Lado B
las palabras que borro
durante una sesión de edición
de un archivo de texto .doc
.rtf .odt .docx y algunos más.
Es así como visito parte
del pasado de mis obras.
De modo sencillo y evidente
me muestra la fe infinita que tengo
en mejorar en un futuro
de mejorar el futuro y la certeza
de que en la basura de los textos,
en los restos, sólo viven
seres menores, vanos intentos.
Moribundos y Muertos.
No es así.
Les hago masajes de resucitación
¡y algunos responden!
Al rato, los pongo en hilera
leo
como a viejas señoras que
fueron niñas, que tuvieron razones
y sensaciones contemporáneas
que están listas para nuevas batallas
juegos estratégicos, espasmos
leo las palabras, como pasando lista:
descarga, plenitud, ritmos,
operatividad, declinaciones,
lugares comunes, historicidad,
superfluo, básico, circadiano,
elemental.
Mudarse
Bacha, pierde agua
Puerta alacena, rota
Tapa inodoro (baño chico), rota
Agujero en la pared entre piezas
Puertas de roperos, rotas
Bisagras oxidadas
Tapas cajones placard pieza chica, rotas
Portero (eléctrico) en malas condiciones
Bacha (lavadero), rota Laterales y Frente rajados
Hornalla derecha trasera: no funciona
Canilla lavadero: pierde agua
Calefactor: casi no tira calor.
Parque Cinético, 2011
Parque Cinético
oscuridad / luz roja
oscuridad / luz amarilla
oscuridad / luz roja
oscuridad / luz amarilla
oscuridad
luz violeta / dorsos incandescentes de manos / oscuridad
luz verde / líneas ¿turquesas? de una remera / oscuridad
luz verde / zapatos ¿zapatos? ¿son zapatos? / oscuridad
luz roja/luz violeta / bailables, risas fugaces, destellos / oscuridad
luz blanca / síntesis digitales, cúmulos / oscuridad
luz violeta/ rítmicos que van y vienen de / oscuridad
luz violeta/luz roja / cuatro manos, dos ratones / oscuridad
luz violeta / ocho temas, como una autobiografía / oscuridad
luz roja/luz verde / del arte de encender cigarrillos / oscuridad
luz blanca / dispersarse en los recursos, y volver / oscuridad
luz verde / a la fiesta con un par de bombas de tiempo / oscuridad
luz verde / en la mochila, el rígido: Parque Cinético / oscuridad
luz roja/luz amarilla / antorcha para atravesar la noche / oscuridad
luz violeta/ de las pistas como ferias sonoras / oscuridad
luz roja / Chimo / oscuridad
luz roja/luz amarilla/ Emi Valdelomar / oscuridad
luz blanca / oscuridad
luz blanca / oscuridad
luz blanca / oscuridad
luz blanca / oscuridad
descargá Parque Cinético: http://polvobureau.bandcamp.com/album/parque-cinetico
más allá
¿De quién es esa sombra
que sólo me alcanza
por el rabillo del ojo?
Colita de animal
indomesticable,
poderoso.
Parábola de la lata

La empresa es un universo en el que se desarrollan múltiples tareas simultáneamente. Tener una noción global del funcionamiento permite contar con elementos que podrían resultar útiles a la hora de tomar decisiones:
1.DESCRIPCIÓN DE LA PLANTA:
1.1 CAPACIDAD DE PRODUCCIÓN.
Tomates procesados: 3.3 toneladas/24 horas.
Toneladas de tomate concentrado: 1 tonelada/48 horas.
1.2 MATERIAS PRIMAS.
Tomates.
Sal.
Saborizantes.
Conservantes.
Acidulante.
Antioxidante.
1.3 NECESIDAD ACTUAL DE MANO DE OBRA, SEGÚN LAS FUNCIONES A DESARROLLAR:
Carga y descarga de tomates y transporte interno (15)
Limpieza y clasificación (30)
Precalentado (3)
Extracción y refinación (4)
Control de evaporación (3)
Colocación de latas vacías (4)
Control del rellenado (3)
Suturado (2)
Refrigerado (4)
Etiquetado (6)
Cargado en paletas (6)
1.4 MAQUINARIAS Y EQUIPOS.
Descargadores (3)
Horca elevadora (1)
Tanques de lavado (2)
Mesa clasificadora con elevador (1)
Cortador o tajador (1)
Conducto precalentador(1)
Cinta transportadora (1)
Refinadora (1)
Tanque colector para el jugo refinado (1)
Evaporador continuo (1)
Tanque colector de pasta (1)
Esterilizador de pasta (1)
Rellenador (1)
Suturador (1)
Refrigerador continuo (1)
Torre de enfriamiento (2)
Caldero (1)
Generador (1)
Aspiradora (1)
Red intranet (10 equipos)
1.5 CONSUMOS PROMEDIO DE LA PLANTA.
Vapor: 7,500 Kg / hora (10 Kg / cm2)
Potencia: 185 Kw.
Agua: 2,000 KL / 24 horas.
