuenta que yo voy todos los días a la campaña: mi vida está ahí, entre ustedes. Y siempre he sido como un padre para ustedes. Siempre me han respetado, Dios santo, y ahora… ¿Realmente creen que me expondría al riesgo de una venganza? Confíen; dejen que regrese ahora a casa y les aseguro que tendrán el dinero…

No respondieron nada. Volvieron a mirarse entre sí y salieron nuevamente de la gruta, a gatas.


Por el resto del día ya no los escuchó. Antes los había oído durante un buen rato discutir fuera de la gruta; luego no escuchó más nada. Esperó. Barajando mentalmente las suposiciones sobre cúal habría sido la decisión. Algo le pareció evidente: había caído en manos de tres estúpidos novatos, cumpliendo su primer delito.

Se habían abalanzado sobre él ciegamente, sin considerar antes las condiciones de su familia; pensando solamente en su dinero. Ahora, convencidos del error que habían cometido, ya no sabían, o no sabían aun, cómo resolverlo. En el juramento que no serían denunciados, ninguno de los tres habría confiado: menos que menos Manita, que había sido reconocido. ¿Qué hacer, entonces?

No le quedaba más que esperar que a ninguno de los tres se le diera por arrepentirse del estúpido acto cumplido en vano y, junto al arrepentimiento, le surgiera el deseo de borrar el error para regresar a la buena senda; que en cambio, los tres, resueltos a vivir fuera de toda ley y a cometer otros delitos, no se cuidaran de borrar las huellas de éste, evitando así de cargárselo inútilmente en sus conciencias. Porque, reconocido el error y resueltos a continuar siendo tres granujas desterrados, podían permitirle vivir y dejarlo ir sin tener que cuidarse de ser denunciados. Si querían regresar a la buena senda, arrepentidos, para impedir la denuncia que sabían inevitable debían necesariamente asesinarlo. Se deducía de aquello que Dios debía ayudarlo a abrir sus mentes, para que así reconocieran que no sacarían ningún provecho del deseo de seguir siendo hombres honestos. Cosa no tan difícil de lograr, visto que la intención de dejar serlo ya la habían demostrado al capturarlo. Sin embargo, era de temer el hecho del desengaño experimentado en este primer movimiento, al constatar el terrible error cometido ni bien encaminados en la nueva vida. Y se sabe que un desengaño se convierte enseguida en deseo de alejarse del camino que ha comenzado mal. Para retroceder, borrando cualquier rastro de los primeros pasos, lo lógico era cometer un delito; pero, en caso de querer evitarlo, ¿la misma lógica no los habría llevado a aventurarse por aquél camino en busca de otros delitos por cometer? Siendo así, mejor este ahora, al principio, que podía permanecer oculto sin dejar rastros que muchos después a plena luz del día y arriesgados. A cambio de éste, podrían conservar aún la esperanza de salvarse, si no frente a sus propias conciencias al menos delante de los hombres; en caso de querer evitarlo, se habrían extraviado para siempre.

Conclusión de estas reflexiones atormentadas: la certeza sobre el hecho de que hoy o mañana, quizá esa misma noche –en horas del sueño-, lo habrían asesinado.


Esperó durante tanto tiempo que la gruta se oscureció por completo. Y ante la idea que el silencio y el cansancio pudiesen sobre él más que el miedo de quedarse dormido, sintió que un temblor lo recorría de la cabeza a los pies: su instinto bestial lo impulsaba, incluso con las manos y los pies atados, a salir de la gruta apoyándose en sus codos, arrastrándose por la tierra como un gusano. Mucho debió penar para persuadir a su instinto bestial aterrado de hacer el menor ruido posible.

Pero, en definitiva, ¿qué esperaba de poder asomar la cabeza como una lagartija en su cueva? ¡Nada! Poder ver el cielo, al menos; y mirar, al aire libre, con sus propios ojos, a la muerte, y evitar que le fuera infligida traicioneramente mientras estuviera durmiendo. Esto, al menos.

