contrapuntos


por Ezequiel Gatto

Mis padres (que murieron a causa de la gran Peste, hace ya varios años) me llamaron Pietro, y soy un campesino de alguna parte del norte de Italia. Es invierno. Otro duro invierno. Los días son cortos. ¿El trabajo? Tan ingrato como siempre. Muchas veces me he preguntado como sería vivr sin tener hambre, llegando a imaginar que en vez de un plato de comida había tres para cada uno; que la carne sobraba, se pudría en los graneros. Que cada quién tenía lo que necesitaba. Mis antepasados, cuando era un niño libre de obligaciones penosas, me contaban leyendas de lugares como ése. Lugares que Dios había elegido para que reine la abundancia. Con ríos de agua tibia y árboles frutales. También yo las he relatado para mis hijos. Y para mí, ¿por qué no? Mis herramientas de trabajo, hechas con mis propias manos y el sudor de todo el cuerpo, llevan años repitiendo su labor. Como los señores, saquean, invaden, obligan a que se les dé. ¿Su retribución? Mantenernos de pie, la posibilidad de cuidar de nuestros hijos, amar a las esposas. Y a Dios, por supuesto, sobre todas las cosas. De los recaudadores, y por ellos, sé que mis señores viven de maneras muy distintas. Nunca he ido a la guerra, la aldea es muy pequeña, si nos llevasen, en caso de no regresar – no lo quiera Dios -, no tendrían cosa alguna para llevarse. El resto, los ancianos, las mujeres, los niños, morirían pronto. Mi padre solía recordar con frecuencia que cuando era él muy pequeño los caballeros se habían llevado a muchos hombres de su aldea a la guerra, que solo unos pocos habían vuelto y que éstos, afortunados, abandonaron el lugar y se fueron a vivir bastante más al este. Es decir, a esta aldea donde vivo desde siempre. Recordaba también lo triste que había sido dejar aquel sitio. Las mujeres, a medida que se alejaban, daban vuelta sus cabezas y lloraban con tanto desconsuelo que incluso unos hombres, jóvenes, no pudieron evitar que la pena los inunde, derramándose por sus ojos. Yo, en cambio, jamás me he movido de aquí, mi mundo llega hasta el horizonte, con los ojos, y a algunas leguas, en cualquier dirección, con mis pies. Prefiero esto a ir a la guerra. Además me gusta este cielo. Cuando la noche es calurosa y sin nubes – o muy pocas - me acuesto fuera de la casa a mirar la luna y las estrellas. Siento a Dios en esas noches. Me quedo mucho tiempo sin hacer nada, sólo mirando. Luego cierro los ojos y trato de repetir la imagen en mi cabeza. Suelo quedarme dormido en el intento, me despiertan los primeros rayos de sol. Busco mis herramientas, despierto a mis hijos. El campo aguarda tranquilo nuestra llegada. Esos días son diferentes, la noche a la intemperie me deja una sensación muy placentera que me dura hasta bien entrada la jornada. Termino exhausto, como siempre, pero si el cielo no se tiñe de gris sé que esa noche volveré a disfrutar del silencio y la quietud. Las lluvias suelen durar algunos días. Si han sido generosas es inútil trabajar sobre el barro. Entonces tomo mis elementos de pesca y paso la tarde junto al arroyo. Casi siempre solo, a veces con algunos de mis hijos mayores. Si tenemos suerte comemos pescado por la cena. Todos reímos y saboreamos ese plato tan poco usual. Su misma rareza lo hace exquisito. Lo mastico despacio, lo paseo por toda mi boca, exploro lentamente su gusto, y lo trago. Cuando el parróco nos comenta fragmentos de la Biblia, señala muy seguido el milagro de la multiplicación de los panes y pescados que Cristo realizó. Es la parte que más me gusta escuchar. Lo sigo atentamente, con deleite. Los días de buena suerte en el arroyo yo me siento un poco Cristo.



1 comentario:

faca dijo...

quiero más cuentos!!