2.DESCRIPCIÓN DEL PROCESO.
Los tomates son empaquetados en bolsas de plástico y enviados a la fábrica desde nuestras plantaciones en Lavino, distante a 50 kilómetros por la autopista AO-23.
Una vez arribados se descargan con grúas y vienen depositados en pequeños containers motorizados. Después de recorrer cien metros se llega a los tanques de lavado. Allí son enjuagados con rociadores giratorios para quitarles los residuos y la tierra.
Luego, son transportados hacia la mesa clasificadora donde los de buena calidad son separados de los podridos. Los elegidos serán trozados inmediatamente por una cortadora en cuadrícula.
Enseguida pasan por un conducto de aire caliente que los ablanda, permitiendo que una aspiradora separe con facilidad las pulpas de las cáscaras. Las cáscaras son almacenadas a temperatura ambiente en containers cerrados que las transportan a nuestras plantaciones donde son utilizadas como abono. Las pulpas desembocan en bandejas rectangulares transportadas sobre una cinta. Las bandejas depositan su carga en el embudo de licuefacción, donde un molinillo gira a gran velocidad, licuando completamente los tomates. El líquido es colado por un inmenso colador con orificios de tres milímetros, ayudado por un prensa: así se logra impedir el paso de la mayor parte de los restos sólidos aún existentes (especialmente, las semillas).
Ese jugo de alta calidad es el que viene utilizado en la producción de tomate concentrado.
La pulpa es concentrada instantáneamente por un deshidratador continuo; luego, sal, antioxidantes, acidulantes, conservadores y saborizantes son añadidos a la mezcla. El resultado, una sustancia de consistencia arenosa e intenso color rojo, es recolectado en el tanque para pasta.
Más tarde, la pasta es descargada en el equipo HTST para su pasteurización. Finalmente, es colocada en recipientes que vienen a continuación sellados y refrigerados para evitar daños en el producto o un posible deterioro cualitativo debido a los cambios de temperatura. El final del proceso consiste en la colocación manual de las etiquetas.
Dichos recipientes son transportados a la zona de carga y descarga de camiones. La distribución nacional e internacional se ha confiado a diversas empresas transportadoras.
A Oscar le pareció muy extraño no ver autos en la ruta un día de semana. En la ultima media hora apenas se había cruzado con cinco. Dos lo habían sobrepasado, los otros tres viajaban en dirección contraria. Le pareció extraño pero agradable. Se sintió una especie de superviviente.
La lluvia lo había obligado a cerrar las ventanillas herméticamente. Había encendido el aire acondicionado. Los rumores monótonos se entretejían, meciéndolo, dándole a la situación un aspecto irreal, de otro tiempo, un tiempo ilocalizable, una canción de cuna hecha a base a rumores mecánicos casi orgánicos, sin palabras. El cuenta-kilómetros marcaba 110.
Tuvo la intención de encender la radio. Un puro hábito, una práctica que ya no requería ser evaluada: si ese aparato estaba allí era para ser usado. Segunda ley del manual de supervivencia caminonera. (La primera es la disponibilidad permanente del equipo de mate). Fue la intención la que no sobrevivió: la radio no obedecía. Presionó el botón de encendido dos, tres, cuatro veces. Cada vez con más fuerza, sin lograr el resultado esperado. Protestó con una onomatopeya mitad lingüística mitad orgánica.
Se tendría que conformar con el sonido ambiente.
El cuenta-kilómetros marcaba 120.
Se recostó contra el asiento y pegó las rodillas contra el volante. Con la mano derecha, se acarició la nuca. Por el espejo poblado de gotitas pudo ver que un auto comenzaba a sobrepasarlo. Miró el reloj digital adherido al panel, junto al cenicero: las 14.56, en rojo. Lo esperaban a las 15.30, estaba en tiempo. Las tardanzas lo ponían muy nervioso. No porque fuera un cultivador de la puntualidad, ni siquiera de la responsabilidad frente a terceros, mucho menos si esos terceros eran sus jefes. Era, ni más ni menos, que un buen cuidador de apariencias, orfebre del simulacro. Así había sobrevivido a muchas complicaciones laborales; así había esquivado, con estilo, más de una amenaza de despido. Llegar tarde era traicionar su apariencia, era exponerse a que alguno (y de esos algunos está plagado el mundo y con particular intensidad el mundo laboral) le hinchara las bolas. Con o sin fundamento, lo mismo daba. Por eso había elegido ser camionera. Por eso había elegido moverse moviendo un mastodonte de varias toneladas, solo, lejos de todos.
Por todo esto, el día que le notificaron la instalación del dispositivo de vigilancia satelital –seguimiento del vehículo, gps, y conexión telefónica en cualquier momento en cualquier lugar- no podía creerlo. Se reducía violentamente el campo de autonomía de las apariencias. Aunque sabía desde hacia tiempo de la inminencia del cambio, no tenia como reaccionar, no tenía como defenderse.¡Como iba a hacer para mentirle a un puto satélite! Salvo abandonar la empresa, todo lo demás, todo lo que pudiera hacer adentro, era como intentar oponerse a la salida del sol cada mañana.