Ahora sí... ¡Silencio! ¿Es la luz de la luna? Luna nueva, sí, y muchas estrellas... ¡Qué hermosa noche! ¿Dónde estaba? En algún lugar sobre una montaña... ¡Qué aire y qué silencio tan particular! Quizá era el monte Caltafaraci o el San Benedetto... Entonces ¿qué era eso de allá? ¿La planicie de Consolida o la planicie de Clerici? Sí, y aquella montaña allá, hacia el poniente, debía ser Carapezza. ¿Y aquéllas lucecitas por allí, titilantes, como un rocío di luciérnagas en la claridad opalina de la luna? ¿Eran acaso las de Girgenti? Pero entonces, siendo así... ¡Oh, Dios, estaba realmente cerca! Y sin embargo le pareció que había caminado tanto... tanto...

Miró a su alrededor, como si le infundiera temor la esperanza de que aquellos muchachos lo hubieran dejado allí, abandonado.

Negro, inmóvil, acurrucado como un gran búho sobre un declive arcilloso de la montaña, uno de los tres, que se había quedado haciendo guardia, se recortaba nítido contra el claro de luna. ¿Estaba dormido?

Intentó asomarse un poco, pero enseguida el esfuerzo le aflojó los brazos al oir la voz de aquel que, sin alterarse, le dijo:

-¡Lo estoy mirando, Don Vice! Vuelva adentro o disparo.

No se movió, como si quisiera hacer nacer en el otro la duda sobre la posibilidad de haberse engañado; permaneció allí agazapado espiando. Pero el muchacho repitió:

-Lo estoy mirando.

-Déjame tomar un poco de aire –le respondió- Aquí dentro me sofoco. ¿Acaso me quieren tener en este estado? Tengo sed.

El otro se movió amenazadoramente:

-¡Hey! Si quiere quedarse ahí no debe abrir la boca. Yo también tengo sed y estoy en ayunas como usted. Silencio, entonces, o vuelve a entrar.


Silencio. La luna revelando una amplia vista de planicies tranquilas y de montes... y el alivio que le proporcionaba ese aire... al menos eso... y el suspiro lejano, allá abajo, de las lucecitas de su pueblo...

Pero ¿dónde habían ido los otros dos? ¿Habían dejado a este tercero con la responsabilidad de asesinarlo en el correr de la noche? ¿Y por qué no lo hacía inmediatamente? ¿Qué era lo que esperaba ese muchacho? ¿Acaso el regreso, durante la noche, de sus dos compañeros? Tuvo nuevamente el deseo de hablar, pero se contuvo. Total, si eso era lo que habían decidido...

Volvió su mirada al declive donde el otro estaba sentado: lo vio acomodado tal como había estado en un primer momento. ¿Quién seria? Por la voz, si bien no hizo mucho uso de ella, le había parecido que podía ser uno de Grotte, un pueblo grande entre las minas de azufre. ¿Acaso era Fillicò? ¿Era posible? Buen hombre, íntegro, bestia de trabajo, de pocas palabras... Si era realmente él ¡cuidado! Si taciturno y duro como era había logrado despegarse de su talante bondadoso ¡cuidado!

Ya no pudo contenerse: con una voz casi involuntaria, vacía de toda intención, que debía llegar a aquel otro como si no hubiera sido proferida por su boca, dijo sin preguntar:

-Fillicò...

El otro no se movió.

Guarnotta esperó por un momento y repitió con la misma voz de antes, como si no fuera él, con los ojos dirigidos a un dedo que hacia dibujos sobre la arena:

- Fillicò...

Un escalofrío le recorrió la espalda al imaginar que esta obstinación suya de proferir el nombre casi sin quererlo, terminaría costándole un escopetazo. Pero tampoco esa vez aquél otro se movió; entonces Guarnotta exhaló en un suspiro que revelaba el agotamiento extremo que le producía la tensión de la desesperación. Dejó caer al suelo el peso muerto de su cabeza como si realmente no tuviera ya más fuerza ni deseo de sostenerlo. En esa posición, con la cabeza sobre la arena, con la arena que le entraba en la boca como si él fuera un animal muerto, sin prestar ya atención a la prohibición de hablar que aquél otro le había impuesto, indiferente ante la posibilidad de recibir un escopetazo, se puso a hablar, a divagar sin fin. Habló de la hermosa Luna que ya empezaba a ponerse; habló de las estrellas que Dios había puesto tan lejos para que las bestias no pudieran saber nunca que aquellas eran en realidad cuerpos más grandes que la Tierra; y habló de la Tierra, de la que sólo los animales ignoran que gira como un trompo y dijo, a manera de desahogo personal, que en ese preciso momento había hombres que estaban cabeza abajo y que no se precipitaban hacia el cielo por razones que cualquier cristiano que no fuera más de arcilla que la arcilla, que no fuera un vil trozo de arcilla sobre el cual Dios no había soplado todavía, debía preocuparse por conocer.