El motivo público de la instalación de esa estructura de seguridad había sido el robo sufrido, con poco tiempo entre uno y otro, por dos compañeros.
Uno de ellos había sido golpeado hasta desvanecerse.
Un automovilista había visto que el camión detenido ocupaba media calzada. Desaceleró mientras lo sobrepasaba. Le llamó la atención el hilo rojo que bajaba por la pintura blanca de la carrocería, debajo de la puerta del conductor. El auto iba lo suficientemente despacio para darse cuenta que eso era sangre, que goteaba generosa, manchando la escalerita de metal. El tipo tuvo miedo y ganas de escapar. Pero frenó el auto justo delante del camión. Bajó, miró hacia la cabina. No vio a nadie. “Estará meando o durmiendo”, pensó mientras miraba alrededor. Recordó las gotitas de sangre y entendió lo que había entendido cuando frenó, y que por un momento quiso dejar de entender. Y lo peor de todo es que sabía perfectamente que quería dejar de entenderlo. Esa simulación no tenia futuro.
Llegó a la puerta del conductor. El rojo de la sangre era casi marrón. Brillante, espeso.
Apoyó el pie izquierdo en el primer escalón de la escalerita de metal y con un casi-saltito, un estiramiento, alcanzó el picaporte con la mano derecha. Aprovechando ese mismo impulso comenzó a abrir la puerta.
Se dispuso a ver. Y vio.
Vio un hombre echado sobre los asientos, boca abajo, la cabeza apoyada en el asiento del conductor y las piernas en el del acompañante, el cuello empapado de sangre; en el piso el charco rojo se agrandaba gota a gota, casi imperceptiblemente. Todavía tenia una barra de hierro en la mano derecha. La cabina parecía haber sido el epicentro de un terremoto. ¿Qué batalla se habría librado ahí? Una bien picante, pensó el tipo. ¿Por qué? ¿Contra quién? Aterrado, corrió la cortinita que separa la cama del resto del habitáculo, esperando encontrar allí al quién de la cuestión, como en una película de suspenso obvia. No había nadie. Por suerte, el cine a veces se equivoca. Más tranquilo, se ocupó del herido. Lo llamaba a los gritos pero sin moverlo (como reza el General Intellect de los primeros auxilios). Buscó agua y encontró una botella de vino tapada y una de aguardiente por la mitad. Sacó un pañuelo, lo empapó y lo arrimó a la nariz del camionero. Nada.
Tomó un trago, no para darse ánimo sino porque le dieron ganas.
Se quedó mirando al tipo inconciente mientras se apretaba los labios inferiores con el pulgar y el índice de la mano derecha y con los dientes superiores. Sintió que lo único que podía hacer, lo único que realmente tenía que hacer, que podía tener aspiraciones de utilidad, era buscar ayuda. Se sintió solo. Un inútil con buenas intenciones. Un tipo que miraba como otro se moría (o eso creía) y que no podía más que pasarle un poco de bebida blanca por la nariz.
Oscar había escuchado la historia narrada por el propio automovilista. En el hospital, durante un horario de visita. El hombre tenía la voz apagada, hablaba mirando el piso, jugando con las manos (o quizá eran las manos las que jugaban con él). Frente a ellos dos estaban la esposa del compañero y un directivo medio de la empresa, vestido de domingo.
Viajar a través de todo el territorio nacional le había dado una imagen bastante precisa, al menos así lo creía, de eso que llaman "situación del país". Es decir, la situación material de sus pobladores. Había visto de todo: cascos de estancia hiperequipados, rodeados de autos importados cero kilómetros, tractores que apenas si requerían trabajadores; villas miseria donde la gente caminaba diez cuadras para conseguir agua potable; barrios privados donde vivían chicos que llevaban más de dos años sin salir de ahí; había comido asados en comisarías donde festejaban –siempre con las precauciones del caso- el éxito de un secuestro o la llegada de un cargamento de cocaína; había comido asados con piqueteros, aprovechando el corte de ruta para conocerlos; había levantado mochileros de todo tipo, había cogido con putas de todo tipo (una vez una se ofreció a chupársela por un peso: le dijo que no, que nadie le chupaba la pija por menos de cien pesos. La mina sonrió y su risa fue el pasaje hacia los dos mejores polvos de su vida, hasta el momento); había descargado todo tipo de cosas en todo tipo de sitios. (Pero no era de contar historias, no le gustaban las anécdotas. No le gustaba que los demás lo confundieran con sus anécdotas. Prefería tenerlas para sí, como un manojo de experiencias al que recurrir si era necesario, pero no para ostentarlas sino para vivir y sobrevivir.)
“Este país es una mezcla de Zimbawe y Suiza. De un lado de la medianera hay quien gana cinco mil pesos mientras del otro lado alguien come naranjas podridas recolectadas de la basura del que gana cinco mil”, decía Por ello los robos le parecían inevitables. Lo que no lograba entender era el ensañamiento. Le resultaba muy complicado pensar que alguien entrara en la casa de una vieja de noventa años y la matara a martillazos. ¿Cómo debía ser un ser humano para hacer algo así? ¿Cómo es posible que alguien te acribille a balazos por una campera o una billetera?
“A lo mejor, cuando estás tan hasta las bolas, tan jugado, los demás ya no son otra cosa que amenazas u obstáculos”, pensó, mientras recorría con la mirada al directivo medio, vestido de jogging y con las manos cruzadas detrás de la espalda. En ese momento recordó la historia que su mujer le había contado tiempo atrás por teléfono: un vecino (Miguel Andrade, que trabajaba como administrativo en una librería del centro y por la noche daba cursos de italiano para viajeros y principiantes) había matado a su ex mujer a balazos, después de haber tenido una charla en la que ella le informó su decisión de irse a vivir a España, sola. ¿Cómo era posible eso? No era la plata el problema, no era sólo la desesperación económica la que llevaba a hacer cosas tan atroces. Había algo más, ¿qué clase de amor era capaz de asesinar? Lo imaginó como una nube de tormenta que recorría el mundo y cada tanto se filtraba en una casa (casi exactamente la imagen cinematográfica de las siete pestes bíblicas). Imaginó un hombre sentado frente a una mesa de madera, tomándose la cabeza con la dos manos, con los ojos cerrados: luego se alza violentamente y sin demora sale de la casa.
El pasillo del hospital recibía la luz del sol de lleno, volviéndose un ambiente hiperluminoso, que encandilaba por momentos. El automovilista había ido a hablar por teléfono. La mujer del compañero y Oscar no se levantaron para saludar al directivo medio. Lo vieron irse, moviendo el culo torpemente debajo del jogging gris, que iba a morir sobre unas Nike blancas.
-Ahora sí están, ahora que saben que les va a salir guita vienen, se preocupan.
-Tranquilo, tranquilo. vino porque quería saber cómo estaba Carlos. No lo mandó nadie, no preguntó nada que no tuviera que ver con Carlos.
-No seas ilusa Sofi, esos muchachos no hacen nada de nada por los demás. Son expertos en cuidarse el culo, nada más. Si preguntó por la salud de tu marido es para ver que estrategia arman con la aseguradora y los abogados.
- ¿Te parece?
- Desgraciadamente si, estoy casi seguro.
- ¿Se puede ser tan hijo de puta?
- Sin dudar -dijo Oscar que en ese momento pensó en su cara haciendo el gesto que Orellana, otro compañero de trabajo, hacía cuando utilizaba esa misma expresión. Sin dudar, palabras sostenidas con la ceja derecha levantada. Pensó en su cara pensando en la cara de Orellana, pensó en la cara de Orellana gesticulando y casi llegó a creer que era Orellana.
Quedaron en silencio. Sofia jugueteaba con las manos. Las enfermeras iban y venían. Algunas arrastraban carritos con comida (a su paso dejaban un olor dulzón y vapor. Nunca se alcanzaba a descifrar en que consistían los platos), otras arrastraban sillas de ruedas, otras escobas y secadores, otras nada. Cada tanto pasaba algún médico. Ellos dos veían el sucederse de personas y objetos sin atinar a detenerlos, sin siquiera prestarles atención. Ellos, los otros, los del hospital, eran como parte de un decorado, signos humanos de un mundo desconocido, lejano. (Sólo un médico los habría sacado del letargo. Y ese médico no pasaría delante de ellos. Estaban seguros. Lo habían visto entrar al quirófano, justo después que la camilla que había depositado ahí dentro a Carlos retornaba al pasillo, vacía).
De repente, comenzó a sonar una versión de baja calidad de las Sardas (o Czardas) de Monti. Repitió el estribillo dos veces, el tiempo que Oscar tardó en sacar el celular de su bolso y atenderlo. Las pocas personas que estaban en el pasillo lo miraban indiferentes. (Siempre que suena un celular todos miran indiferentes, a veces hasta con cierto aire despectivo, al telefoneado, como si fuera culpable de algo.) Carlos buscó nervioso el botón SEND, y lo presionó.
-Hola...
-Hola, ¿Señor Gometra?
-Sí, ¿Quién habla?
-Soy Juan Carlos Buiton, soy secretario del señor Conilo, el gerente de Logística de Ipercoop . Acabo de hablar con su responsable y me pasó su número de teléfono.
-Aha.
-Lo llamaba porque acabo de recibir un mensaje –decía Buiton, mientras se pasaba la mano derecha por debajo de los huevos, acariciándoselos (quizá para matizar la tensión que el momento le producía)- Me dicen que la carga de zapatillas todavía no llegó a depósito.
-La información es correcta –ironizó Oscar- Estoy llegando en una hora.
- ¿Tanto?
- Tanto.
- ¿Y por qué?
Oscar se acercó a la ventana que daba la calle y la abrió. -Porque acabo de entrar en la ciudad y el tráfico esta especialmente denso-. Hubiera preferido decir que su compañero y amigo estaba internado en terapia intensiva, y que no se le ocurría otra cosa que estar ahí con él. Contuvo el impulso, y se percibió escindido. Una parte imaginaba el tráfico, la otra miraba las enfermeras ir y venir.