Y en pleno divagar se sorprendió a sí mismo hablando realmente como un profesor de astronomía a ese otro que, poco a poco, se le había ido acercando hasta terminar sentado a su lado junto a la entrada a la cueva. Y, sí, era él: Fillicò de Grotte ¡y hacía tanto tiempo que deseaba saber sobre estas cosas! Aún si no estuviera persuadido completamente de ello y no las creyera ciertas: el zodíaco... la Vía Láctea... las nebulosas... Sí, así es. Pero ¡cómo es posible que cuando uno ha agotado todas sus fuerzas en la desesperación, pueda sucerderle una cosa tan extraña! Se puede poner como si nada, bajo la mira de un fusil, a limarse las uñas atentamente con una ramita seca, cuidando que no se rompa ni se doble; o a tantear, sí señor, los dientes que le han quedado en la boca: tres incisivos y un canino; y a pensar si son tres o cuatro los hijos del tonelero, su vecino, cuya esposa ha muerto hace ya quince días.

-Hablemos en serio. Dime una cosa: ¿qué piensas que soy, por el amor de Dios, un pasto?... ¿Un pasto como este, que se arranca así, como si nada, sin esfuerzo...? ¡Por dios, soy de carne! ¡Y tengo un alma, que me dio Dios, como también te dio una a ti! ¿Me quieren degollar mientras duermo? No... quédate... ¿te vas? Ahora, porque mientras te hablaba de las estrellas... Escucha bien lo que te voy a decir: dególlame ahora mismo, con los ojos abiertos, no a traición mientras esté durmiendo... ¿Qué dices? ¿No me quieres responder? ¿Se puede saber qué esperas? ¿Se puede saber qué esperan? Dinero, no lo conseguirán; retenerme aquí, no es posible; dejarme ir, no quieren... ¡Ustedes quieren matarme! ¡Entonces mátame, criatura de Dios, y terminemos con esto!

¿A quién le decía todo eso? El otro ya se había ido a reacomodar sobre el declive como un búho, para demostrarle que era inútil, que sobre este tema no quería hablar.

Por otra parte, ¡qué bestia era también él! Después de todo ¿no era mejor que lo mataran durante el sueño, si es que matarlo era el plan? Es más, si más tarde seguía despierto, al escucharlos entrar gateando a la cueva, cerraría los ojos para fingir estar durmiendo. Pero…¡para qué cerrar los ojos si en esa oscuridad no era necesario! Era suficiente con que no se moviese en el momento en que le buscaran la garganta, al tanteo, como a un cordero.

Dijo:

-Buenas noches.

Y se retrajo.


Pero no lo mataron.

Reconocido el error cometido, ni lo liberarían ni lo matarían. Lo retendrían ahí.

¿Cómo? ¿Eso para siempre?

Hasta que Dios así lo quiera. Se encomendaban a Él: que fuera mucho o poco el tiempo dependía de la penitencia que el Señor había decidido para ellos como castigo por haber cometido el error de capturarlo.

Pero entonces ¿qué se proponían? ¿Acaso que él muriese por si solo, ahí arriba, de muerte natural? ¿Era esto lo que se habían propuesto?

Exacto.

-¡Pero de qué Dios me están hablando, entonces! ¡Animales! No será Dios el que me mate, ciertamente... ¡Serán ustedes, comportándose como se están comportando! ¡Reteniéndome acá, muerto de hambre y de sed y de frío, atado como si fuera un animal, metido en esta cueva, durmiendo en el suelo, haciendo mis necesidades aquí mismo! ¡Como si fuera un animal!