- Bien, siendo así será hasta luego.
- Hasta luego.
A la hora, Oscar estacionaba el camión en la playa del Hipermercado, maniobrando con una mano mientras con la otra sostenía el celular. Sofía le estaba diciendo que el pronóstico era reservado, que lo iba a poder ver recién al día siguiente y que le agradecía por todo.
-¡Pará, loco, pará! -alcanzó a escuchar. Frenó y sacó la cabeza por la ventanilla y vio un pibe uniformado (gorra roja, chomba amarilla, pantalones negros, zapatos negros y cartelito blanco sobre el corazón que seguramente diría su nombre y su función en el hipermercado) que trataba de parar al camionero, siendo que era más esforzado y riesgoso tratar de para el camión.
- ¿Algún problema, pibe?
- Nada grave, abollaste un changuito con latas de tomate concentrado. Pero si no frenabas, hacías mierda la fila completa.
- Gracias por avisar.
- De nada, maestro.
una hipótesis sobre el poder de Canetti

bergson, los animales y los humanos

Henri Bergson, Materia y memoria
una estrategia vital

En las condiciones actuales es tal vez más difícil que nunca concebir la creación -o los actos creativos- como portadores de poderes disruptivos en relación a las formas de la dominación social. Cierto sueño del arte hace algunos años ha sido despedazado por la estricta y acechante vigilia del mercado que ha sido notablemente capaz de montarse sobre los flujos artísticos (que desbordan la institución-arte).
Caminando, como si se dijera, obscenamente, de la mano del trabajo esclavo aparece un inmenso -y vital- sector de trabajo donde las capacidades creativas son solicitadas de una manera impensable para el imaginario económico dominante hasta, quizá, entrados los años 70 (con excepciones). Es entonces cuando, por diversas vías, se destila una nueva forma de dar órdenes y una nueva forma de obedecerlas en el campo de la producción de valores. Una forma imperativa que se desentiende de lo funcional y exhaustivo (en términos mundanos: de la tarea “en sí”) para enfocar en una dimensión genérica, ambiental. Ambiental y paradójica, se oye la orden: sé creativo. La creatividad aparece como una rebeldía inherente a la lógica capitalista. Su modo interno de rebelión.
Esta centralidad de la creación por sobre la tarea provoca -y da cuenta- de un desplazamiento en las estrategias del poder económico (de su constitución, duración y, más aún, de su viabilidad). La tarea, sus límites pautados, preestablecidos, su mecánica solidaridad con otras tareas tenía en la represión su contracara y condición de posibilidad. Hoy, salvo en un nivel muy vago de retórica, es difícil sostener la universalidad de la represión en contextos laborales. Insistimos, su universalidad no su existencia. Al contrario, es notable el incremento de estímulos y condiciones para que la represión no pueda acaecer.
Al cambiar este aspecto se visualiza un cambio correspondiente en las formas de resistencia, antagonismo y alternativas sociales. Si en un contexto laboral represivo la retórica política de la creación funcionó, como en los años 60, como referente de construcción de otro tipo (en otros términos, cierta politicidad disruptiva se inscribía en el acto creativo mismo) hoy, a priori, cualquier acto creativo está disponible para su valorización mercantil. Estrictamente cualquiera.
La velocidad de captura del mercado ha llegado a un punto tal que sucede en simultáneo (cuando no se anticipa) a la creación social. Pensemos, por ejemplo, en las experiencias contraculturales de los 60, que llevaron algunos años para ser procesadas, mientras que en la actualidad parece imposible siquiera pensar en una frontera exterior al dominio mercantil-capitalista de los intercambios sociales.
Es esta velocidad y aquella falta relativa de represión la que nos hace preguntar por el valor disruptivo de la creación en otros términos. Términos que asumen aquella disponibilidad como un territorio de conflictos permanentes, y de múltiples niveles, donde ya no se trata de denunciar o resistir la represión sino de disputar (bio)políticamente aquella disponibilidad. A esa disputa llamaría yo “batalla de la gestión”. Si la creación abunda, se trata de construir lugares, formas organizativas, lógicas de gestión que puedan modular la creación hacia destinos no saturados de valoración capitalista.
omnipotencia e insignificancia
Omnipotencia e insignificancia quiere decir
recuerda que morirás, no olvides que estás vivo;
un andar, más que calculador, atento
quiere decir lo que dijo
Michelet un día único
y cualquiera, dijo:
quien quiera atenerse al presente, a
lo actual, no comprenderá lo actual.
Como comprarte un terrenito en el Valle de las lágrimas
justo en el momento en que el recuerdo estalla
en que se mete un pájaro
aletea, sobrevuela la mesa de trabajo, picotea
la hoja cualquiera, única, donde escribiste: hay
un delicado modo experimental de proceder,
tan íntimamente identificado con el objeto
que se convierte por ello en teoría (en teoría,
no en abstracción pensaste).
Abajo escribiste: Goethe. Pensaste
qué grande Goethe.
notas negras 4
Notas negras 3
Notas negras.
3° Encuentro: N.Orléans, Gospel, Blues y la emergencia de la comunidad negra.
coordinan: Ezequiel Gatto - Pablo Jubany
Jueves 2 de diciembre, 18.30hs.
Central Rebelde (Giros)
Bv. Avellaneda 1285
Rosario,
Argentina.
Los esperamos!

En pocas palabras:
la propuesta es recorrer ciertos aspectos de la historia afronorteamericana a través de textos, música y audiovisuales. La idea es hacer cuatro encuentros este año y retomar con otros cuatro el año próximo.
En muchas palabras:
la vida de los afroamericanos en los Estados Unidos constituye un conjunto de experiencias diversas: desde la esclavitud y la segregación, pasando por las luchas comunitarias, las producciones artísticas, las demandas sociales. Estas experiencias, lejos de ser pensadas desde la autosuficiencia y el pliegue identitario, permiten indagar en una de las situaciones de hibridación más apasionantes de la historia moderna. Al tiempo que, dadas las condiciones impuestas por la esclavitud, los negros pueden ser considerados la primer población globalizada, también pueden rastrearse, desde sus experiencias y relaciones con otras poblaciones, modos de imposición, intercambio, apropiaciones e innovaciones culturales que, si vuelven imposible imaginar una comunidad negra autorreferencial, no por ello invalidan la posibilidad de pensar los modos cambiantes y contradictorios en que se fueron constituyendo algo como subjetividades negras.
Las prácticas musicales formaron parte estructurante de aquellas producciones y subjetividades, ocupando un lugar privilegiado y constituyendo un espacio para la construcción de lazos sociales tanto como una vía de experiencias de resistencia posible o de articulación de territorios de intercambio simbólico. Al tiempo que la música aparece como un plano paradigmático para reflexionar sobre las diversas confluencias, contaminaciones y conflictos entre las tradiciones africanas y europeas, permite asimismo indagar sobre los procesos de aprendizajes y movilidad sociales de la comunidad afroamericana.
Estos procesos de enriquecimiento y complejización artística dan cuenta de las transformaciones socioculturales que, en una relación intrínseca y polivalente con experiencias políticas, acabaron por constituir e instaurar a las invenciones musicales afroamericana como la matriz de la música ciudadana por excelencia en los Estados Unidos, rasgo que abre la posibilidad de pensar las culturas populares metropolitanas.
Puede decirse que en la historia de la música y en la historia del pensamiento y la experiencia política es posible encontrar dos líneas maestras en la emergencia de subjetividades afroamericanas.
En ese sentido, este seminario se propone recorrer ciertos momentos, lugares y nombres donde los cruces entre música y política adquieren una relevancia especial para volver pensable estas subjetividades, sus sensibilidades, sus cosmologías, sus proyectos.
Tanto desde la materialidad (y) simbólica de los instrumentos que se van incorporando a la paleta de posible para una música "negra" como desde las coyunturas, estrategias y discursos que interpelan sobre las condiciones y horizontes de existencia de la black community (nombre que ha sido declinado de las más diversas maneras), pasando por las formas de resistencia y/o integración a las estructuras institucionales y comerciales, nos interesa analizar y pensar en torno a esas subjetividades afroamericanas.
viaje a chile
uno
La fiesta de cumpleaños de quince de mi prima venía bien, pero yo no. Me agobiaba el calor, en pleno junio y en el hemisferio sur.
No era culpa de la gente, no: luego del shock histérico inicial, los presentes se habían ido apaciguando; una expectativa calma se había apoderado del ánimo de la mayoría. Ya no venían a mi mesa a cada minuto a pedirme que les firmara la servilleta, la agenda, la camisa, la corbata, el brazo, la media, el corpiño.
Luego del revoloteo inicial, durante el cual había sido dulcemente sometido a un enésimo ejercicio del autógrafo en mi vida, me había convertido -casi- en uno más. Un primo de la quinceañera agasajada. El que vive en España y le va bien.
No. No era la gente la que me ponía mal. Tampoco el clima, que cumplía con lo esperado para esa época del año.
Era ella. Que no estaba ahí.
Podía sentir su ausencia en mis manos empapadas; en el infierno crepitante que había hecho nido en mi nuca; en los muslos, repositorios desbordados de una energía que me impulsaba a correr. Las leves muecas de malestar en mi cara, mientras arqueaba las plantas de los pies y sentía cómo mis gemelos se acalambraban, eran microexplosiones, sustitutos raquíticos de la tensión interna.
Llovían imágenes suyas en mi memoria, una lluvia sin clinamen, monótona, inmodificable. Los recuerdos se amontonaban detrás de mis ojos y daban el tono a mi mirada. Al observarme más o menos voluntariamente, la gente, mis tíos, la cumpleañera podían creer que yo estaba viendo algo allí, algo de lo que pasaba, algo presente; que mi cabeza se movía respondiendo a los estímulos que la fiesta desparramaba en forma de vestidos, gritos, bailes, cotillón y música de la década de los 80.