De todas formas, todo ese discurso no tenía sentido: los tres se habían encomendado a Dios; era como hablarle a las piedras. Y, además, que estaba “muerto de hambre” no era cierto; que “dormía en el suelo” tampoco. Le habían llevado hasta ahí arriba tres haces de paja, con los cuales le habían improvisado un camastro, y un viejo abrigo de paño de lana ordinaria, para que se protegiera del frío. Además, pan y guisado todos los días. Se lo sacaban de sus bocas, de las sus hijos y de las de sus esposas para dárselo a él. Y era pan ganado con el sudor de sus frentes porque mientras uno se quedaba allí de guardia, los otros dos iban a trabajar. Y en ese cuenco de arcilla había agua para beber que sólo Dios sabe lo difícil que es hallar en esas tierras sedientas. Respecto a sus necesidades, podía salir de la cueva, durante la noche, y hacerlas al aire libre.

-No, ¿hacerlas delante de ti?

-Haga tranquilo, yo no miro.

De frente a esa rigidez estúpida e inalterable estaba a punto de empezar a patalear como un niño. ¿Qué clase de gente eran? ¿Piedras? ¿Qué eran?

-¿Reconocen vuestro error, sí o no?

Lo reconocían.

-¿Reconocen el deber de expiar este error?

Sí. Y la forma de hacerlo era no matarlo, esperar que Dios decretara su muerte y, hasta que eso sucediera, aliviarle el sufrimiento que le estaban inflingiendo.

-¡Muy bien! ¡Pero eso se refiere a ustedes, animales, al error que ustedes mismos reconocen haber cometido! ¿Yo qué tengo que ver con todo eso? ¿Qué mal les he hecho yo? ¿Soy o no la víctima de vuestro error? Entonces ¿por qué tengo que expiar también yo un mal del cual ustedes son los únicos responsables? ¿Tengo que sufrir de este modo sólo porque ustedes se equivocaron? ¿Qué modos de pensar son esos?

No, ellos no razonaban en absoluto. Lo escuchaban, impasibles, con los ojos fijos y vacíos en sus duras caras curtidas por la arcilla. Y que ahí la paja... y allí el abrigo de lana... y que el cuenco con agua… y el pan ganado con el sudor de la frente... y que venga a cagar al aire libre.

¿Acaso no se sacrificaban, de a uno por vez, estando allí de guardia y haciéndole compañía? Lo hacían hablar de las estrellas y de las cosas de la ciudad y de la campaña, de los viejos buenos tiempos -cuando había más religión-, y de ciertas enfermedades de las plantas que antes, cuando había más religión, no se conocían. Y hasta le habían traído un viejo Barbanera, encontrado quien sabe dónde, para que se distrajera leyendo; él, que tenía la inmensa fortuna de saber leer. ¿Qué decía, qué decía todo eso impreso, con todas esas lunas, esas balanzas, esos peces y ese escorpión?

Escuchándolo hablar, se despertaba en ellos un ávida curiosidad por saber, repleta de gruñidos maravillados y aturdimientos infantiles de los que lentamente comenzanba a disfrutar como si fueran cosas vivas que nacían de él, de todo lo que de sí mismo iba haciendo salir a la luz, como si fuera nuevo también para él: relatos provenientes de su ánimo adormecido hacia años en la pena de su lamentable existencia.

Y sentía, sí, que ahora aquella comenzaba a ser una vida también para él; una vida a la que se había ido adaptando, una vez agotada la rabia frente a lo inevitable, y a la cual ya no podía pensar como precaria, sino más bien incierta, extraña y como suspendida en el vacío.


Para todos, los de su finca asomada al mar y los de la ciudad cuyas luces podía ver durante las noches, él estaba muerto. Quizá nadie había hecho nada para encontrarlo, luego de su desaparición misteriosa; y si en el caso de haber localizarlo, lo habían hecho sin esforzarse demasiado, sin hacer presiones sobre nadie.