Nada de eso.
Yo miraba una ausencia, intimaba con el vacío.
Fue entonces que mi teléfono celular hizo más intensas las vibraciones de mis muslos con una suerte de electroshocks en miniatura.
Dos largas vibraciones del aparato eran traducibles por la recepción de un mensaje de texto. Busqué el teléfono sabiendo que el mensaje era de ella. Y lo era.
Lo abrí y leí: Te extraño mucho!
En ese momento, mi cuerpo se relajó, los muslos se tomaron un respiro. Creo que llegué a sonreír. Pude volver a la fiesta, reconciliarme con el entorno inmediato. Casi participar.
Por un rato, me invadió una alegría que me volvía, no sé, un superhéroe, un inmortal, un ángel. Era imbatible. Atravesaba con una enorme antorcha con forma de mensaje de texto la larga noche del inquieto y huidizo amor.
Di una vuelta por la pista de baile. Incluso ensayé unos pasos con mi prima, quien dirigía una suerte de coreografía ejecutada por unos pocos. Sonaba un tema de Virus, Wadu-wadu. Todos me miraban y reían y yo, generoso, retribuía.
La coreografía se fue extinguiendo -sus participantes se daban a pasos autónomos o abandonaban el baile-; decidí que era momento de dar por terminada mi incursión en la pista. Me fui a sentar a la mesa 14, la misma que el patovica de la puerta me había asignado al llegar. Pocos pasos antes de alcanzar mi silla, me crucé con mi tío: gritándome al oído dijo: "Voy a buscar un champagne, nene. El cuarto, jejeje". Lo palmeé en la espalda, como aprobando o bendiciendo o apiadándome de su borrachera y me senté.
El DJ había elegido El temblor, de Soda Stereo.
De a poco se habían acumulado las ganas de contestar el mensaje: era tiempo de pasar a la acción. Cuando saqué el teléfono del bolsillo del saco, me di cuenta que quería escribirlo en un lugar tranquilo, más silencioso. Más íntimo, en lo posible. A mi alrededor no había nadie, pero yo quería más: quería estar solo. Guardé el teléfono y caminé hacía la salida del salón, suponiendo que en el hall de entrada encontraría algo así.
Me equivoqué.
El patovica de la puerta, al verme sólo, se alegró. La exclusividad que seguro deseaba se había vuelto, sorpresivamente, real. Su cara, brillando, se llenó de golpe de una enorme sonrisa que parecía a punto de desgarrarla. Vestía un traje negro, una camisa blanca y una corbata negra; portaba un cuerpo de gimnasio apuntalado en anabólicos y cama solar. Su felicidad infantil me enterneció. Era como un gigante bueno, o tonto. Le retribuí la sonrisa, sin decir nada. Esa reciprocidad muda pareció detenerlo, recordándole una distancia que su alegría pugnaba por acortar y que su cuerpo ya empezaba a concretar. Lo gambeteé a puro gesto, malogrando su impulso de venir hacia mí. Inmovilizado, de pie, a un costado de la mesa de roble barnizado que constituía su lugar en la fiesta, siguió sonriendo mientras me veía aferrar el picaporte metálico y abrir la enorme puerta de entrada, para que la calle y su frío se colaran en la fiesta; pero, sobre todo, para que una y otro me regalaran unos segundos -pocos, los necesarios para escribir y enviar un sms- de soledad.
La esquina de Maipú y la avenida Pellegrini estaba desierta. Sólo la alternancia de las luces de los semáforos le imprimía movimiento. De no ser por ellas, habría sido posible confundir el paisaje con una postal.
Hacía mucho frío pero yo estaba cómodo. Había encontrado lo que quería, lo que necesitaba: soledad teléfono mensaje ella.
No había acabado de pasar el rapto de alegría (unas cosquillas en la nuca) que una silueta se recortó en la luminosidad naranja de la esquina de enfrente, del otro lado de la avenida. Le faltaban pocos pasos para bajar a la calle; caminaba resuelta en mi dirección. No estaba lejos pero no alcanzaba a ver sino sus rasgos más genéricos: un adulto humano, macho, bien abrigado. Molesto por lo efímero de mi aislamiento, cansado y resignado a las presencias, busqué el teléfono en el bolsillo del saco, rogando que el caminante no me reconociera.
Cuando alcé la cabeza, la silueta era ya un hombre específico, concreto, único. Cruzaba lentamente el segundo carril de la avenida, con las manos en los bolsillos. Su cuerpo se ocultaba bajo un largo sobretodo verde que asemejaba la ropa militar del ejercito soviético. Unos pantalones grises de paño se asomaban por debajo para terminar descansando sobre unas enormes zapatillas de skater negras y violetas. (Un auto pasó a toda velocidad por Maipú, mientras que el semáforo de Pellegrini obligaba a un ómnibus a detenerse, delatando con un chillido la necesidad de cambiar sus pastillas de frenos).
Mi mirada buscó la suya. En sus anteojos, las luces de Pellegrini se reflejaron inquietas, inmersas en una danza caótica. Por detrás de las lentes, unos ojos relajados, confundibles con el desapasionamiento, se habían fijado sobre mí, sin compromiso, irresponsables. Me llamó la atención su corte de pelo. En la mollera tenía un gran mechón mientras que el resto de la cabeza estaba rapada. Parecía un judío con kippah, sólo que aquí el kippah era orgánico, brotaba del cuerpo.
Tardé unos segundos en reconocerlo. El corte de pelo me había desorientado tanto como los anteojos. Fue a partir de sus ojos y los rasgos de su cara que ese disfraz involuntario cayó y ese personaje hasta entonces ignoto que caminaba por Pellegrini y me miraba sin pasión, se dio un baño de pasado: ¡Era Ezequiel Gatto!
Azorado, no me animé a llamarlo. Entre avergonzado, sorprendido y alegre, lo seguí con la vista hasta que, de pronto, escuché voces que venían del lado opuesto. Me giré: hacia mí corrían unos niños y niñas; detrás de ellos, un adulto avanzaba a paso ligero. Sonó un bocinazo y un auto clavó los frenos justo en la esquina. La ventanilla bajó y la cara sorprendida de un adolescente parecía enmarcada como un retrato. Los niños ya estaban sobre mí, el pibe del auto me señalaba: "¡Es Messi!", gritó. Una de las nenas se abrazó a mi pierna derecha aullando: "¡Lío, Lío!".
Yo volví a girar mi cabeza, buscando a Gatto, a Ezequiel; sentí cómo esta nueva imagen suya, caminando lento por Pellegrini, se instalaba entre aquellas otras más antiguas. Creí que los gritos lo harían girarse, pero nada de eso sucedió. El pibe del auto ya se estaba bajando. De entre la maraña de chicos, brotó una mano con un papel en blanco y una voz dijo: "¿Me firmás un autógrafo, Messi?" Dije: "Sí, dáme el papel". Me senté en el tercer escalón de la entrada al salón. La montonera imberbe invadió por completo mi campo visual. No podía ver otra cosa que fragmentos de brazos, cuerpos, abrigos y cabezas, estaba sumergido en la tibieza de un agrupamiento humano.
Firmé el papel y me puse de pie. Mientras saludaba, comencé a retroceder. El patovica, pendiente, comprendió mi deseo y abrió la puerta. ¡Grande Messi!, gritó el pibe del auto, desde la vereda. Lo saludé con la mano.
Antes de entrar, miré hacia calle San Martín. Gatto seguía su camino.
nietzsche: sobre el uso de la historia

Nietzsche, Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida, 1874
humor político
Al leer los escritos de Marcos o del EZLN, el humor resalta como una herramienta central en estas nuevas prácticas políticas. A una subjetividad (militante, o no) educada en la disciplina (escolar, fabril, militar) que un personaje político sea conocido como "Comandante Brus Li" no puede menos que desorientar. Frente a la estatalidad que suspende el humor, el zapatismo responde con ironías. Es decir, que en su estrategia de ser fiel a una lógica no simétrica en su relación con el enemigo, evita constituirse especularmente respecto al Estado. En cambio, utiliza un recurso que, al menos por ahora, la discursividad estatal no ha podido aprovechar. Pero por otra parte, no se trata de pensar que toda risa es revolucionaria o liberadora en sí. El humor de mercado, un humor nihilista, es un buen ejemplo de otro uso del humor y la risa. Un humor que por su voracidad termina impidiendo el pensamiento y la crítica, o siendo destructivamente cínico con ellos. Entre la solemnidad estatal y el chiste ilimitado, el zapatismo ha construido un lugar discursivo donde es posible hacer la revolución riendo.acaba
acaba de pasar
un grupo de 8 personas,
muy parecidas
entre si, todos
arrastrando fuerte las ojotas.
parecían una sub especie
o tribu urbana
pero de otro lado.
inseparables con esa actitud
involuntaria, de no pertenecer,
como de isla de gulliver.
Ja.
beduinos tropicales
inmunes por ingenuos.
Maradona: esa interfase
No es cierto que el gol de Maradona a los ingleses sea el gol que siempre soñamos.
Lo soñamos desde que él lo hizo. Lo cual lo vuelve infinitamente más grande.
Porque Maradona no es la realización de nuestro ideal, sino el ideal mismo. Maradona es el gol
que queremos hacer.
Un ideal que no puede perder de vista su origen intrínsecamente mediático: el relato, la variedad de cámaras, hasta la porosidad misma de la imagen.
Maradona es el gol que queremos hacer tal como queremos que sea visto.
escribir
La potencia de la escritura, hoy, parece ser la de ligarme a lo que sucede: no una pátina prescindible, una pasión autorreferenciada o un exceso evitable. Al contrario, vincula, cohesiona, algo de lo vivido para volverlo una experiencia. Nunca me resultó tan clara la dimensión estratégica de la escritura.