Con su corazón reducido, más árido que la arcilla de la cueva y escuálido ¿Por qué habría de interesarle regresar vivo allá abajo, a su vida de antes? ¿Era conveniente lamentarse por todas las cosas que aquí le faltaban, si el costo de volver a tenerlas era regresar al aburrimiento amargo de su vida anterior? ¿Acaso aquella vida era algo distinto de arrastrarse cargando el peso de un tedio insoportable? Aquí, por lo menos, yacía por tierra y no debía arrastrarse.

En aquél silencio de montaña, los días pasaban casi sustraídos al tiempo, vacíos de sentido y sin metas. En aquella vacuidad suspendida, hasta la intimidad con su propia conciencia cesaba. Miraba su hombro y la arcilla junto a la gruta como si fueran las únicas cosas existentes; y su mano, si fijaba su vista en ella, parecía tener una vida propia, independiente; y aquella piedra y aquella maleza, se le aparecían en un aislamiento aterrador.

Salvo que advirtiendo lentamente que todo lo que le había ocurrido no era ya para él la desgracia que a causa del odio frente a la injusticia en algún momento le había parecido, comenzó a notar que la condena y el castigo que aquellos tres se habían autoimpuesto –mantenerlo a él con vida- era realmente duro, severo.

Muerto como estaba para todos los demás, permanecía vivo sólo para ellos; vivo y con el peso de toda aquella vida inútil, de la cual ahora se sentía liberado. Podían deshacerse de ese peso como si nada, un peso que ya no tenía valor para nadie, del cual nadie se preocupaba. En cambio, no: cargaban con él, lo soportaban, resignados a la pena que ellos mismos se habían inflingido. No sólo no se lamentaban sino que hacían verdaderamente todo lo posible para que se volviera todavía más dura con los cuidados que le prodigaban. Porque, hay que decirlo, se habían encariñado con él, los tres, como con una cosa que solamente les perteneciera a ellos, y a nadie más, y de la cual, misteriosamente, extraían alguna satisfacción que, aún si su conciencia no sentía la necesidad, habrían notado su falta el día en que ya no la experimentaran.

Un día, Fillicò llevó a la gruta a su mujer, ésta tenía un bebé pegado al pecho y una niñita tomada de la mano. La niñita le traía al abuelo una hermosa rosca de pan.

¡Con qué ojos se habían quedado mirándolo madre e hija! Debían haber pasado ya varios meses desde la captura: su presencia seguramente se había deteriorado. Barba rala sobre los pómulos y sobre el mentón; harapiento, sucio... Pero reía, para que aquellas dos se sintieran cómodas, agradecido por la visita y por la rosca de pan de regalo. Pero tal vez era precisamente esa sonrisa en su cara de despistado la que causaba tanto temor a la mujer y a la niñita.

-No queridita, ven aquí... ven aquí... Tomá, te convido un pedacito, come... ¿Lo hizo mamá?

-Mamá...

-¡Qué bien! ¿Tienes hermanitos? ¿Tres? Uy, pobre Fillicò, ya con cuatro hijos... Trae a los varoncitos: quiero conocerlos. La semana que viene, muy bien. Pero esperemos que no llegue...


Llegó. ¡Cómo no! Largo, pero muy largo, quiso Dios que fuera la castigo. ¡Duró todavía dos meses más! Murió un domingo, una hermosa noche en la que allí arriba había luz como si fuese aún de día. Fillicò había llevado a sus hijos a ver al abuelo; Manita había hecho lo mismo. Murió entre esos chiquillos, mientras bromeaba con ellos, como un niño más, con el cabello lanoso cubierto con un pañuelo rojo.

Apenas lo vieron desplomarse imprevistamente, mientras reía y hacía reir a los niños, los tres salieron corriendo para levantarlo del suelo.

¿Muerto?

Alejaron a los niños, los hicieron volver a casa con las mujeres. Y lo lloraron, lo lloraron arrodillados, los tres alrededor del cadáver. Y rogaron a Dios, por él y por ellos. Luego, lo sepultaron en la cueva.

Por el resto de sus vidas, si alguien de pronto recordaba a Guarnotta y a su misteriosa desaparición:

-¡Un santo! –decían- ¡Oh, es seguro que fue derecho al paraíso, con zapatos y todo!

Porque el Purgatorio estaban convencidos de habérselo dado ellos, allá arriba, en la montaña.